FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


 

SOBRE LA POSIBILIDAD DEL MILAGRO.

(Lic. en Filosofía Néstor Martínez).

Se suele plantear contra la posibilidad del milagro la siguiente objeción:

"Las leyes naturales son necesarias. Lo que es necesario no puede ser de otro modo. Luego, las leyes naturales no pueden dejar de cumplirse. Pero el milagro implicaría que las leyes naturales dejaran de cumplirse. Luego, el milagro no es posible".

Una salida fácil sería decir que las leyes naturales no son necesarias, sino a lo sumo probables. Muchos han acudido así a la mecánica cuántica para defender apologéticamente la posibilidad del milagro, en la medida en que dicha teoría científica parece disminuir la necesidad y el determinismo de las leyes naturales, reduciéndolas a una cuestión de probabilidad.

Pero eso es grave, porque equivale a decir que no hay leyes naturales, ya que es propio de una ley el carácter necesario, es decir, que no pueda no cumplirse. Ahora bien, si no hay leyes naturales, ¡resulta que tampoco hay milagros!

En efecto, si las leyes naturales no son necesarias, sino sólo probables, resulta que naturalmente hablando, todo puede, en definitiva, ocurrir, y entonces, resulta que nada es milagroso, pues todo es, en definitiva, natural, y nada es sobrenatural. Lo "milagroso" sería en realidad solamente lo raro, lo desacostumbrado, por improbable, pero no sobrepasaría las capacidades naturales de las creaturas. Entre lo "natural" y lo "sobrenatural" habría solamente una diferencia de grado, no de esencia, lo cual es contradictorio. Esto va contra la auténtica noción del "milagro", que implica lo estrictamente sobrenatural, ya sea en cuanto a la cosa realizada, como el resucitar a un muerto, ya sea en cuanto al modo de realizarla, como el curar a un paralítico con una palabra. El milagro perdería así su valor apologético, ya que no implicaría necesariamente una intervención directa del poder divino, pudiendo ser explicado por causas naturales, si bien improbables.

Otra forma de enfrentar la objeción podría consistir en responder así, como hemos hecho en un trabajo anterior:

"Las leyes naturales son necesarias, con necesidad relativa, no absoluta, es decir, supuesta la no intervención directa de Dios. Luego, las leyes naturales no pueden dejar de cumplirse, supuesta la no intervención directa de Dios. Pero el milagro implica justamente la intervención directa de Dios. Luego, la necesidad de las leyes naturales no es contraria a la posibilidad del milagro".

Pero a esto se podría replicar de este modo:

"Las leyes naturales son necesarias con necesidad absoluta, no sólo relativa. Pues se fundan en la esencia de las cosas, pero la esencia de las cosas no puede absolutamente ser distinta de lo que es. Luego, la necesidad de las leyes naturales es absoluta, y hace imposible el milagro en cuanto no cumplimiento o suspensión de dichas leyes".

Y si a esto replicamos que :

"La necesidad de las leyes naturales, fundada en la esencia de las cosas, no es absoluta, sino relativa, pues se funda, no en lo que las cosas son en sí mismas, sino en lo que son en relación a otras cosas, pues las leyes naturales gobiernan la interacción entre los diversos seres de la naturaleza."

Se puede responder lo siguiente:

"Precisamente, en tanto que las leyes naturales enuncian lo que ha de suceder al entrar en relación dos entes cualesquiera, eso que enuncian es de necesidad absoluta, que ha de darse necesariamente en tanto se produzca esa interacción. Pues si los dos entes no pueden ser otra cosa distinta de lo que son, tampoco la relación entre ellos puede ser otra cosa distinta de lo que es. Y entonces, no cabe pensar en una suspensión o no cumplimiento cualquiera de las leyes naturales, que sólo cabe discutir, por supuesto, una vez que se ha verificado el supuesto de hecho de la ley, o sea, la interacción en cuestión".

Por eso, la respuesta de fondo al problema de la posibilidad del milagro es la siguiente:

Existen las esencias o naturalezas de las cosas, y existen los accidentes, que son modos o determinaciones de ser que "inhieren" a la esencia de las cosas. Por ejemplo, la esencia de Pedro es ser hombre, es accidental en Pedro su gordura, su estar de pie o sentado, etc., que son todas cosas que sólo pueden darse en Pedro, o sea, con "inherencia" en su naturaleza.

Entre los accidentes, los hay contingentes, y los hay necesarios. Por ejemplo, el ser gordo en Pedro es un accidente contingente: puede faltar. Pero el ser extenso, no lo es: es un accidente, porque la extensión es siempre extensión de un cuerpo determinado y no subsiste por sí sola, y es necesario, porque no es posible que Pedro no sea extenso y no ocupe algún lugar.

Un accidente necesario como la extensión es algo a la vez exigido por la naturaleza del cuerpo en cuestión, y distinto realmente de ella. Pues todo accidente es realmente distinto de la sustancia.

