FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


APORTES CRÍTICOS A:

“LOS PECADOS DE LA IGLESIA”

DE NICETO BLÁZQUEZ

Pbro. Dr.Miguel A Barriola

            I – Presentación.

              Ya Néstor Martínez nos había llamado la atención sobre la propuesta ecuménica del P. N. Blázquez, O. P. sobre la conveniencia de no insistir, por parte católica, en el dogma definido por el Vaticano I°, respecto a la infalibilidad pontificia[1].

            El mismo autor abunda en el tema en otra reciente publicación[2].

            Valido de su larga experiencia eclesial y especialmente ecuménica[3], ofrece una revisión rica y variada de las serias fallas acaecidas en la historia de la Iglesia católica, por las cuales Juan Pablo II ha pedido públicamente perdón en el correr del gran Jubileo de la Redención, el año 2000.

            Su visión es justa y matizada, advirtiendo, por ejemplo, ante la tentación de una autoflagelación excesiva, por el puro afán de caer en gracia a otros cristianos, miembros de otras religiones o a la publicidad.

            Es también lúcido y franco, al sacar a la luz los pecados por los que deberían revisarse también la ortodoxia, el protestantismo, el judaísmo y el Islam[4].

             II – Propósito de enmienda.

             Pero, con toda razón, no se contenta nuestro autor con una evaluación del pasado, sino que, como ha de suceder en todo arrepentimiento genuino, encara también el futuro, proponiendo correctivos concretos, a los que debería atender la misma Iglesia Católica[5].

            Es aquí, donde nos permitimos acercar algunas reflexiones y reservas respecto a puntos, que nos parecen poco exactos y no muy madurados a fondo.

            Quede en claro de entrada que nuestra “recensión” crítica, en nada empaña la utilidad y provecho que se extraerá sin duda alguna de la lectura meditada de esta obra sugerente.

            1 – ¿Los judíos: “pérfidos” por deicidas?.

            Es notoria, a lo largo de la historia, la espinosa relación del pueblo elegido por Dios, con otras culturas y naciones y muy en especial con el cristianismo, nacido de las mismas entrañas del judaísmo, cuyas Escrituras son conocidas mundialmente, gracias, sobre todo, a los mismos cristianos[6].

              Los puntos de vista de Blázquez al respecto llaman nuestra atención, sugiriéndonos algunas aclaraciones.

            Escribe nuestro Autor:

              “Desde muy joven mis conocimientos de la lengua de Cicerón me permitieron tener el placer de entender los textos litúrgicos de la Semana Santa ... Confieso que cuando el Viernes Santo se oraba por los «pérfidos judíos», aquello me resultaba tan extraño y molesto como el ataque de tos de un acatarrado durante la audición de un concierto ¿Cómo fue posible que la Iglesia introdujera y mantuviera esa expresión insultante en la liturgia de la Semana Santa, cuando está de fondo la redención del hombre en clave de amor y reconciliación con los propios enemigos?”[7].

              Es posible hacer notar, simplemente, que el conocimiento mismo, no tanto de la “lengua de Cicerón”, cuanto del latín eclesiástico, habría aportado un poco de luz.

            En efecto, dicha oración por los judíos estaba orientada a su reconciliación, a que se convirtieran, no a marcarlos con un sello de infamia.

            Es verdad que, en la actualidad, solemos comprender “pérfido” como sinónimo de “alevoso, vil, falso”[8].        

Pero no sonaba así en el latín litúrgico. Ya en 1955, aduciendo estudios todavía más antiguos, M. Righetti explicaba: “E. Peterson (en Eph. lit., - 1936 – p. 296 sg.-) ha hecho notar que en latín el epíteto perfidus quiere decir simplemente quebrantador de la alianza (fedifrago). Los judíos habían estrechado un pacto con Yahwéh, al que fueron infieles...Casi análoga es la conclusión del estudio de M.Blummenkranz sobre el término perfidia en el Archiv. latin. medii aevi (1952, 157 – 170). Perfidus equivale a infiel[9].

Una década después, Dom Th. Maertens explicaba: “El invitatorio (de la oración correspondiente) habla de «perfidia» de los judíos, a quienes generalmente se califica de una manera demasiado literal, de «pérfidos», mientras que el sentido original aludía solamente a la falta de fe de los mismos. Ya en 1948 (declaración del 10 de junio) la Sagrada Congregación de Ritos había declarado irreprensibles traducciones como «infieles», «infidelidad». Importa, además, no colocar en el mismo plano esta infidelidad de los judíos, que continúa siendo el pueblo elegido, con la incredulidad de los paganos. El nuevo Ordo suprime, por indicación del Papa Juan XXIII, la palabra «perfidia»”[10].

Por consiguiente, el apelativo no era más injurioso que los que dirigían los profetas a sus propios connacionales, acusándolos de haber infringido en múltiples ocasiones la alianza con su Dios. El reciente documento de la Pontificia Comisión Bíblica[11] acota al respecto: “Las invectivas y acusaciones lanzadas contra los escribas y fariseos son análogas a las que se encuentra en los profetas y corresponden al género literario de la época, utilizado tanto en ambiente judío (por ejemplo en Qumrán), como en ambiente helenista”.

Que, por razones pastorales sea comprensible y bienvenido el cambio felizmente propuesto por Juan XXIII, no quiere decir que la Iglesia, durante el tiempo en que mantuvo una expresión “hoy” malsonante, lo haya hecho con intención malévola respecto al pueblo elegido.

Acto seguido, Blázquez explica este epíteto, causante de su estupor de la siguiente manera:

“La razón de esta sinrazón es fácil de encontrarla. Se trata de un argumento lógicamente correcto, pero realmente falso y equivocado. Correcto en el sentido de que, si Cristo es el Hijo de Dios, quien condena a muerte a Cristo comete deicidio. Realmente falso, porque se podrá llevar a la muerte a Cristo como hombre, pero como Dios es «inmatable»[12].

Ante todo, “la razón” para calificar a los judíos de “pérfidos”, jamás fue, el que se los considerara “deicidas”. La Iglesia, aún con semejante fórmula, oraba por los judíos “infieles”, no pedía que se los exterminara.

Por otro lado, nadie, ni siquiera quienes calificaron de ”deicidas” a los judíos, pensaron que Dios pudiera ser “matable”. Siempre que se habló de Cristo como Dios, atribuyéndole atributos “creaturales” se lo hizo a la luz de la doctrina de la “communicatio idiomatum”, o sea, teniendo presente de continuo a la “segunda persona singular del Verbo eterno e Hijo de Dios”, que por su encarnación pudo asumir realidades incompatibles con la sola naturaleza divina. Lo percibe el mismo Blázquez, en lo que admite de ”correcto” en la expresión[13]. Lo raro es que haya podido imaginar que algún Sto. Padre o teólogo de los que cita, haya incurrido en y aceptado la peregrina idea de la “muerte de Dios”[14].

            2 - ¿Alcanzará con un “ecumenismo informal”?

            Iremos acotando brevemente, algunas tesis, a nuestro gusto demasiado rotundas del autor, que, en tema ecuménico, se quedan, según parece, en una caridad, que desdeña bastante la expresión adecuada de la fe común.

“Creo muy poco – manifiesta Blázquez – en la unión de las Iglesias a base de decretos firmados por las altas jerarquías sobre puntos teológicos discutidos en el pasado”[15].

            Se concede que no bastan acuerdos doctrinales o de índole científico - teológica.

            Tampoco se los excluya. De lo contrario, los pastores de las distintas comunidades, su oficio de enseñar, tan inculcado por Cristo y los apóstoles, quedarían arrinconados y hasta ridiculizados. No se obtiene algo tan arduo como la unión de las iglesias a fuerza de mera simpatía y buenos modales.

            Al contrario, consta que, en realidad, tarde o temprano se presentan divergencias serias, que necesitan ser dilucidadas por personas competentes. Recordemos, si no, la atmósfera imbuida de “koinonía” en la Iglesia primera, según Lucas en sus Hechos de los Apóstoles. Todo era comunión y participación, hasta los bienes materiales. Pero hubo necesidad de aclarar la posición de los cristiano – paganos, respecto a la circuncisión (Hech 15).Para lo cual hubo que escuchar a las distintas partes, a Pablo, Bernabé y Santiago, decidiendo para todas las iglesias bajo la guía del Espíritu Santo.

