FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


ACERCA DE LOS MILAGROS.

(Lic. Néstor Martínez)

Es frecuente escuchar o leer, acerca del tema de los milagros, objeciones como las que vamos a tratar a continuación.

"No hay milagros, porque la Naturaleza sigue leyes".

Respuesta: Precisamente, si la naturaleza no siguiera leyes, no podría haber milagros. No puede haber lo sobrenatural si no hay lo natural, y no puede haber lo que no cae bajo las leyes de la naturaleza, si no hay leyes de la naturaleza.

"Precisamente, los milagros implican una violación inaceptable de las leyes naturales".

Esto puede querer decir tres cosas:

a) Que las leyes naturales poseen una necesidad absoluta, metafísica, por lo que su incumplimiento sería contradictorio y por tanto impensable e imposible.

b) Que la ciencia se vendría abajo si se aceptase la posibilidad del milagro, porque la ciencia descansa sobre el postulado de la uniformidad de la naturaleza, o sea, la constancia de las leyes naturales.

c) Que no sería digno del Creador intervenir en su obra por encima de las leyes que Él mismo le ha dado.

Respondamos por orden:

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a) Es evidente que las leyes naturales no son leyes lógicas, cuya negación implique contradicción. Las leyes científicas son de naturaleza inductiva, basadas en la experiencia, y por tanto, no son de carácter analíticamente necesario.

Se dirá: "Precisamente por eso, porque siempre es para la ciencia posible lo contrario de una ley científica, es que no podemos afirmar con seguridad la sobrenaturalidad de ningún hecho. "

¿En qué quedamos? ¿Los milagros son imposibles porque las leyes naturales son necesarias, o porque no son necesarias? La verdad es que las leyes naturales ni son analíticamente necesarias como las verdades lógicas, ni son meras generalizaciones empíricas carentes de verdadera necesidad objetiva.

Las leyes naturales son necesarias con una necesidad que podríamos llamar "condicional", "hipotética". Es decir, si se da tal antecedente, necesariamente ha de darse tal consecuente: eso es lo que dice toda ley de la naturaleza.

Aquí hay que hacer, finalmente, la distinción entre "ley natural" y "ley cientifica". Las leyes científicas pueden, sí, ser desmentidas un día por la experiencia, pero sólo en tanto no son también auténticas leyes naturales.

Las leyes naturales son las que de hecho gobiernan ordenadamente el Cosmos; las leyes científicas son las que formulan los hombres de ciencia tratando de conocer ese orden natural, lo consigan o no en cada caso.

La necesidad de las leyes naturales es condicional. Si meto la mano en el fuego, me quemaré, a no ser que use guantes de absesto. La formulación de una ley natural sobreentiende siempre la condición: "si no intervienen factores impedientes". Ahora bien, un guante de absesto es un "factor impediente" de orden natural, es decir, implicado en la red de causas y efectos empíricos que constituyen la "naturaleza", el Cosmos.

No todo lo que impide, entonces, el cumplimiento de una ley natural es de orden sobrenatural. En realidad, nuestra vida cotidiana es testigo continuamente de innumerables impedimentos de ese tipo, que sin embargo no nos llaman la atención, precisamente porque sus causas son perfectamente identificables como perteneciendo al mismo orden natural, y el "impedimento" se ha llevado a cabo por un agente natural que al obrar seguía las mismas leyes naturales cuya aplicación por otro lado impedía respecto de un sector determinado de la realidad.

Pero la intervención directa de Dios, Causa Primera, es un factor de orden sobrenatural. No porque no sepamos asignar la causa de ciertos hechos, como suponen los críticos positivistas de la religión, sino porque la Naturaleza está constituida por las "intervenciones mediatas, indirectas" de Dios, realizadas a través de las "causas segundas", es decir, a través del obrar connatural de las creaturas.

Hay que entender bien esto. La "naturaleza", los "procesos naturales", designan el conjunto de las operaciones que brotan de la naturaleza o esencia de los seres creados, y más particularmente, de los seres materiales. Ahora bien, a su vez, esa naturaleza o esencia los seres creados la reciben continuamente de Dios Creador. Luego, el obrar que fluye naturalmente de esas esencias creadas, tiene como causa inmediata a la esencia creada misma, y como causa mediata y Primera a Dios Creador. El "curso natural de las cosas" es en realidad el modo ordinario y normal del gobierno divino del mundo.

