FE Y RAZON

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino) 


El día del Señor

Daniel Iglesias Grèzes

En este artículo procuraré refutar una de las doctrinas fundamentales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Me refiero a la acusación principal que dicha secta hace a la Iglesia católica, imputándole haber cambiado la ley de Dios por una ley humana al cambiar la exigencia de la observancia del sábado por la del domingo.

Primera digresión: En la Biblia hay dos recensiones del Decálogo (Éxodo 20,2-17 y Deuteronomio 5,6-21). En ninguna de ambas los mandamientos están numerados. La subdivisión del Decálogo en diez mandamientos es un añadido posterior de los comentaristas. Las tradiciones católica y luterana siguen la división propuesta por San Agustín, mientras que las tradiciones ortodoxa y reformada se adhieren a la división propuesta por los Padres griegos (tan católicos como Agustín). Por eso el mandamiento referido a la observancia del sábado es el tercer mandamiento para los católicos y el cuarto mandamiento para los adventistas, que en esto siguen la tradición de las iglesias reformadas. Esta discrepancia ejemplifica a la perfección el tipo de "tradiciones" (con minúscula) cuyas variaciones no deben preocuparnos demasiado, en tanto no atentan contra la Sagrada Tradición, es decir la transmisión viviente de la gracia y la verdad dadas por Dios a los hombres en Jesucristo.

Segunda digresión: Los adventistas también acusan a la Iglesia católica de haber quitado el mandamiento referido a la prohibición de las imágenes. Este mandamiento, que figura como segundo en la tradición reformada, no ha sido omitido por la Iglesia católica, que lo considera incluido en el primer mandamiento. Esto es muy razonable, ya que la prohibición de las imágenes apunta a evitar la idolatría, al igual que la primera parte del primer mandamiento ("no habrá para ti otros dioses delante de mí"). La Tradición católica sintetiza el primer mandamiento en la fórmula "Amarás a Dios sobre todas las cosas", que es también bíblica y expresa de forma positiva esencialmente el mismo contenido que las largas formulaciones negativas del Decálogo.

Me concentraré ahora en la acusación principal de los adventistas: la supuesta ilegitimidad del cambio de la observancia del sábado por la del domingo. Los adventistas argumentan que el Decálogo es la parte más inspirada y sagrada de la Biblia, por ser la única escrita por Dios mismo. Fundamentan esa afirmación en Éxodo 31,18: "...le dio las dos tablas del Testimonio, tablas de piedra, escritas por el dedo de Dios." Por lo tanto nadie (ni siquiera Dios) podría cambiar el Decálogo, porque la Ley de Dios es perfecta e inmutable como el mismo Dios (cf. Sal 19(18),5).

Intentaré responder a esta acusación, basándome en el siguiente principio general de la doctrina católica: Tanto la Sagrada Escritura como la Tradición viva de la Iglesia transmiten sin error ni contradicción la Divina Revelación.

La prueba escriturística de los adventistas es realmente pueril. Por una parte, la expresión "escritas por el dedo de Dios" no nos obliga a creer que las tablas de la Ley fueron escritas milagrosamente, porque la lectura fundamentalista de la Biblia no está ni racional ni teológicamente justificada. Pero además, con o sin milagro, el Decálogo es de todos modos tan divinamente inspirado como el resto de la Biblia, ni más ni menos (esto no implica negar la importancia particular del Decálogo en la historia de salvación). No se ve por qué el dedo de Dios habría de ser más importante o perfecto que, por ejemplo, la voz de Dios, que se hace oír innumerables veces a lo largo de la Biblia.

Ya Lutero sostuvo que había en la Biblia unos libros más inspirados y otros menos inspirados, para poder librarse de ciertos pasajes (por ejemplo de la carta de Santiago) contrarios a su doctrina. Pero la noción de "grados de inspiración" es insostenible. Con respecto a la Biblia entera sólo caben dos posibilidades: O está inspirada por Dios o no lo está. No puede estar más o menos inspirada (al igual que una mujer no puede estar "un poco embarazada"). La Iglesia católica rechaza el intento de establecer un "canon dentro del canon"; no obstante, emplea la "analogía de la fe", para leer cada texto de la Escritura en el contexto del canon completo.