En efecto, desde que la sustancia es "lo que existe en sí", y el accidente, "lo que existe en otro", si el accidente fuese idéntico a la sustancia, resultaría que lo que existe en otro existe en sí, lo cual es contradictorio. Dos cosas cuyas razones esenciales guardan alguna oposición contradictoria no pueden ser realmente idénticas.

Los accidentes necesarios, entonces, son a la vez exigidos por la naturaleza de la cosa en cuestión, y realmente distintos de ella.

Son realmente distintos de ella, dijimos, porque son accidentes; son exigidos por la naturaleza de la cosa en cuestión, porque toda naturaleza finita, en tanto naturaleza, exige al menos tener accidentes, en general, y en tanto tal naturaleza particular, exige tener tales accidentes en particular.

Pero en tanto son realmente distintos de la naturaleza o esencia, pueden ser separados de ella al menos por el poder de Dios Omnipotente.

En efecto, lo único que cae fuera de la Omnipotencia es lo que va contra los principios de identidad y no contradicción. Pero el accidente no es realmente idéntico a la esencia, y por tanto, no es contradictorio que la esencia exista sin el accidente, o éste sin la esencia, por más que la esencia exige naturalmente ese accidente.  Sí sería contradictorio que la esencia careciese de esa exigencia que no es más que un aspecto de sí misma. Pero es la exigencia de algo realmente distinto, es decir, un accidente. Siendo el accidente y la esencia distintos realmente, afirmar de un sujeto la esencia, y negar a la vez el accidente, no implica contradicción, ya que no estamos afirmando y negando a la vez lo mismo.

Así se explica cómo, por un lado, las leyes naturales tienen necesidad basada en la esencia misma de las cosas, y , por otro lado, esa necesidad no es absoluta, de modo que el milagro es posible.

Los accidentes necesarios o "propiedades" pueden ser considerados de dos maneras: 1) en cuanto exigencias de la esencia o naturaleza 2) en cuanto actualmente dados y existentes en esa esencia o naturaleza.

En el primer sentido, son absolutamente necesarios, porque no se distinguen de la esencia más que conceptualmente: en efecto, las exigencias de la esencia, en la realidad, no son otra cosa que la esencia misma. Por eso el razonamiento científico, que es absolutamente necesario, consiste para Aristóteles en deducir las propiedades de la esencia.

En el segundo sentido, son existencias actuales realmente distintas, aunque naturalmente inseparables, de la esencia del ente en cuestión, y entonces, son separables al menos por el poder divino, como se ha dicho, y no corresponden a la esencia de las cosas de un modo absolutamente necesario. Por eso el milagro que implica la ausencia actual de una propiedad natural exigida por la naturaleza del ente en cuestión, es posible, por ejemplo, que el Señor pueda caminar sobre el agua o que los tres jóvenes hebreos no se quemen al ser arrojados al fuego.

La necesidad natural, entonces, consiste en que dada la naturaleza o esencia en cuestión, se da la propiedad, si no intervienen impedimentos. Es decir, la naturaleza, dejada a sí misma, es decir, contando solamente con el concurso divino "natural" sin el cual ninguna naturaleza podría existir ni obrar, "emana" necesariamente la propiedad. Pero la naturaleza puede no ser dejada a sí misma, por ejemplo, por una intervención sobrenatural del Creador, y en esos casos, la propiedad no se da. La diferencia entre ambos "concursos" divinos, el natural y el sobrenatural, es que el primero se limita a mantener en la existencia el ser natural de la cosa, y a posibilitar el obrar de esa misma cosa conforme a su naturaleza y no más allá de ella, mientras que el segundo pone a la naturaleza en una situación de ser y o de obrar que va más allá de lo que ella naturalmente es y puede.

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Hasta aquí hemos defendido que pueden darse las sustancias o esencias sin sus propiedades naturalmente necesarias, y sobre eso hemos basado la ausencia de una necesidad verdaderamente metafísica en las leyes naturales. Cabe preguntarse si es posible la existencia de los accidentes o propiedades sin la sustancia correspondiente. 

A primera vista parece que no, porque es propio del accidente el existir "en otro", o sea, a modo de inherencia. Sobre este principio se basaba la objeción de Berengario de Tours contra el sacramento de la Eucaristía: 

"En el Sacramento de la Eucaristía los accidentes permanecen sin la sustancia del pan y del vino, y sin inherir en otra sustancia, tampoco en la divina. Pero esto es contrario a la razón misma de accidente, que es "lo que existe en otro". En general, una cosa no puede existir separada de aquella a la que por naturaleza le corresponde inherir".