De ningún modo estamos diciendo aquí que las creaturas, los seres físicos, no tengan una verdadera actividad natural, como dijeron las filosofías "ocasionalistas" creyendo erróneamente con ello aumentar la gloria del Creador al declararlo la única causa existente. Por el contrario, estamos fundamentando del modo más fuerte posible la existencia de una verdadera actividad natural de las creaturas, pues la acción de Dios, Causa Primera, es el supuesto necesario e imprescindible de la verdadera existencia y la verdadera actividad de las creaturas.

Esto último se olvida demasiado frecuentemente. Un ser finito es necesariamente creado, dependiente, y eso quiere decir, que su ser y consistencia los tiene, no "a pesar" de su dependencia respecto del Creador, sino precisamente gracias a esa dependencia.

Que Dios mueva a la creatura no quiere decir que ésta no se mueva a sí misma: por el contrario, para una creatura, dependiente esencialmente, por definición, del Creador, la única forma de moverse a sí misma es si Dios la mueve a ello. Y por tanto, tampoco se mueve a sí misma "a pesar" de ser "también" movida por Dios: se mueve a sí misma porque Dios la mueve a moverse así, y no se trata de dos movimientos diferentes, sino de un solo movimiento que tiene dos causas: una Causa Primera, Increada, y una causa segunda, creada, dependiente de la Primera en cuanto causa.

Eso por todo esto, por tanto, que una intervención inmediata y directa de Dios en su Creación, a la vez escapa al orden natural, o sea, es sobrenatural, y a la vez es capaz de producir efectos muy superiores a los que son naturalmente posibles, porque en efecto, el poder de las causas segundas, creadas, es finito, mientras que el poder del Creador es infinito.

Cuando se formula una ley natural, entonces, lo que en realidad se está diciendo es. "Si se da A, se dará también B, si y solo si nos mantenemos en un orden puramente natural, es decir, siempre y cuando la Causa Primera intervenga solamente a través del influjo de las causas segundas, y del modo que les es a éstas connatural, y no también de modo inmediato".

En realidad, se trata de algo perogrullesco, pero por lo mismo, olvidado una y otra vez: los milagros no pueden ser "violaciones" de las leyes naturales, porque no caen bajo esas leyes, porque no se trata de hechos naturales. La ley natural, en una correcta comprensión filosófica de la misma, contempla ya la posibilidad de una intervención sobrenatural divina, al restringir espontáneamente su validez exclusivamente al ámbito del "curso natural " de las cosas. Parafraseando a C.S. Lewis, (1) si existiese una ley que dijese que no se puede faltar los Martes a clase por razones familiares, el estudiante que falta un Martes por razones laborales no está "violando" esa ley ni la está "infrigiendo", pues la ley misma, por el tenor de su formulación, declara su caso no comprendido dentro de la misma ley.

Así se entiende cómo a la vez existe una verdadera necesidad natural en los procesos cósmicos, y a la vez, esa necesidad no es tan absoluta que haga imposible un suceso cósmico cualquiera ajeno a dicho orden natural.

Complementos sobre este tema, aquí

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b) Esto no implica, obviamente, que la ciencia haya de perder toda su certeza predictiva, ni que se "venga abajo" el postulado de la uniformidad de la naturaleza.

En primer lugar, porque los milagros, en el plan de Dios, no cumplen una finalidad natural, sino histórica: señalar el tiempo, el lugar, la asociación religiosa en la cual se realiza la presencia salvífica de Dios para todos los hombres. Dios no hace milagros para que lleguen las estaciones o para que los árboles tengan hojas en primavera: a eso alcanzan sobradamente las leyes naturales de que Él mismo dotó a la Creación.

Dios hace milagros para aquello que la Creación natural entera, toda ella, no puede hacer: testimoniar la presencia especial, histórica, contingente y libremente querida, de Dios en medio de su Creación, en medio de la historia de los hombres. "Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad".(Jn. 1, 14).

Esto constituye un hecho histórico singular, marcado en el tiempo y en el espacio, aún cuando pueda abarcar siglos de duración y todo el planeta Tierra como escenario. No atenta para nada, por tanto, contra la uniformidad de leyes naturales que tienen como unidad de medida los miles de años-luz de distancia y los millones de años de duración del Universo entero.

Pero en segundo lugar, precisamente porque lo sobrenatural a la vez requiere y confirma la uniformidad de la naturaleza, como vimos. Si no hay naturaleza, no hay tampoco sobrenatural, y si no hay uniformidad, no hay aquello que escapa a la uniformidad, y se hace notar precisamente por ello.