Por lo demás, en el capítulo 34 del Éxodo, la redacción de los versículos 27-28 lleva a pensar que es Moisés quien escribe en las tablas "las palabras de la alianza, las diez palabras". Según el versículo 1, éstas son "las palabras que había en las primeras tablas que rompiste", es decir las palabras del Decálogo. Esto muestra que, para el autor sagrado, tanto se puede afirmar que las tablas de la Ley fueron escritas por Dios como por Moisés, ya que éste actuó inspirado por Dios. El hagiógrafo no pretende narrar un mero hecho histórico con la fría objetividad periodística que es tan apreciada modernamente, sino que busca comunicar el verdadero significado salvífico de ese hecho, inmensamente más relevante que los detalles de lugar, tiempo y circunstancias. La doctrina transmitida en Éxodo 31,18 es algo mucho más profundo que la cuestión suscitada por la polémica anticatólica de los adventistas: Enseña que la Ley de Israel tiene su origen radical en el mismo Dios, quien la revela a su pueblo por medio de Moisés.

El Concilio Vaticano II nos enseña que sólo Jesucristo en persona es la cumbre de la Divina Revelación. Él es la Palabra de Dios hecha carne, la Imagen visible de Dios invisible, el que nos revela plenamente la verdad acerca de Dios y acerca del hombre. Los adventistas no terminan de captar esta forma típicamente cristiana de entender la Biblia: Toda ella nos habla de Cristo. El Antiguo Testamento es la preparación de la revelación evangélica; la Antigua Alianza es signo, figura y anticipo de la Alianza nueva y eterna sellada con la sangre del Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.

Sólo Dios es perfecto. Las obras de Dios (la Ley, el sábado, etc.) son perfectas sólo en el sentido de que portan una huella de la perfección de su autor. Si fueran perfectas sin ninguna limitación, serían ellas mismas Dios. Por eso podemos decir que la Ley de Dios es perfecta, en tanto es el camino de perfección que Dios quiere que los hombres recorran para alcanzar la salvación eterna, y al mismo tiempo reconocer que la Ley de Moisés (con su precepto sobre el sábado) es imperfecta, en tanto expresa de forma imperfecta e incompleta esa voluntad de Dios acerca del hombre. Si la Ley antigua hubiera sido perfecta, no habría sido necesario el anuncio del Evangelio de Jesucristo.

En Mateo 5,17-48 Jesús dice que no ha venido a abolir la Ley sino a darle cumplimiento (es decir, a perfeccionar lo que era imperfecto). Y a continuación, haciendo uso de su suprema autoridad, profundiza ("cambia") seis preceptos de la Ley mosaica (las seis "antinomias"). Jesús ejemplifica así la justicia de la Nueva Alianza, superior a la justicia de la Antigua Alianza. La primera de esas "antinomias" basta para explicar en qué sentido la Ley de Moisés era imperfecta: El quinto mandamiento ("no matarás"), al tener una formulación negativa, expresaba sólo el mínimo ético que había que cumplir en esta materia. Jesús, Maestro supremo, enseña que no basta con atenerse a la letra del mandamiento; no basta con no matar; uno debe respetar a su hermano y debe procurar reconciliarse con él. O sea que no basta con no realizar exteriormente los actos que la Ley catalogaba como malos; es preciso amar al prójimo como a uno mismo. Jesús interioriza la Ley y la centra enteramente en el doble mandamiento del amor, salvando así a sus discípulos de la gran tentación del legalismo y el ritualismo que había amenazado siempre a Israel, contra la cual habían predicado los profetas y de la cual eran prisioneros muchos fariseos. Jesús nos redimió amándonos, entregándose gratuitamente por nosotros, pecadores, y así nos elevó a un estado en el ya no hay más Ley que el amor (aunque éste tiene exigencias muy precisas y concretas). Por todo esto la Ley de Cristo es superior a la Ley de Moisés y bien puede decirse que Cristo cambió la Ley, en el sentido de una profundización de su verdadero y último significado.

En resumen: La revelación bíblica, de acuerdo con la condescendencia y la pedagogía divinas, es gradual y su cumbre no se da en Moisés, sino en Cristo. Ésta es una afirmación cristiana fundamental, que los adventistas desconocen debido a su tendencia judaizante.

Los adventistas del séptimo día se aferran al sábado, sin advertir que incurren en el error ya rechazado por San Pablo de judaizar a los gentiles. Es lógico preguntarles, ¿por qué detenerse en el sábado? ¿Por qué no regresar también a la circuncisión y al culto del Templo de Jerusalén con sus sacrificios de animales, y a cientos de otras prescripciones de la Ley antigua? Los adventistas responden que la Nueva Alianza abolió las leyes ceremoniales y rituales del Antiguo Testamento, pero no el Decálogo ni, por ende, la necesidad de la observancia del sábado. Sin embargo, la observancia del sábado no expresa solamente la ley moral natural (que puede ser conocida por la razón y es válida para todo ser humano), como el resto del Decálogo, sino que forma parte del ceremonial de la Antigua Alianza. Los gentiles no tenían obligación de observar el sábado. Veremos que tampoco los cristianos tienen esa obligación.