             “La causa del ecumenismo – se le ocurre a Blázquez - iría por mejor camino si se hablará más de Jesucristo y menos de las iglesias. Es un gran error de casi todas las denominaciones cristianas el competir en el concierto ecuménico más como miembros de una determinada iglesia que como seguidores de Cristo. Pero así no llegamos a ninguna parte porque cada cual va a defender de antemano una postura oficial, aunque sea contraria a la voluntad del propio Cristo”[16].

             ¿Quién no estará de acuerdo en lo fundamental de esta recomendación?

La Iglesia no puede ser equiparada en importancia con su fundador Jesucristo.

            Pero...¿es posible separar a Cristo de su esposa, en pro de la cual vertió su sangre  (Ef 5, 25 – 27)? Por ende, ¿se puede concebir a un convencido “seguidor de Cristo”, sin que se preocupe de su pertenencia a la Iglesia?

            Si prescindimos de “toda iglesia”, ¿no estamos fundando una nueva? ¿Es eso aceptable, sin enterrar las promesas de Cristo a “su” Iglesia, sobre el poder del infierno, que no prevalecería contra ella (Mt 16, 18)? Frente a semejante propuesta, ¿quién acertará con y garantizará la voluntad de Cristo? Los acuerdos que se obtengan deberán ser capaces de señalar a lo largo de la historia, cuál de las diversas iglesias ha sido la que mantuvo su identidad con la fundada por Jesucristo. De ahí que, quiérase o no, “alguna postura oficial”, en sus características esenciales, deberá ser admitida por todos.

            “La clave de la eficacia en la predicación cristiana – según Blázquez - está en aceptar, escuchar y respetar a toda persona de forma desinteresada sin tener en cuenta para nada su militancia política, ideológica o creencias religiosas.

La conversión es obra exclusiva del Espíritu Santo y no el resultado de eficaces técnicas persuasorias disfrazadas de predicación”[17].

Sostenemos que es algo muy “personal” la adhesión de alguien a una iglesia. Toca el núcleo mismo de todo individuo: la vinculación recta con su Dios y su revelación. Es verdad que cada uno constituye una instancia singular, que no puede ser sustituida ni siquiera por sus padres, o cualquier otro tipo de relación. Pero...¿negaremos que el entorno familiar, cultural y religioso, modelan profundamente una personalidad? ¿Sería entonces un “trato personal y desinteresado”, prescindir de tener en cuenta el elemento más nuclear de toda cultura y desarrollo, cual es la religión o pertenencia a una iglesia?

¿Sería un trato “desinteresado” el de un médico que sólo considerara el estado actual de su paciente, desentendiéndose de su historia clínica? Hay que decir que es a la vez “interesado”, porque nada le importa más a un buen médico que la salud objetiva  de sus enfermos, a la vez que su respuesta competente. Y es asimismo “desinteresado”, ya que el principal cometido de su arte se centra en la salud de quienes lo consultan.

            Igualmente, se ha de “proponer” y nunca “imponer” el Evangelio, pero eso no significa que no se busque “la conversión”. No otra cosa propuso el mismo Jesús, a continuación de Juan Bautista: ”El Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Mc 1, 15).

            Además, la conversión es obra “conjunta” el Espíritu Santo y de la predicación.

Pues, “¿cómo creerán si no han oído hablar de él? ¿Y cómo oír, si nadie lo predica?”

(Rom 10,14). “El Señor le tocó el corazón (a Lidia – he aquí el influjo divino), para que aceptara las palabras de Pablo (por medio del ministerio de la predicación: Hech 16,14).

                      “Con el evangelio en la mano – sostiene Blázquez – pronto nos damos cuenta de que Cristo predicó con la autoridad moral de sus obras adaptándose al desarrollo de la libertad y grado de responsabilidad de sus seguidores”[18].

            Nos preguntamos si el Evangelio no es testigo también de discusiones y censuras de Cristo, a fariseos, saduceos y hasta a Pedro, al que trató de “Satanás” (passim y Mc 8, 33).

            3 – El depósito íntegro de la revelación.

Junto con intuiciones válidas respecto al lugar que ha de ocupar la inquietud por la “integridad del depósito revelado”, parece que a veces echa mano nuestro autor a propuestas no tan acertadas, acudiendo  también a  comparaciones no muy afortunadas.

Le preocupa, por ejemplo, que se trate de la:

            «unidad plena» o de la necesidad de mantener íntegro el llamado «depósito de la fe» por cuanto podría darse a entender que sin el cumplimiento cabal de estas dos condiciones no puede haber unidad entre los cristianos. Como si entre la desunión y la unidad plena no fuera posible alcanzar una unión troncal de mínimos sobre la cual caminar después hasta donde se pueda. Se corre el riesgo de perder lo bueno por la pretensión orgullosa de alcanzar lo mejor.

            Así de claro. La unidad cristiana no puede ser ya desde el primer momento como la de un pelotón de soldados vestidos todos con el mismo uniforme para ejecutar unánimemente y sin rechistar las órdenes de sus jefes”[19].

            Hay mucho de caricaturesco en la comparación con el “pelotón”, pues, al menos en los últimos tiempos y ya antes, nadie pretendió semejante uniformidad para poder hablar de una iglesia unida.

            Por otro lado, si bien la preocupación por la integridad del depósito revelado no ha de ocupar la atención en los comienzos de un camino de reintegración común, por cierto que no ha de estar ausente en los objetivos y finalidad de todo el proceso. La misma comparación de la “unión troncal”, empleada por Blázquez, implica que el tronco no se quede allí, sino que florezca y llegue a dar sus frutos en plenitud.

            Se ha de “caminar hasta donde se pueda”, pero sin partir vencidos de antemano, renunciando de entrada a la meta total, propuesta por el mismo Cristo.

            “Cada uno de nosotros ha recibido su propio don, en la medida que Cristo los ha distribuido (he ahí los inicios)...hasta que lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado de hombre perfecto y a la madurez que corresponde a la plenitud de Cristo (aquí la meta)” (Ef 4,7 y 13).

            No se ha de renunciar a la aspiración de “comprender con todos los santos, cuál  es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra...conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados de la plenitud de Dios” (ibid. , 3, 18 – 19).

            En la mente de Juan Pablo II°, “mantener una visión de la unidad que tenga presente todas las exigencias de la verdad revelada no significa poner un freno al movimiento ecuménico. Al contrario, significa no contentarse con soluciones aparentes, que no conducirían a nada estable y sólido. La exigencia de la verdad debe llegar hasta el fondo. ¿Acaso no es ésta la ley del Evangelio?”[20].

            La unidad cristiana- apunta nuestro autor – no significa que todos tengamos que vivir de la fe con el mismo grado de perfección o que todos hayamos de tener exactamente la misma percepción intelectual del Credo. Ni todas las verdades de la fe que pertenecen al «depósito» son igualmente importantes o necesarias para la salvación ni es necesario conocerlas todas”[21].

            Justa preocupación, con tal de que, la parte no crea poder confundirse con el todo y mantenga la humilde apreciación de sus límites. Ni el teólogo más sobresaliente ha abarcado el océano sin riberas de la revelación, ni la más simple “vetula”, en decir de Sto. Tomás de Aquino, está privada de la riqueza toda de la graciosa comunicación divina, aún dentro de sus límites de inteligencia.

            Tal es, al menos, la gran visión de S. Ireneo: “La Iglesia, diseminada por todo el mundo, habiendo recibido esta predicación y esta fe...la custodia con diligencia, como habitando una sola casa; y de manera semejante las cree, como teniendo una sola alma y un solo corazón; y las predica y enseña y transmite de consuno, como poseyendo una sola boca. Porque aunque en el mundo haya diversas lenguas, sin embargo el poder de la tradición es uno y el mismo. Y ni las iglesias que fueron fundadas en Germania creen de otra manera o transmiten de otra manera; ni las que fueron constituidas entre los iberos, ...sino como el sol, criatura de Dios, es uno y el mismo en todo el mundo, así la luz, la predicación de la verdad, brilla por todas partes e ilumina a todos los hombres que quieren llegar al conocimiento de la verdad. Y, entre los que presiden las iglesias, ni el que posee elocuencia dice cosas distintas que estas (pues nadie está por encima del maestro), ni el que no la posee disminuirá la tradición. Siendo la fe una y la misma, no la aumenta el que puede decir mucho de ella, ni la disminuye el que poco”[22].