Precisamente, se trata de la uniformidad "natural", o sea "no faltar los Martes por razones de familia"., y entonces, no es puesta en cuestión por lo sobrenatural, es decir, por alguno que falte un Martes por razones de trabajo.

Esto quiere decir que, en realidad, el milagro no es una excepción a las leyes naturales. Una excepción a la ley que dice que los Martes no se puede faltar a clase por razones familiares sería que a un alumno que falta un Martes, y por razones familiares, no se lo considerase infractor a la ley, por alguna razón particular, no contemplada en la ley. Si la excepción viene incluida ya en la ley, en efecto, no es excepción alguna, sino parte de la ley.

Pero el alumno que falta un Martes por razones de trabajo no constituye excepción alguna a la ley, porque su caso no cae bajo la ley en cuestión, como lo declara la misma ley.

El milagro no es, entonces, un "remiendo" que Dios introduce en su obra, sino más bien algo así como la inauguración de una nueva etapa o nuevo nivel de esa obra misma, una nueva etapa o nivel que sigue "leyes" de existencia y actividad distintas de las leyes de la etapa anterior, la etapa natural. Porque todas las etapas de la obra son etapas diferentes de la misma obra del mismo Artista.

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c) El Creador, entonces, bien consideradas las cosas, no interviene, por el milagro, en su Creación, por encima de las leyes que Él mismo le ha dado.

Porque esas leyes no son solamente las leyes naturales. El plan de Dios respecto de su Creación, preexistente desde toda la Eternidad en la mente divina, incluye todo, tanto lo natural como lo sobrenatural. Incluye el don de la existencia a este conjunto determinado y particular de esencias finitas (el hombre, el perro, el árbol, etc.) con esta disposición accidental particular por lo que toca a las condiciones espacio-temporales, de todo lo cual se sigue necesariamente este conjunto de leyes naturales. E incluye también el producir en tales y tales puntos del tiempo y del espacio efectos directamente emanados del poder divino, sin el concurso natural de las causas segundas, es decir, creadas, o sea, efectos sobrenaturales.

Es decir, la Naturaleza es sólo un sector de la Creación en el plan de Dios, dentro del cual podemos distinguir entonces, la Creación natural, y la Creación, por así decir, sobrenatural, que se relacionan armónicamente en la mente divina, de modo tal que la primera se ordena a la segunda, lo que pertenece a la creatura por su misma naturaleza de creatura, se ordena a lo que es regalado a la creatura por su participación, gratuitamente concedida por Dios, sobrenatural, en la vida divina misma.

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Pero todavía hay que agregar algo más, a fin de mostrar lo más claramente posible cómo lo sobrenatural, a la vez que no es magia ni irracionalidad, no es tampoco algo natural.

Y es ésto: lo sobrenatural existe solamente respecto de nosotros, no respecto de Dios.

En efecto, todo lo que Dios hace, como ocurre también con los demás seres, y con todo ente posible en general, está comprendido dentro de los límites naturales del poder del agente, que en este caso, siendo el poder del Agente divino, no tiene límite alguno, sino sólo la necesidad de ser coherente con los primeros principios metafísicos y lógicos de no contradicción, identidad, razón de ser, causalidad, etc.

Por eso mismo, ninguna acción divina está por encima de la capacidad "natural" de la Esencia divina misma, y en ese sentido, ninguna acción divina es "sobrenatural". Para el poder de Dios es exactamente lo mismo, visto desde el punto de vista del Agente, causar la concepción natural de un ser humano, que resucitar a un muerto.

La diferencia, objetiva, real, ocurre solamente para la creatura, desde su punto de vista: lo primero es un efecto que no sobrepasa la capacidad natural de lo creado: la concepción de un ser humano es obra de la naturaleza humana de los padres, movidos a su vez por Dios como Causa Primera. La resurrección de un muerto, por el contrario, es algo que escapa al poder de cualquier naturaleza creada, y sólo puede ser obra del influjo directo de la Causa Pimera misma.

Ni magia, entonces, ni irracionalidad alguna, pero tampoco algo meramente natural, explicable según las leyes naturales, conocidas o desconocidas por nosotros.