Jesús fue un judío piadoso, pero tuvo graves enfrentamientos con las autoridades religiosas judías de su tiempo porque se situó (por así decir) por encima de la Ley y del Templo. Jesús, quien es personalmente Dios, es la Ley y el Templo para los cristianos. Él es la Ley, porque su forma de vida es el modelo que debemos seguir para llegar a la plenitud humana; y Él es el Templo, porque es la Presencia viva de Dios-con-nosotros. Varias veces en su vida pública Jesús violó el descanso del sábado, curando milagrosamente a algunos enfermos, para liberar a los hombres de la esclavitud de un legalismo hueco. Jesús violó el sábado sólo en la perspectiva de los fariseos, que se atenían a la letra de la Ley y mataban su espíritu. El legalismo es incapaz de salvar al hombre, porque es el cumplimiento de actos externos, sin amor (sin unión con Dios). Jesús, polemizando con los fariseos, enseñó que "el sábado fue hecho para el hombre, y no el hombre para el sábado" (Marcos 2,27). Vale decir que la ley moral no es una disposición arbitraria de Dios que esclaviza al hombre, sino un servicio que Dios hace al hombre, indicándole el camino de su propia perfección. Que Jesús se declare "Señor del sábado" (Marcos 2,28) no quiere decir que no sea Señor también de los demás días. Significa que el sábado, como todas las demás cosas, está a su servicio y no al revés.

Los adventistas creen que Dios condenará eternamente a todos los que no observan el sábado (incluyendo a los católicos y protestantes no adventistas). Esto es absurdo desde el punto de vista cristiano. Aunque fuera verdad que se debe observar el sábado (que no lo es) Dios no condena a quienes yerran sin culpa, por mera ignorancia. Si alguien cree lo contrario, su Dios no es el Dios cristiano, e incurre en una forma de legalismo peor que la de los fariseos.

Siguiendo una invención de Ellen White (la profetisa adventista), los adventistas alegan que el cambio de la observancia del sábado por la del domingo se llevó a cabo mucho después de la época apostólica, pero carecen de razones de peso para sostener esa afirmación.

El domingo es el día de la resurrección de Cristo. También ocurrieron en un domingo la mayoría de las apariciones del Resucitado y el envío del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente (Pentecostés). Hay muchas pruebas de que desde la época apostólica la Iglesia celebró la eucaristía el domingo, cumpliendo así el mandato del Señor: "Haced esto en conmemoración mía" (Lucas 22,19). A continuación consideraremos algunos textos que arrojan luz sobre esta cuestión:

La necesidad de la observancia del domingo se deriva obviamente de la necesidad de la Eucaristía (cf. Juan 6). Durante siglos la eucaristía se celebró sólo los domingos. Más aún, el domingo era la única fiesta cristiana, la Pascua semanal. Sólo más adelante se comenzó a celebrar la Pascua anualmente y a partir de la Pascua (el gran domingo) se estructuró luego todo el ciclo anual de las fiestas cristianas (el año litúrgico).

El mayor problema para la Iglesia naciente fue el de precisar las relaciones entre judaísmo y cristianismo. Los cristianos judaizantes, contra quienes polemiza San Pablo, pretendían que los gentiles convertidos al cristianismo asumieran las costumbres judías. San Pablo comprende que la antigua Ley ha caducado y que no es necesario ser judío para ser cristiano. En el así llamado "concilio de Jerusalén" (que tuvo lugar hacia el año 50) los apóstoles deciden la cuestión, apoyando la tesis paulina. Únicamente, a instancia de Santiago, piden a los cristianos de origen pagano que se abstengan de la carne inmolada a los ídolos (cf. Hechos 15). No se menciona allí la observancia del sábado. O sea que los apóstoles, asistidos por el Espíritu Santo, entendieron que no es necesario observar el sábado a la manera judía para ser cristiano.

El domingo es la celebración semanal de la Pascua cristiana. El misterio pascual de Cristo es el acontecimiento central de la historia de salvación. Por eso, así como la Pascua cristiana es el cumplimiento y la superación de la Pascua judía, el domingo cristiano es el cumplimiento y la superación del sábado judío. El sábado conmemora el descanso de Dios al final de su obra creadora, según Génesis 1. La creación es una obra admirable de Dios, pero la redención es una obra de Dios mucho más admirable todavía. Es una nueva creación, superior a la antigua creación conmemorada por el sábado judío. En ella Cristo no sólo regenera al hombre caído en el pecado, sino que lo eleva a la condición de hijo de Dios, partícipe de la naturaleza divina. Por eso los primeros cristianos llamaron al domingo el "octavo día". El octavo día (el día del Señor Jesús) es la repetición amplificada del primer día, también domingo según Génesis 1, en el cual Dios creó el cielo y la tierra. Evoca así el inicio y el final del tiempo; es figura de la eternidad. Se comprende así que el domingo sea la fiesta cristiana por excelencia.