            Según lo siente Blázquez,

            esto («clonar la fe», de suerte que cada creyente o grupo eclesial fuera una fotocopia perfecta del Magisterio) sería horrible porque los ortodoxos dirán que la matriz clonante son ellos y lo mismo los católicos y los protestantes. Con lo cual seguiríamos ecuménicamente perdiendo irresponsablemente el tiempo”[23].

            Tales pronósticos parecen bastante fatalistas y no tienen en cuenta los acuerdos logrados como frutos de pacientes y difíciles diálogos. El resultado de los mismos, lejos  de ser la imposición del sistema de una iglesia a otras, fue obtenido por convergencia de visiones, que, superando inveteradas estrecheces, se abrieron al núcleo común, encerrado en formulaciones perfectibles de ambos lados. Baste pensar en las convergencias recientemente alcanzadas entre católicos e iglesias orientales, separados en asuntos cristológicos. Así es cómo el Papa actual da cuenta de la coincidencia obtenida con la Iglesia de Etiopía: “Hoy...podemos afirmar que profesamos la misma fe en Cristo, a pesar de que durante mucho tiempo esto fue causa de división entre nosotros”[24].

            Por otro lado, ¿es tan inverosímil, entre cristianos, que se reconozcan los propios errores y que otra iglesia hermana haya acertado en su formulación de la verdad? ¿Sería tan humillante aceptar los logros de otras comunidades? ¿Se puede llamar a semejante recepción una mera “clonación”?

            “Así como sería ridículo – razona Blázquez – que dos jóvenes se aborrecieran mutuamente porque se pelearon sus respectivos bisabuelos a los que ni siquiera conocieron, así también es ridículo y escandaloso el espectáculo de las diversas denominaciones cristianas tirándose los trastos a la cabeza por los errores o barbaridades que cometieron sus antepasados. Si aquellos fueron incapaces de respetarse y vivir en caridad, sus descendientes no tenemos la culpa ni el deber de heredar su mala conducta”[25].

            Pero... si esos jóvenes llegaran a estudiar historia, ¿será posible establecer quién de los bisabuelos tuvo razón o estuvo errado? Porque, la situación actual de separación tiene sus raíces en el pasado. Si se hubiera tratado sólo de “barbaridades”, es claro que no se impone el reiterarlas. Pero, en cuanto a los “errores”, hay que preguntar si perduran o se han desvanecido. En el primer caso, no es posible encararlos con la sola voluntad de buena vecindad. Es preciso además, examinarlos a fondo.

            “Por el contrario – continúa el ecumenista español -, tenemos el derecho y la obligación de deshacer sus entuertos y de no perpetuar sus malos ejemplos”[26].

            El asunto es: cómo deshacer el entuerto, sin conocerlo a fondo. Para ello hay que indagar, confrontar, discutir. Sin “barbaridades”, claro está, pero con no menor franqueza.

            “Es más – llega a proponer Blázquez - ¿Acaso no es bueno y necesario violar, si es preciso, la integridad física del cuerpo humano para salvar la salud de una persona? De modo análogo cabe decir que el relegar ciertas tradiciones y doctrinas de las Iglesias cristianas puede ser lícito y necesario, si así se facilita la unión en la caridad de todos los cristianos”[27].

            La comparación cojea y no viene a cuento. Porque, cuando se amputa algún miembro, a favor de la salud total del cuerpo humano, se trata de un sector gangrenado y nocivo para el conjunto vital.

            En cambio, las verdades reveladas por Dios no pueden ser equiparadas con miembros enfermos y amenazadores del complejo corporal, que sería preciso extirpar.

            Sí, es verdad, que se ha de proceder con tacto, proponiendo un camino gradual y pedagógico. Pero nunca se podrá empobrecer el tesoro revelado[28].

            Culmina sus raciocinios sobre este particular, subrayando que ese “ecumenismo informal”,

               “guiado por el sentido común y la caridad, es el que lenta pero eficazmente funciona”[29].

Para ello, no serían necesarios Papa, obispos, magisterio, instalándose la gran camaradería de mutua simpatía. Pero...¿no previó Pablo que surgirían lobos rapaces, que deberían ser enfrentados por los ”obispos” ( Hech 20, 29 – 31)?

            4 – La declaración “Dominus Jesus”.

            Como a muchos otros ecumenistas (aunque no a todos), esta seria advertencia de la Congregación para la Doctrina de la fe, le cayó gorda al teólogo domínico que venimos comentando[30].

            Contra el documento en cuestión, estima Blázquez que:

            “si el mismísimo papa Juan Pablo II (Ut unum sint, 93 – 95) está dispuesto a revisar la forma de ejercer el ministerio del Primado es obvio que habrá que revisar también los estilos o formas de expresión de los organismos y estructuras eclesiales que dependen directamente del ministerio primacial del Papa.

En tal sentido cabe pensar que la Congregación para la doctrina dela fe tendrá que hacer un esfuerzo por superar el estilo del presente documento, sobre el cual me creo en el deber moral de hacer algunas sinceras observaciones críticas. Se trata de un breve texto presentado por los medios de comunicación en clave negativa como un jarro de agua fría sobre el diálogo ecuménico”[31].

Ante todo habría que considerar que el propio Juan Pablo II, que propusiera en Ut unum sint encarar perspectivas de cambio en el ejercicio de su labor pastoral universal, no ha sentido repugnancia en aprobar de modo especial este discutido aporte de uno de los dicasterios más cercanos a su magisterio. Se ve que no lo habrá sentido tan dictatorial, como lo presentan muchos medios de comunicación[32].

Por de pronto es bueno aclarar que, pedir perdón por malas acciones de una persona o institución no significa que todo lo que han realizado individuos o comunidades esté enlodado por la culpa. Así es como Pablo se declara pecador, por haber asolado a la Iglesia de Dios, cosa que no le impide mantener simultáneamente la validez de su ministerio: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero. Mas por esto conseguí misericordia, para que en mí primeramente mostrase Jesucristo toda su longanimidad y sirviera de ejemplo a los que habían de creer en El para la vida eterna” (I Tim 1, 15 – 16. Ver: I Cor 15, 8 – 10; Gal 2, 13 – 16; Ef 3, 8).

Asimismo, cuando una avalancha de sentencias confusas y atentatorias a núcleos importantes de la fe se extiende de forma peligrosa, es necesario pronunciar un claro “no”. La “clave negativa” es necesaria para atraer la atención sobre puntos neurálgicos, que están siendo alegremente socavados.

Así S. Samartha, J.Hick, P. Knitter, R. Pannikar, A. De Mello, J. Dupuis y otros andaban esfumando todo límite, con atractivas sonrisas, que presentaban como muy conveniente una relativización considerable del “único mediador” Cristo Jesús. La coyuntura era demasiado seria, como para andar con paños tibios.

            Así lo percibió B. Forte: “¿Quién podría pretender que un musulmán creyente no reconociera a Mahoma como el profeta? ¿O que un hebreo fiel no escuchara religiosamente la Torah como palabra de Dios? ¿Y por qué se podría pretender que un cristiano diga que Cristo no es la verdad, la salvación del mundo, la plena y definitiva  revelación de Dios?” (Es claro – intercalamos – que ante tales pretensiones se imponía un inequívoco “NO”).