Respuesta:

Lo que existe, o existe en sí, o no. Esto es lo que absolutamente exige el principio de no contradicción. Nuestra experiencia nos lleva a decir que lo que no existe en sí, existe en otro, y así asignamos al accidente la propiedad de existir en otro. Pero lo que absolutamente hablando le corresponde al accidente es "existir, y no existir en sí", porque entonces, claro está, sería idéntico a la sustancia.

Este "no existir en sí", además, implica la necesidad de un fundamento de la existencia del accidente distinto del accidente mismo. Pero no implica necesariamente que la relación del accidente con ese fundamento sea la inherencia. La Causa Primera, Dios, puede suplir el efecto de cualquier creatura. El accidente no puede inherir en la sustancia divina, pero eso no es necesario para que Dios sea el fundamento de la existencia "no en sí" del accidente. Que es lo que sucede justamente en el Sacramento del Altar.

La inherencia compete al accidente en tanto viene exigida naturalmente por la sustancia respectiva, o sea, le compete naturalmente hablando. Y por lo mismo, puede ser suspendida por el poder de Dios, como sucede con todas las propiedades esenciales de las cosas en lo referente a su existencia actual en la cosa en cuestión, como vimos.

Por otra parte, hemos traído a colación aquí la Eucaristía, no porque sea un milagro, sino porque, como el milagro, es sobrenatural. Para ser milagro, además, hace falta ser un signo sensible de la acción extraordinaria de Dios, lo cual falta justamente en la Eucaristía, en la que todo lo sobrenatural es invisible y todo lo perceptible sensiblemente es natural.

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Esta explicación de la posibilidad del milagro la hemos encontrado en Marín Solá, Francisco, O.P., La evolución homogénea del dogma católico, B.A.C., Madrid, 1952, pp. 162 - 163.  En ella, el autor, que llama "propiedad radical o metafísica" a la propiedad en cuanto exigida por la esencia misma de la cosa, y "propiedad actual o física" a la misma propiedad, en tanto accidente realmente distinto de la esencia, dice: 

"En la distinción precisamente entre las propiedades radicales o metafísicas y las actuales o físicas se funda la posibilidad del milagro o del orden sobrenatural quoad efficientiam. Dios no puede suspender las propiedades metafísicas, pues son esenciales; pero puede suspender las propiedades físicas, por ser accidentales".

Antes ha puesto como ejemplos "la inherencia aptitudinal del accidente en su sujeto, la cual existe en los accidentes eucarísticos, y la inherencia actual"; "la capacidad radical de ver, que existe aún en el ciego y no en la piedra" y "la capacidad actual, de que carece tanto el ciego como la piedra"; "la pecabilidad radical, que la posee toda pura creatura" y "la pecabilidad actual, que no la poseyó la Santísima Virgen"; "la capacidad radical de morir, que existía aún en el estado de inocencia, y existe en Elías y Enoch" y "la muerte de hecho"; "la exigencia de quemar, que existía en el fuego mismo del horno de Babilonia" y "el quemar de hecho".  

Cita luego a Goudin, Logica Maior, I p., d. 1, q. 2, a. 7, que dice (traducción libre nuestra): 

"Hay que distinguir dos clases de propiedades: la física y real, y la lógica y atributiva. La propiedad física y real es un accidente real consiguiente a la esencia; como el calor sigue al fuego...La propiedad lógica o atributiva es cierta noción distinta sólo conceptualmente de la esencia, y que sólo por el modo nuestro de entender se sigue de ella: así la infinitud se dice propiedad de la esencia divina; la mortalidad se dice propiedad del viviente corpóreo, no tener contrario se dice propiedad de la sustancia, etc.; no que sean realmente distintas de las cosas de las que son propiedades, sino porque son ciertas nociones secundarias, que nuestro intelecto distingue de la esencia, y que le atribuye como si fuesen apéndices de la misma." 

Luego cita a Juan de Santo Tomás, Cursus theologicus de virtutibus, d. 17, a. 3, n. 14: 

"Al hombre le conviene esencialmente la risibilidad radical, pero la formal (o física) accidentalmente". 

Y también en Cursus philosophicus, p. 3, q. 2, a. 2: 

"No hay contradicción manifiesta en que las pasiones propias [es decir, las propiedades], que son realmente distintas del sujeto, sean separadas de él por el poder divino, como la cantidad que es la pasión propia del cuerpo se separa del sujeto...Y así, las proposiciones en las que se afirman las pasiones propias pueden resultar falsas en cuanto a la conveniencia actual, aunque no en cuanto a la conveniencia radical y al débito."  

Finalmente, cita al Ferrariense, In 4 Contra Gentes, c. 65, que vuelve al tema precisamente de la Eucaristía: 

"Aunque la inherencia aptitudinal sea de la esencia del accidente, la inherencia actual, sin embargo, es su propiedad que le es naturalmente concomitante en forma necesaria, si es abandonado a su naturaleza, y sin embargo, por el poder divino existe el accidente sin sujeto en el Sacramento del altar". 


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