La relación entre el sábado judío y el domingo cristiano es sólo un caso particular de la ley general que rige la relación entre las dos grandes etapas de la historia de salvación: La Antigua Alianza y la Nueva Alianza. Esta ley general se podría expresar diciendo que la Antigua Alianza es la preparación de la Nueva Alianza y que ésta es el cumplimiento y la superación de aquélla. El pueblo de Israel de la Antigua Alianza no sólo observaba el sábado, sino que celebraba varias fiestas religiosas, la más importante de las cuales era la Pascua. La fiesta de Pascua conmemoraba el acontecimiento salvífico principal de la Antigua Alianza: El Éxodo, es decir el paso del mar Rojo, la liberación de la esclavitud en Egipto y la Alianza del Sinaí. La fórmula con que la Tradición católica sintetiza el tercer mandamiento ("Santificarás las fiestas") abarca, para el antiguo Israel, no sólo el sábado sino también la Pascua y las demás fiestas menores. La Pascua judía fue sustituida por la Pascua cristiana, que es el misterio de nuestra redención, obtenida a través de la muerte y resurrección de Cristo. La eucaristía es el sacramento que rememora y actualiza el misterio pascual, por lo cual ésta es evidentemente la gran fiesta cristiana. Los cristianos santifican la fiesta del domingo recibiendo sacramentalmente en su corazón al único Santo y viviendo santamente, por la gracia santificante bebida de esa fuente de la vida cristiana que es la eucaristía.

Al fundar la Iglesia, Jesucristo la quiso como sacramento suyo, es decir como signo e instrumento de su presencia viva y operante entre los hombres. Cristo le dio a su Iglesia el Espíritu Santo y plena autoridad para cumplir su misión. La Iglesia tiene conciencia de haber recibido de Cristo sus siete sacramentos, aunque Él no haya determinado al detalle el contenido de cada uno de sus ritos. Algo análogo ocurre con la fiesta dominical: La Iglesia es consciente de que se trata de un don de Dios, no de una mera costumbre humana. El principio protestante de la "sola Escritura" deja por el camino el hecho fundamental de que es la propia Iglesia la que pone por escrito la Revelación en el Nuevo Testamento y de que ella conserva la memoria viviente de su verdadero significado. Contra la certeza de la Iglesia de ser fiel a la voluntad de Cristo al guardar el domingo, nada pueden las arbitrarias especulaciones de Ellen White, quien 1800 años después de los hechos y fuera del contexto de la Tradición cristiana, pretende vanamente redescubrir por sí misma el verdadero sentido de la Escritura. En suma, al considerar la observancia del domingo como una ley humana y no divina, los adventistas olvidan que la Iglesia es una institución a la vez divina y humana, y que en su obrar humano se manifiesta su peculiar relación con Dios.

En definitiva, el sábado por sí mismo no tiene un valor superior a los demás días. En la Antigua Alianza se le dio un valor especial por su relación simbólica con la creación. En la Nueva Alianza ese simbolismo palidece frente a otro de valor muy superior: el del domingo como "día de Cristo" y de la Pascua cristiana. Es justo que la Iglesia celebre su fiesta y su descanso en este día consagrado por Dios. El intento de justificar la observancia del sábado desde una perspectiva cristiana es penoso: ¿Cómo un cristiano puede preferir el Sábado Santo (Jesús muerto y enterrado en una tumba) al Domingo de Pascua (Cristo resucitado y exaltado)?

Termino citando al Papa Juan Pablo II. En su carta apostólica Dies Domini, sobre la santificación del domingo, escrita en 1998, en el nº 18 (titulado precisamente "Del sábado al domingo"), dice así: "En él [el domingo] se realiza plenamente el sentido "espiritual" del sábado, como subraya san Gregorio Magno: "Nosotros consideramos como verdadero sábado la persona de nuestro Redentor, Nuestro Señor Jesucristo"... A la luz de este misterio, el sentido del precepto veterotestamentario sobre el día del Señor es recuperado, integrado y revelado plenamente en la gloria que brilla en el rostro de Cristo resucitado (cf. 2 Corintios 4,6). Del "sábado" se pasa al "primer día después del sábado"; del séptimo día al primer día: ¡el dies Domini [día del Señor] se convierte en el dies Christi [día de Cristo]!"