            “Esto es – sigue Forte – lo que querría (con respeto y honestidad) pedirles a los críticos más duros de la Dominus Jesus. Porque de esto se trata: sustancialmente la declaración no es sino una solemne confesión de fe en Cristo (centro vivo de este año jubilar) frente a posiciones relativistas, que en diversos lugares – especialmente entre los cristianos de Asia – se han difundido en nombre de un malentendido sentimiento de diálogo con las otras religiones. El diálogo no está en cuestión, como tampoco lo está el respeto por el valor y por los valores que las demás religiones pueden presentar. Pero un diálogo verdadero se da cuando los interlocutores son claros y honestos: sin fidelidad a la propia identidad no se ayuda tampoco a la causa del otro. Como afirma el teólogo evangélico Jürgen Moltmann: «No se ama a los demás si no se tiene el coraje de ser diferente de ellos», cuando esto es exigido por la verdad en la que se cree y a la que uno debe obediencia”[33].

            Nuestro autor parece imaginar una sorda puja de poderes en los integrantes de la curia romana, elegidos para ayudar el ministerio petrino. A nadie le extrañará que en un cuerpo tan complejo se den diferentes tendencias “in dubiis”, en usanzas prácticas, modos de proceder y hasta en matices doctrinales. Pero en asuntos tan importantes, atinentes al mismo magisterio universal, es muy inverosímil que haya intrigas, o despistes tales que se haga pasar algo no controlado a fondo por el supremo pastor[34].

            Así Blázquez pinta la situación:

            “(La Dominus Jesus fue tal jarro de agua fría sobre el diálogo ecuménico), hasta el punto de que el propio Juan Pablo II tuvo que echarle un capote en el rezo del «ángelus» dominical recordando que la fe no se puede imponer a nadie, haciéndose eco de las duras críticas recibidas por el documento en cuestión”[35].

            Con igual sentimiento de lealtad, sentimos la imperiosa necesidad de contraponer “unas sinceras observaciones críticas” a este comentario de Blázquez, por demás apresurado, incompleto e inducente a torcidas interpretaciones.   

Ante todo, se ha de aclarar que en ningún sitio la Dominus Jesus admite o sugiere que la “fe pueda ser impuesta a nadie”. En tal caso, mal pudo el Papa “recordar” semejante obviedad. Aquí, Blázquez está, pues,  induciendo a engaño.

Además, quien lea el texto del «Ángelus» nada sentirá de una mitigación de los contenidos del documento en cuestión ni algo que se parezca a sacar las castañas del fuego con mano ajena.

Leamos:

“En el vértice del Año Jubilar, con la Declaración Dominus Jesus...aprobada por mí en forma especial, he querido invitar a todos los cristianos a renovar su adhesión a EL en la alegría de la fe, testimoniando unánimemente que EL  es, y también hoy y mañana, «el camino, la verdad y la vida»( Jn 14, 6)...

La Declaración Dominus Jesus, siguiendo las huellas del Vaticano II, muestra que con esto no es negada la salvación a los no cristianos, pero se señala su última fuente en Cristo...El Documento clarifica los elementos cristianos esenciales, que no obstaculizan el diálogo, pero muestran sus bases, porque un diálogo sin fundamentos estaría destinado a degenerar en vacía verbosidad...”

El Documento expresa así una vez más la misma pasión ecuménica que está a la base de mi Encíclica Ut unum sint. Es mi esperanza que esta Declaración, muy importante para mí (“che mi sta a cuore), después de tantas interpretaciones equivocadas, pueda desempeñar finalmente su función clarificadora y al mismo tiempo de apertura”[36].

Quien encuentre en tales líneas una especie de “cataplasma” o velada desautorización del documento ha de ser medio brujo[37].

Si hasta ahora, se figuraba el autor descubrir una sorda conspiración de personajes, en busca cada uno de su territorio de influencia, frente a otro (el mismo Papa), que aplicaría paños tibios a posteriori a las declaraciones de sus más cercanos colaboradores, avanza ahora Blázquez hasta detectar tironeos dialécticos en una misma persona, el ya mentado Card. Ratzinger.

“Confieso que al leerlo (el documento Dominus Jesus) me vino espontáneamente a la memoria el dicho castellano: «Siempre tiene que haber alguna rana que ensucie el agua». ¿Cómo es posible que el cardenal Ratzinger, que tuvo la valentía y el coraje de publicar el documento Memoria y Reconciliación denunciando los pecados históricos de la Iglesia y justificando la confesión pública de los mismos por parte de sus máximas autoridades, nos salga ahora con esta requisitoria doctrinal reincidiendo en uno de los pecados eclesiásticos públicamente confesados?”[38].

Nos preguntamos perplejos si, en el ámbito del diálogo interreligioso, es pecado volver a la doctrina más pura y clara del Vaticano II, respecto al único nombre en que podemos salvarnos (ver: Hech 4, 12) y si, en los intercambios ecuménicos será ilícito recordar que la única Iglesia de Cristo subsiste en su plenitud sólo en la Iglesia católica.

¿Es tan incompatible el reconocimiento de los propios pecados, junto con la defensa de los valores que le han sido encomendados al pecador, persona o institución?

¿No elogió Cristo a Pedro, roca de  su Iglesia, y acto seguido lo trató de “Satanás” (Mt 16, 17 y 23)? Es que, “hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa...nacer, morir...plantar y arrancar” (Ecl 3, 1 – 2) y no es posible uniformizar las directivas del pastor, que si conduce a pastos abundantes, también ha de enfrentar a las fieras.  

¿Se puede clasificar tan vulgarmente de “rana que ensucia el agua”, a una declaración defendida por el mismo Papa, que, aún buscando un nuevo estilo para el desempeño de su tarea, siente, pese a todo, que es su deber no callar, cuando se anda confundiendo en demasía la doctrina de la Iglesia y esto por medio de prestigiosos teólogos, algunos de los cuales desempeñan su docencia en Pontificias Universidades romanas?

Pero...en párrafos posteriores parece que tan airada reacción se desinflara, ya que Blázquez admite:

“Para empezar, he de confesar que no tengo la menor dificultad en hacer mío el contenido sustancial del mensaje doctrinal de la Declaración”[39].

En consecuencia, ¿no es desproporcionado el nivel de su protesta, si se refiere sólo a modos o coyunturas epocales? Estimamos que, habiendo tal acuerdo de fondo y reduciéndose la falta de sintonía al tono del documento y su mayor o menor oportunidad con el ambiente ecuménico que se vive, habría sido más acertado no comenzar, rasgándose las vestiduras en la forma casi dramática en que lo hace Blázquez, sino destacando los aportes válidos reconocidos en la orientación romana.

            ¿No se pide en los diálogos ecuménicos poner de relieve primeramente las abundantes armonías, existentes entre cristianos separados, ya que en el pasado se subrayó en demasía las discordancias? ¿Y, ahora, entre católicos, volveremos a agigantar las diferencias, en vez de aplaudir las convergencias?

            “Por una parte – juzga Blázquez – se asienta el principio de libre adhesión de la inteligencia y de la voluntad a la revelación cristiana con la ayuda indispensable de la gracia. La fe, en efecto, es un don de Dios y no fruto específico del esfuerzo humano. Pero luego se utilizan unas fórmulas moralmente coactivas de adhesión que deja poco o ningún margen a la opción libre, responsable y amorosa para asumir las verdades propugnadas por el texto en cuestión”[40].

            A quien así acusa le toca el peso de la prueba. Sólo que Blázquez no aduce un solo texto para comprobar su impresión sobre “fórmulas moralmente coactivas”.

            Por otro lado, el respeto de la libre respuesta no está reñido con la exposición apologética, que rebate argumentos contrarios o presenta motivaciones a favor del Evangelio. Pablo, dando cuenta de sus métodos, no piensa pisotear la libertad de nadie, cuando escribe: “No, las armas de nuestro combate no son carnales, pero, por la fuerza de Dios, son suficientemente poderosas para derribar fortalezas. Por eso destruimos los sofismas y toda clase de altanería que se levanta contra el conocimiento de Dios, y sometemos toda inteligencia humana para que obedezca a Cristo. Y estamos dispuestos a castigar cualquier desobediencia, una vez que ustedes lleguen a obedecer perfectamente” (II Cor 10,4 – 6). En consecuencia, tanto el debate con los que no creen (o atacan a la fe), como la corrección de desviaciones en quienes ya han admitido a Cristo, en nada colisiona con el mayor respeto a la responsabilidad de cada uno.