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Otro extendido prejuicio respecto de nuestro tema es la idea de que aceptar la posibilidad del milagro iría en contra del principio de causalidad, base de la ciencia. El supuesto de esta tesis es que el principio de causalidad exige el determinismo físico absoluto. Desde estas bases se ha argumentado también contra la existencia del libre albedrío de la voluntad humana.

El principio de causalidad no exige el determinismo universal. Aclaremos ante todo que por "principio de causalidad" entendemos la afirmación de que todo lo que acontece, tiene causa, o mejor, que todo lo contingente es causado; donde la "causa" apunta a la acción de un ente que determina la existencia del acontecimiento, suceso, o ente en cuestión, llamado "efecto".

Se nos dirá que no es eso lo que hoy día se entiende por "ley de la causalidad". Pero lo que pasa es que por "ley de causalidad", lo que suele entenderse es justamente el principio del determinismo universal: "todo estado físico de la materia deriva necesariamente de otro estado físico anterior". Así entendido, sin duda es verdad que la "ley de causalidad" implica el determinismo universal, como que son la misma cosa. Pero a nosotros, que no conocemos semejante "ley de causalidad", lo único que nos puede interesar es saber si es exigida o no por el modesto "principio de causalidad" que citamos arriba.

Y evidentemente que no. Lo que el principio de causalidad exige es que todo acontecimiento tenga causa, no que derive necesariamente de esa causa según una ley natural inmutable. Para entendernos mejor aquí, hay que decir que la palabra "causa" puede tomarse en dos sentidos, uno amplio, y otro estricto.

El sentido amplio de "causa" es "la cosa que produce al efecto en cuestión". Mientras que el sentido estricto es "la cosa que produce al efecto en cuestión, en tanto lo produce, o sea, en el acto mismo de producirlo, y en cuanto tal".

Es decir, en sentido estricto de la palabra "causa", no es el fuego la causa del incendio, sino que la causa del incendio es el fuego aplicado a la madera seca de los árboles del bosque, y en esa medida.

En el primer sentido, el amplio, de la palabra "causa", entonces, no es cierto que el efecto derive necesariamente de la causa. Puedo encender un fuego sin que haya un incendio en el bosque.

En el segundo sentido, el estricto, sí es cierto. Pero esto no exige tampoco el determinismo universal. Porque aún hay que preguntar si la causa produce su efecto en forma necesaria, o en forma contingente y libre. Por ejemplo, es cierto que si el hombre acerca el fuego a la madera seca del árbol en el bosque, habrá incendio, pero hay que ver si el hombre decide hacerlo o no, y lo que decida, lo decidirá libremente y no en forma necesaria.

Y también es cierto, por supuesto, que dado el efecto, necesariamente ha de tener una causa, pero esta necesidad no es la del determinismo universal, que es la contraria, a sabe, la necesidad con que dada la causa, necesariamente se ha de seguir el efecto.

El famoso dicho de Laplace, entonces, según el cual una inteligencia lo suficientemente poderosa para abarcar en un instante dado las posiciones, masas, velocidades y trayectorias de todas las partículas del Universo, y conocer todas las leyes de la naturaleza, y aplicarlas correctamente a todas esas situaciones conocidas, sería capaz de predecir sin error todo el futuro y de deducir sin error todo el pasado, lejos de constituir un argumento contra la existencia del libre albedrío de nuestra voluntad, a lo sumo podría ser verdad solamente en un Universo en el que no existieran, de hecho, creaturas racionales y libres.

Por tanto, el principio de causalidad no implica el determinismo universal ni se opone por tanto tampoco al Libre Albedrío con que Dios, el Creador y Señor del Universo, interviene en su obra.

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Pero hoy día lo corriente es más bien oponerse al milagro desde el punto de vista opuesto, a saber, la inexistencia de verdaderas leyes naturales.

Se puede objetar, en efecto, que los modernos avances de la ciencia (ej.: la mecánica cuántica) nos impiden hablar de leyes naturales, a no ser de modo estadístico y probabilístico, lo cual deja siempre abierta la puerta a una excepción, de tal índole, que no constituiría ella algo verdaderamente sobrenatural y milagroso. Y ése podría ser, dicen, el caso de los pretendidos "milagros".

Tendríamos entonces una excepción que de algún modo viene prevista en la misma ley, al ser ésta de carácter probabilístico y contemplar expresamente, por tanto, la posibilidad de que un porcentaje menor de casos no cumpla con lo enunciado en la ley. Pero no se trataría de algo sobrenatural, precisamente porque el tenor mismo de la ley da a entender que el hecho extraño no es completamente ajeno, sin embargo, a la capacidad de la naturaleza, hasta el punto de que incluso se puede calcular con cierta aproximación la frecuencia de su ocurrencia.