            Lo contrario sería dar una ilusión de libertad, cuando, de hecho, no se confronta a unos y otros con la verdad, sino con sucedáneos, cuyo único objetivo sería no alterar una simpatía interreligiosa o entre confesiones poco asentada sobre sólidos fundamentos.

            “Para los que no tienen fe cristiana – cavila Blázquez -, esa exigitividad resulta totalmente inútil. Para los grupos religiosos extremistas de otras confesiones  religiosas provocativa. Y para los que tenemos fe, innecesaria, porque cada cual creemos sin mayores problemas «como Dios nos da a entender», o sea, de forma, libre y amable y no movidos por coacciones morales o amenazas canónicas”[41].

            Suenan demasiado rígidas y fatalistas las catalogaciones anteriores.

            Si esto fuera así, a nadie podríamos predicar el Evangelio. ¿Cómo sabemos que entre los no creyentes pueda haber corazones dispuestos a abrirse a la gracia y la predicación, como Lidia en Filipos (Hech 16, 14)?

            Los “religiosos extremistas”, siempre encontrarán “provocativa” toda propuesta que no vaya en línea con sus exageraciones. Pero no se puede desahuciar a nadie, e, igualmente, si son honestos, no deberían contentarse con airadas respuestas, sino examinar la propuesta católica y exponer sus reparos. 

            En cuanto a los que ya creen, nunca deberían olvidar que entre los artículos de su fe, figura el del magisterio auténtico, detentado por los pastores de la Iglesia a la que pertenecen. Como ya se ha visto, ellos tendrán muchas veces que defender a su grey de “lobos rapaces”, que surgirán en medio del mismo redil (Hech 20, 28 – 31).

             Bendita sea la “forma razonable, libre y amable, no movida por coacciones morales o amenazas canónicas”. Sólo hay que preguntar, ¿colocaremos junto con tales “coacciones” a la “amenaza” de Pablo, de que podría presentarse (sin injuria para nadie) con “la vara” (I Cor, 4, 21) o las no menos severas advertencias de Cristo para con algunas de las siete Iglesias de Asia (Apoc 2 – 3)?

            “Pero veamos – arguye Blázquez – cómo se refleja en el documento esa coacción moral en el lenguaje y las fórmulas que sistemática y repetitivamente utiliza hasta el aburrimiento”[42].

            Nos permitimos acotar que, cuando los errores son numerosos y graves, no queda otro recurso que reiterar el juicio que se merecen tales desvíos. Así es como enhebra Blázquez casi veinte líneas de citas tomadas de Dominus Jesus en las que se emplea la fórmula: “Debe ser firmemente creída...” Pero, si se examinan los objetos sobre los que recae el recuerdo de estas obligaciones, no puede uno menos que agradecer la valentía de la Congregación para la Doctrina de la Fe, calibrando lo grave de las negaciones o confusiones que se venían enseñando al respecto, desde prestigiosas cátedras.

            En cuanto al “aburrimiento”, preguntamos si le hastiará a Blázquez, el invariable estribillo del Sal 136 : “Porque es eterno su amor”, repetido a lo largo de 26 versículos.

            Sería útil escuchar otras campanas, respecto al “tono” de Dominus Jesus, que tanto irrita al Blázquez.

            “Ingolf U. Dalferth habla de lenguaje realista, que no esconde la verdad y que invita a mirar con objetividad a las otras religiones y las otras comunidades eclesiales. El respeto no debe ser inferior al honor de la verdad. Y esta claridad, frente al río de palabras ecuménicas, frecuentemente confundido con progreso es ...verdaderamente un paso adelante. Los diálogos ecuménicos se vuelven inútiles, si no se dice aquello que verdaderamente se es.

            Ahora bien , la Congregación...en la DI ha reafirmado algunas verdades que pertenecen a la fe de la Iglesia. No ha expresado innovaciones, porque no es su cometido, y todo lo que ha dicho lo ha hecho en referencia al concilio y el magisterio papal. ¿Por qué, pues, - se pregunta Dalferth – tanto ruido entre los ecumenistas? ¿No habían leído las encíclicas Redemptoris Missio, Ut unum sint, Fides et Ratio? ¿O se piensa que todo lo que es dicho hacia dentro entre católicos no ha de ser tomado en serio?

            La DI – continúa – está dirigida a los católicos, amonestándoles a que contrasten las tentaciones relativistas y a tener un claro perfil católico en el diálogo interreligioso y en las relaciones ecuménicas: o sea, a creer en una revelación, en una  fe, en un Redentor, en una  salvación, en una Iglesia. 

            Expone todo esto con claridad sintética: «La revelación es revelación y no una manifestación histórica parcial de la verdad junto a otras. La verdad es verdad y no una opinión en el mar de las opiniones. La fe es fe y no una convicción religiosa entre las otras. Jesucristo es el misterio de la salvación y no sólo un camino salvífico entre otros. Y la Iglesia es Iglesia y no una comunidad religiosa entre otras”[43].

            “A nadie – insiste Blázquez - se le puede exigir por decreto – ley que crea firmemente en nada. Cada cual estamos condicionados por múltiples factores internos y externos ajenos a nuestra voluntad, de suerte que la firmeza de nuestra fe no siempre está al alcance de nuestra voluntad”[44].

            El asunto es, si la Dominus Iesus se expide con tales “decretos – leyes” a troche y moche. La Declaración no hace más que recordar puntos básicos de la fe, que corren peligro de verse diluidos o mal interpretados.

            Por fin, como ya hemos adelantado, por condicionados que nos encontremos los creyentes, interna o externamente, nuestra disposición básica ha de consistir en admitir todo lo que ha sido revelado por Dios y propuesto por el auténtico magisterio. No siempre estoy pensando en la “perijóresis”, el “Filioque” o el “pecado original”, pero, como creyente cabal, he de cultivar el hábito de la obediencia a la enseñanza oficial de la Iglesia. Si la fe es :”assensus super omnia firmus” (= asentimiento firme por encima de todo), también ha de poder superar estados intelectuales o de voluntad naturales que no se encuentran a la altura de los objetos creídos objetivamente. “Creo, Señor, ayuda a mi poca fe” (Mc 9, 24).

            Nuestro autor abunda en la enumeración de diferentes situaciones anímicas, que no permiten a todos el mismo grado de fe, apoyando su postura en esta perspectiva:

            “Ni siquiera (el grado y calidad de la fe fue igual) entre los Apóstoles, cuya formación teológica recibieron directamente del propio Jesucristo en persona”[45].

            Son innegables tales divergencias, pero no lo es menos el proyecto de Jesús de amalgamarlos en torno a EL y su Buena Noticia. Todos dijeron por voz de Pedro: “Señor ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna” (Jn 6, 69). Fue evidente la diferencia en el “grado y calidad” de fe en Tomás, respecto a los otros 10. Pero Jesús le exigió superar sus dudas para adecuarse a la fe común (Jn 20, 27 – 29).

            “Las verdades de la revelación cristiana – piensa Blázquez - son comparables a los alimentos. Lo más que podemos hacer es recordar la conveniencia de tomarlos usando argumentos convincentes, pero sería de todo punto inadmisible que las autoridades sanitarias o responsables de la nutrición nos obligaran a comer todo lo que hay en el mercado porque es bueno y además, con la obligación de digerirlo convenientemente. No... no todos podemos comer de todo lo que es comestible ni todos los estómagos tienen la misma capacidad de asimilación”[46].

            Es verdad, pero, tanto en el orden nutritivo como en el de la fe, los “estómagos” limitados no están autorizados a descalificar los alimentos que dejan de lado, catalogándolos de nocivos o de segunda calidad.

            Se da un riqueza objetiva, que no me es lícito rebanar so pretexto de mis cortos alcances o posibilidades. Así como no puedo prescindir del ilimitado “opus operatum” de Cristo en los sacramentos, por más que el “opus operantis” sea diferenciado en cada uno.

            Recordemos que hemos de “comprender con todos los santos – no sólo desde mi reducido observatorio - lo que supera todo conocimiento” (Ef 3, 18 – 19).

            Por lo demás, se dan verdades “stantis aut cadentis Ecclesiae” (por las cuales se mantiene o cae la Iglesia). Ahora bien, las exigidas por Dominus Iesus pertenecen a este orden y todo cristiano cabal las ha de admitir.

            Está bien la consideración de las diversas capacidades de los creyentes, con tal que no se caiga en tal irenismo, que cada uno crea “como le parece” y así lo presente públicamente. Si  es “fiel”, lo ha de ser también a los maestros genuinos puestos por Cristo en medio de su pueblo.

            “ Las decisiones de autoridad en la Iglesia – propone Blázquez – deben ser tomadas lo menos posible y con mucho tacto. Lo contrario es fuente de ansiedad y tensión, que en casos extremos puede degeneraren desacato formal sino en rebeldía moral”[47].

            También se ha de cuidar que los maestros no se vuelvan “canes muti” (Is 58, 10), incapaces de ladrar, de advertir, aconsejar, sin buscar aplausos y connivencias. Es triste comprobar que más de un obispo (o episcopados) relegan las intervenciones “odiosas” a los supremos tribunales romanos. Se olvida tantas veces que el “enseñar” correctamente la fe es un “munus” del obispo, de sus colaboradores y de los teólogos, que no sólo han de ir en pos de sus famas académicas, sino trabajar, teniendo en cuenta al pueblo de Dios.

            ¿Se podrá ignorar el apriorismo de ciertos pensadores, que siguen llamándose católicos, quienes, no bien emana la Sta. Sede un documento, por sistema lo someten a corrosiva y despiadada crítica? El propio Blázquez plantea más que justas reservas frente a semejante talante, frecuente cada vez más hoy en día.

                  “La Iglesia – enseña Blázquez – debe controlar la calidad de las publicaciones relacionadas con la Sagrada Escritura, los libros litúrgicos, textos de teología y todo el material relacionado con la catequesis y pastoral en su sentido más amplio. De esto no caben dudas  razonables. Es más. El pueblo cristiano tiene derecho a exigir a las autoridades de la Iglesia que controlen la calidad del pensamiento cristiano”[48].

              Se trata, pues, de un caso de discernimiento. Blázquez comprende la función del magisterio, que no puede bendecir cualquier postura, pero en el caso de la Dominus Jesus, juzga nuestro autor que la Congregación se ha excedido.

            Nos da la impresión de poca imparcialidad en él, porque (como se ha adelantado) no ha sopesado todas las voces que intervinieron en el diálogo en torno a la declaración en cuestión. Nada en contrario a que mantenga sus puntos de vista, pero sin caer en el mismo autoritarismo achacado al dicasterio romano. ¿Hubo sólo improperios contra el documento? ¿No son dignos de discusión los argumentos de quienes vieron como bienvenida y esclarecedora a la Dominus Jesus?

Contrapone después Blázquez el recurso excesivo a la autoridad con la caridad, olvidando que es gran caridad corregir a los que yerran. “Yo corrijo y reprendo a los que amo”, dice el Señor (Apoc  3, 19).

            “Se trata – según ve Blázquez su intervención – de una crítica amorosa, inspirada en la fidelidad como quien reprocha a su madre defectos obvios en el gobierno familiar sin que ello suponga renegar de ella como hijo malcriado”[49].

            Hubo santos que llamaron al orden a papas y obispos: Bernardo, Catalina de Siena, etc. Pero, nunca pusieron en tela de juicio sus decisiones, que eran de vida o muerte para la Iglesia.

            Ahora bien, Dominus Jesus tuvo que encarar temas de extrema urgencia, que no pueden ser sometidos a sarcasmo (“torpedos a traición” – p. 10 - , “rana que ensucia el agua” – 317 -). Tal estilo no es muy “filial” que digamos.

            Sintetizando, tanto sus desacuerdos como su adhesión básica, Blázquez abre una vez más y cautelosamente el paraguas, declarando:

            ¡Líbreme Dios de poner en tela de juicio la autoridad eclesial o la buena fe de los redactores de este documento!! Simplemente he querido decir que el modus agendi o forma de gestionar pastoralmente los asuntos doctrinales de la Iglesia requieren actualmente otro estilo y otras formas más pastoralmente pedagógicas evitando seguir tropezando en la misma piedra autoritaria del pasado que tanto molesta a la sensibilidad actual”[50].

            Bajo tales perspectivas se debería concluir que Pablo fue poco “pastor”, cayendo al tacho sus consejos de gobierno eclesial a Timoteo y Tito, como figuran en sus cartas ...”pastorales”: “Proclama la Palabra de Dios, insiste con ocasión o sin ella, arguye, reprende, exhorta, con paciencia incansable y afán de enseñar. Porque llegará el tiempo en que los hombres no soportarán más la sana doctrina...Tú, en cambio, vigila atentamente, soporta todas las pruebas, realiza tu tarea como predicador del Evangelio, cumple a la perfección tu ministerio” (II Tim 4, 2 – 5). “Son muchos, en efecto, los espíritus rebeldes, los charlatanes y seductores...A esos es necesario taparles la boca, porque trastornan a familias enteras, enseñando lo que no se debe por una vil ganancia” (Tit 1, 10 – 11).

            Siendo Blázquez tan reiterativo, no se tomará a mal que lo seamos también nosotros, al recordar que las correcciones pertenecen al amor de Cristo el buen pastor.

                Por lo mismo, no se debería abandonar la tarea de incentivar el espíritu de obediencia fructífera, tanto en fieles como en teólogos, recordando las sensatas advertencias del autor de Hebr 12, 11 : “Es verdad que toda corrección, en el momento de recibirla, es motivo de tristeza y no de alegría; pero más tarde, produce frutos de paz y justicia en los que han sido adiestrados por ella”.

            En cambio, si apenas se da a conocer una resolución del magisterio, se la combate automáticamente, sólo se ve en ella autoritarismo y represión de libertades, quienes así reaccionan se están privando de “los frutos de paz y justicia”, porque no se dejan ejercitar por las correcciones, necesarias para volvernos humildes y alejarnos de las falsas luces de flashes y reflectores.

               5 – Propuesta de Blázquez sobre la infalibilidad del Papa.

            El aspecto más vidrioso y grávido de consecuencias, en el libro de Blázquez, surge de su proyecto, en pro del ecumenismo, de hacer a un lado el dogma de la infalibilidad pontificia.

            Ya desde el comienzo de estas notas nos hemos referido a las sensatas acotaciones de N. Martínez[51] a un escrito anterior de Blázquez sobre el mismo asunto.

            Remitimos al lector interesado a esas muy pertinentes observaciones, ocupándonos aquí de consideraciones más amplias, que aporta ahora nuestro autor. Echaremos mano de algunas de las consideraciones de Martínez, para no cortar el hilo de la exposición.

            Ante todo, deja en claro el autor que no se trata del problema de la infalibilidad de la Iglesia[52]. Sólo se preguntará si no será posible “alcanzar la unidad quitando hierro al dogma de la infalibilidad papal por parte de la Iglesia católica”[53].

            Blázquez está convencido de la validez de su sugerencia, aventurando que ”posiblemente Juan Pablo II también. De lo contrario no tendría sentido que pidiera sugerencias a los hermanos separados para resolver el problema”[54].

            Se olvida Blázquez de muchas coyunturas históricas, ya que no hay contradicción alguna en que alguien, que se sabe infalible, consulte no obstante a otros miembros de la Iglesia. El mismo dogma de la infalibilidad pontificia, jamás lo separa de la infalibilidad de la misma Iglesia. El Papa no produce por su cuenta o inventa el dogma que propone infaliblemente (Inmaculada Concepción o Asunción de María), sino que escruta en la fe secular y mundial del pueblo de Dios, antes de proclamarlo.    

Curiosamente reproduce Blázquez una objeción análoga, surgida cuatro décadas atrás, en tiempos del anuncio del Concilio Vaticano II, por parte de Juan XXIII. Muchos se preguntaban: ¿para qué un concilio, si el Papa por sí solo goza de la infalibilidad para enseñar a toda la Iglesia?