Aquí la idea que hay que analizar ante todo es la de un "orden natural " meramente probabilista y estadístico, es decir, carente de verdadera necesidad en sus leyes.

Y hay que analizarla, como es la obligación primordial del filósofo, ante todo en términos lógicos: ¿son lógicamente compatibles las nociones de "orden natural" y "ausencia de necesidad"?

La respuesta es claramente negativa, aunque más no sea por la razón de que las mismas leyes que rigen el juego de las probabilidades son leyes necesarias. Las leyes de la probabilidad no son leyes probables. Si lanzo al aire una moneda, tengo 50 % de probabilidades de que salga cara, y 50% de probabilidades de que salga cruz. Que salga cara o que salga cruz, entonces, no son cosas necesarias. Pero sí es necesario que la probabilidad de cada una sea del 50%.

Existen, por tanto, leyes probables. Algunas nos las dicta el sentido común, sin necesidad de grandes estadísticas científicamente elaboradas, por ejemplo, si salimos a la calle en medio de una granizada, es altamente probable (no necesario) que algunas piedras de granizo nos golpeen la cabeza. Pero eso es así, porque existen leyes necesarias, y no solamente probables, por ejemplo, que si soltamos una piedra de granizo en el aire, sin nada distinto de ella que la sostenga, cae hacia el suelo.

Ahora bien, alcanza con que haya un orden natural formado por leyes naturalmente necesarias, para que sea lógicamente posible hablar de lo sobrenatural y el milagro, como ya vimos.

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En relación con este último tema está también la negación del principio de causalidad, al menos a nivel microscópico, por parte de ciertos cultivadores de la mecánica cuántica. El argumento es que a los niveles intraatómicos en que se realizan esas investigaciones, no es posible predecir a la vez la posición y la trayectoria de una partícula elemental. Como se ve, este argumento participa del supuesto ya criticado arriba: que el principio de causalidad va unido al determinismo. Agregando además otro supuesto, que el determinismo ontológico necesariamente ha de manifestarse en el nivel epistemológico, concluyen que no hay causalidad en esos niveles.

Pero no es cierto, ante todo, que el principio de causalidad vaya unido al determinismo, como vimos. Ahora bien, es cierto que nosotros tampoco creemos que el comportamiento de las partículas elementales sea libre. Luego, lo que decimos es que el hecho de que nosotros no podamos predecir no implica, obviamente, que no exista un determinismo natural (que no debe ser confundido con el determinismo universal, que no deja espacio para la libertad de los seres racionales).

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Una última observación. Hemos visto cómo se ataca la posibilidad del milagro a la vez desde la existencia de leyes naturales necesarias, y desde la inexistencia de esas leyes. Ello debe ser para nosotros motivo de reflexión. Parece ser, en efecto, que lo importante no es si hay o no leyes naturales necesarias, sino rechazar a toda costa, como sea, la posibilidad de una interveción Personal de Dios en nuestra historia. Lo cual confirma la tesis de que la opción a favor o en contra de Jesucristo y de su Iglesia no se basa solamente en consideraciones puramente teóricas y científicas, especulativas y desinteresadas, sino que implica la actitud completa, también a nivel afectivo y ético, de la persona ante la vida, ante sí misma, ante los demás, ante el mundo, y ante Dios. Más en concreto, esto nos habla de que de hecho, para muchos, la incredulidad constituye un prejuicio nocivo, que les impide abordar en forma serena, científica, desinteresada y objetiva el hecho cristiano.

También creemos necesario, para que los creyentes abordemos estos temas con ánimo de "dar razón de nuestra esperanza", que lo hagamos, no basados solamente en nuestras luces personales o en el abigarrado e inconexo enciclopedismo de la formación cultural actual, sino sobre la base de una filosofía realista, metafísica, completa y coherente, elaborada a la luz de los datos ciertos de la experiencia, la razón y la fe, y de hecho, históricamente solidaria de la gran tradición filosófica cristiana que encuentra en Santo Tomás de Aquino su máximo y hasta hoy incomparable exponente.

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NOTAS

1) LEWIS, C. S., Los milagros, Ed. Encuentro, Madrid, 1991.


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