            A esto respondía lúcidamente, en conferencia de prensa, el Card. D. Tardini, secretario de estado por aquel entonces: “La verdadera y sola causa de la infalibilidad pontificia es la asistencia divina. Esta, sin embargo, no confiere al papa la omnisciencia; el papa, consiguientemente, para dar su juicio último y definitivo, no puede ni debe descuidar los medios de una seria y prudente investigación científica. De ahí que a toda definición papal precede un gran trabajo de profundo estudio sobre la verdad divina, tal como ésta está contenida en la sagrada Escritura, en la tradición santa, en el magisterio de la Iglesia y en la fe del pueblo cristiano. Y aquí es naturalmente oportuno consultar a los obispos de la Iglesia católica”[55].

            Por consiguiente, que el Papa pida la ayuda de sus hermanos obispos y la de los teólogos no permite deducir para nada que él mismo esté poniendo entre paréntesis su carisma de doctor infalible.

            Una de las plataformas de lanzamiento para esta toma de posición, aconsejada por Blázquez, reside en un indicio que cree él percibir, reiterándolo varias veces:

            “Igualmente hay que destacar el hecho de que, aunque el texto conciliar da por supuesta la infalibilidad papal cuando habla «ex cátedra», jamás utiliza el término infalibilidad. ¿Y por qué será? Este dato es muy importante para medir la importancia que se hade dispensar por parte católica a la infalibilidad papal en el diálogo ecuménico con las Iglesias”[56].

            ¿Cómo están las cosas en realidad?

            La Lumen Gentium, 25, después de afirmar la infalibilidad de la Iglesia toda en lo que toca al depósito de la fe, sigue enseñando: “Esta infalibilidad compete al Romano Pontífice, Cabeza del colegio episcopal, en razón de su oficio cuando proclama como definitiva la doctrina de la fe y de conducta en su calidad de supremo pastor y maestro de todos los fieles, a quienes ha de confirmarlos en la fe (cf. Lc 22, 32). Por lo cual con razón se dice que sus definiciones por sí y no por el consentimiento de la Iglesia son irreformables, puesto que han sido proclamadas bajo la asistencia del Espíritu Santo prometida a él en San Pedro y así no necesita de ninguna aprobación de otros ni admiten tampoco apelación a ningún otro tribunal. Porque en esos casos el romano Pontífice no da una sentencia como persona privada, sino que, en calidad de maestro supremo de la iglesia universal, en quien singularmente reside el carisma de la infalibilidad de la Iglesia misma, expone o defiende la doctrina de la fe católica”[57].

            Es de palmaria evidencia que LG 25 emplea la palabra “infalibilidad” referido a la actuación magisterial del Papa, en casos que se denomina “ex cátedra”. Es falaz, entonces y poco seria la frase contraria de Blázquez : “el texto conciliar...jamás utiliza el término infalibilidad”.

            Es verdad que el Papa no lo usa en Ut unum sint, pero se lo puede ver implícito, cuando se propone “escuchar la petición que se me dirige de encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva”[58].

            En efecto, si la misión de Pedro y sus sucesores consiste en “confirmar a sus hermanos” (Lc 22, 32), dado que esos hermanos constituyen el resto de la Iglesia y puesto que la iglesia es infalible, según lo admite el mismo Blázquez, ¿cómo confirmar una infalibilidad, sin ser a su vez infalible quien asegura y da solidez? Con acierto y gracejo lo expresaba N. Martínez: “Una infalibilidad de la iglesia mediada por un Primado no infalible sería como una bebida desinfectada servida en un vaso con ántrax”[59]. Por ende, este carisma de la infalibilidad pertenece sin duda a lo “esencial” del primado pontificio, que sin esa prerrogativa, se vería reducido a un mero altoparlante de una iglesia infalible, la cual podría siempre temer no haber sido correctamente interpretada por quien la ha guiar y ser su jefe.  

            Blázquez no niega el dogma definido ni postula que los católicos lo hagan. Se trataría sólo de olvidar la cuestión, archivarla y nunca más sacarla a relucir. Para ello esgrime sus “razones”.

            En primer lugar, la del testimonio – según nuestro autor “inconcuso” - de la historia, ya que es un hecho consumado - siempre en su apreciación – que durante diecinueve siglos la Iglesia , mejor o peor, ha cumplido con su misión salvadora sin necesidad de que los cristianos tuvieran que asumir como verdad de fe la infalibilidad pontificia. La iglesia como tal dispone de tal seguridad que no necesita poner “más aparejos al burro” para continuar su camino[60].

            Si valiera este argumento, bien podríamos prescindir de las definiciones cristológico – trinitarias de Nicea, ya que la iglesia vivió durante tres siglos sin necesidad de enunciarlas expresamente.

            Pero, además, echa Blázquez al canasto toda una movimentada historia que desembocó naturalmente en la declaración solemne de la infalibilidad pontificia.

            ¿No hubo tremendos tires y aflojes conciliaristas, el nacionalismo galicano defendido por hombres de tanto prestigio como Bossuet, el “josefinismo” o “febronianismo”, que también criticaban el fundamento del magisterio infalible del Papa?[61]

            Además, según observa el ya citado E. Bueno de la Fuente, “precisamente por  razones históricas, se debe observar que tales doctrinas no pueden ser explicitadas hasta que los concilios ecuménicos y el papado han sido experimentados y desplegados en la vida de la Iglesia. Este desarrollo se ha mostrado saludable al ir resolviendo disputas doctrinales y salvaguardado la tradición apostólica. La Iglesia es por ello consciente de que tal proceso no puede haberse producido sin una asistencia especial del Espíritu Santo”[62].

            Sobre todo, no tiene en cuenta Blázquez que “en este proceso (hacia la definición del primado papal con sus prerrogativas) no fueron determinantes tan sólo los deseos centralizadores de Roma. La referencia al Papa era vista como una garantía de libertad en la Iglesia y de la Iglesia. Ya desde la lucha contra las investiduras la apelación a Roma había actuado como defensa de la propia independencia de las iglesias concretas. La comunión con Roma había evitado la regionalización de la Iglesia o su dependencia de nacionalismos políticos. La conciencia creyente se había identificado constantemente con el ministerio universal de la unidad, como lo prueba una constante histórica: cuando el papado se había visto más amenazado, sea por la desnaturalización propuesta por el conciliarismo (como se expresó de modo patente en Basilea), sea por la humillación que provocaron en ocasiones los señores temporales, es precisamente cuando había resurgido con mayor fuerza en base precisamente a la devoción del pueblo cristiano”[63].

            Llama la atención que Blázquez, quien con sobrada razón fustigará los ”nacionalismos” de nuestro tiempo[64], no haya prestado atención a estos nacionalismos históricos, cuyo enfrentamiento ha provocado, casi, la seria reacción del cuerpo eclesial entero, para lograr que la “católica” no se atomizara en iglesias regionales, vendidas a manos de los ”electores alemanes”, del “rey sol” , del emperador de Austria o Napoleón.

            Acude Blázquez para apuntalar su proyecto a una analogía, que no se sostiene para nada. Los generales de las órdenes religiosas – dice - no necesitan de infalibilidad personal, para gobernar.

            Es que, simplemente, no es su cometido legislar o enseñar en el orden universal, sino en el restringido de las costumbres y espiritualidad de sus comunidades, previamente aprobadas por el Papa.

            Repásese, si no, la azarosa historia de los franciscanos, no bien fallecido el santo fundador y ya en sus últimos años. Sin las intervenciones del Card. Hugolino (posteriormente Gregorio IX) se hubiera despedazado la orden.  Los Papas tuvieron que intervenir con su carisma superior en la gran querella de los “espirituales”[65].

            Aplicando su analogía, opina Blázquez:

            “Cabe pensar que en la Iglesia, gobernada por sus legítimos Pastores, que son los Obispos en comunión con el Sucesor de Pedro, a pesar de los errores y equivocaciones que puedan tener lugar en su gestión de gobierno, hay una seguridad moral o infalibilidad eclesial a efectos de salvación humana, que hace totalmente innecesario el recurso a otro registro de autoridad personificada exclusivamente en el Papa”[66].

            Se puede apreciar hasta qué punto la sugerencia de Blázquez nada tiene de novedoso y original. No es diferente a la ya propuesta por H. Küng en 1970[67].

            ¿Por qué artificio de la ciencia podrá resultar una indefectibilidad o imposibilidad de caída de la Iglesia de la suma de deficiencias?

            Por lo demás consta que los antiinfalibilistas atacaron con un nutrido arsenal de ”errores” históricos de los papas, como es posible observar en las actas del Vaticano I°. ¿No fue más que suficiente aquel metralleo cerrado de un Döllinger (desde extramuros del concilio), de un Dupanloup o de un Strossmayer, para plantear con toda la claridad deseable el problema del “error” de las proposiciones y definiciones papales? Y bien, a pesar de ello se procedió a la declaración dogmática, y no a golpes de diplomacia o presiones de Pío IX (que no faltaron, de acuerdo), sino por la asistencia del Espíritu Santo y por las razones exegéticas, históricas y dogmáticas de los exponentes de la mayoría (y no podemos tener por mentecatos y ciegos  a un Gasser, Zinelli, D’Avanzo y otros, como podrá constatar cualquiera que lea sus discursos en Mansi)[68].

            Igualmente, las limitaciones (objeto, modo de indicar los “errores” cometidos desgraciadamente en el ejercicio del magisterio  papal) ¿no estribaban, entre otras razones, en la intención de indicar que esos yerros, cometidos desgraciadamente a lo largo de la historia, no cumplían esas condiciones y por lo mismo no eran capaces de invalidar la infalibilidad de otros grandes momentos cumbre, bien cualificados, que en el peregrinar humano -  divino de la Iglesia y por pura y graciosa asistencia del Espíritu prometido por Cristo, emergen a pesar de todo inconmovibles?  

              Incurriendo nuevamente en sus compartimentos, a mi ver demasiado rígidos, así se expide Blázquez:

            Para los que tienen el don de la fe, las declaraciones «ex cátedra» llueven sobre mojado. Y para los que no la tienen, no sirve para nada. Si yo tengo fe en la divinidad de Cristo, por ejemplo, el que el Papa diga « ex cátedra» que Cristo es el Hijo de Dios, poniendo a tope su autoridad, no me aporta nada sustancial. Y si no tengo el don de la fe, por más declaraciones « ex cátedra» que haga el Papa instándome a creer, me dejarán como estaba”[69].

            Asombra, en verdad el simplismo de semejantes perspectivas. Pues consta por la historia que tales definiciones ayudan a esclarecer a los fieles ante dudas esparcidas por personas encumbradas y hábiles sofistas. Así sucedió en la reunión apostólica de Jerusalén, donde grandes sectores de la Iglesia, amparados por la misma revelación del Antiguo Testamento, sostenían la necesidad de la circuncisión para que se salven los cristianos de origen pagano (Hech 15). Contra lo que supone Blázquez, igual efecto benéfico aportó a los creyentes la decisión doctrinal, no ya de un papa, sino del Concilio de Nicea, sobre la divinidad de Jesucristo. Grandes dialécticos, como Arrio y sus secuaces, esgrimían argumentos bíblicos y de todo tipo contra la divinidad del Verbo encarnado, que confundían a la fe ortodoxa.

            Y, respecto a los no creyentes, el Papa, cuando define, no lo hace con vistas a los no – cristianos, sino para los propios fieles católicos, hacia adentro de la misma Iglesia.

            Para los que no pertenecen a la Iglesia se acude a los diálogos preparatorios a la fe, a la teología fundamental, la apologética[70].

            Para corroborar su impresión de la inutilidad de las intervenciones magisteriales, ilustra Blázquez con los mensajes papales sobre el aborto y la eutanasia:

            “Los que se han acostumbrado ya a practicar abortos lo seguirán haciendo como el carnicero degüella pavos para un banquete, importándoles un comino lo que diga o deje de decir el Papa « ex cátedra» o descatedrado”[71].

            Si esa es la razón de la inoperancia de los mensajes papales, adelante con los asaltos, la droga y tantos desmanes. Isaías es enviado a un pueblo que no le prestará oídos, tanto que, encomienda su mensaje al futuro: “Voy a guardar el testimonio, a sellar la instrucción entre mis discípulos. Esperaré en el Señor, que oculta su rostro a la casa de Jacob: sí, lo aguardaré”(Is 8, 16 – 17). Un mensaje que es descalificado hoy en día por clamoreos de prensa, siempre será una voz, que podrán escuchar las personas sensatas y que saben ir contra corriente.

            Además, ¿no podrá esperar un creyente la conversión de abortistas y toda clase de delincuentes. ¿No tenemos el ejemplo de B. Nathanson, llamado el “rey del aborto”?[72].

            “Seamos realistas – aconseja Blázquez -. Cualquier autoridad prudente evita comprometerse en sus decisiones toda la autoridad de que dispone y la Iglesia no debe ser menos. En este mundo «cochino» en que vivimos, la Iglesia católica debe ser más prudente que nadie evitando arrojar la margarita de la infalibilidad a los chanchos”.

Así de claro[73].

            En realidad “la claridad “ es lo que aquí brilla por su ausencia, como se verá dentro de algunos párrafos-

Y, en cuanto a actitudes prudenciales, dependen de las apreciaciones de cada uno. Para otros, como para quien aquí escribe, la prudencia pide asimismo que la genuina autoridad no se deje amedrentar, llegando a ser un “perro mudo incapaz de ladrar” (Is 56, 10). Hoy en día, cuando pululan las voces contestatarias, aún desde filas que se llaman católicas y sobre todo, partiendo de comunidades otrora muy fieles al magisterio (especialmente en Europa), sería abandonar a los fieles al más total y babélico desconcierto, si la voz valiente del Papa y sus más estrechos colaboradores no se hiciera oír, para orientar y servir de norte a tanta gente desconcertada.

            Por fin, si para Blázquez la infalibilidad es una “margarita” (= una perla), quiere decir que la aprecia como algo valioso. En tal caso, más incomprensible se vuelve su ocurrencia de dejar de mentarla.

            Cabe, aquí, acudir una vez más a los precisos “jaque – mates” de N. Martínez: “Ante todo, la postura del P. Blázquez no es clara. ¿Se mantiene o no se mantiene la infalibilidad papal? Al parecer, no se la niega, porque todas sus funciones las realiza el Primado. Pero entonces, dice que no hay necesidad de utilizarla. Luego, el Primado no la incluye, pues si así fuera, se la utilizaría, al utilizar el Primado...En realidad tampoco esto es claro. Si tiene cola de león, cabeza de león, etc. y ruge como un león, entonces, es un león. La infalibilidad entonces no sería ni suprimida, ni sacrificada, ni olvidada, ni nada....

            Por otra parte, no entendemos cómo se puede prescindir de la infalibilidad en el diálogo ecuménico y no negarla en sí misma. ¿Tendremos dos fes católicas, una ecuménica, en la que el Papa no es infalible, y otra de entre casa, en la que sí lo es?

¿Cuando los protestantes catolizados digan que el Papa no es infalible, ¿qué haremos? ¿Hablaremos del clima? ¿Miraremos para otro lado? ¿Entonaremos alguna canción de moda? ¡Y éste pretende ser un planteo «realista»”[74]. 

            “La infalibilidad pontificia – concluye Blázquez -... no es de necesidad absoluta y constituye un estorbo para la buena marcha del diálogo ecuménico”[75].

            No parece conducente desentenderse tan alegremente de un dogma definido, para el cual se escrutó diligente y pacientemente la Escritura y toda la tradición de la Iglesia, cuyo primer milenio de unidad plena, aporta importantes testimonios sobre la Iglesia de Roma.

            Tampoco se silenciará que “la perspectiva histórica hace ver que determinadas convicciones se van desarrollando y desplegando al ritmo de las circunstancias históricas, pero en armonía y coherencia con lo que venía siendo la praxis de la iglesia. Pero precisamente por ello, resulta difícil, como en el caso del primado, fijar el autor o el momento exacto de tal eflorescencia. Es la vida de la iglesia, bajo la guía del Espíritu, la que lo va exigiendo de modo paulatino pero gradual”[76].

            No es diferente a la “evolución de los dogmas”, admitidos por todos en otras áreas. Así el “canon bíblico” ha tenido su larga historia hasta que fue definido por el Concilio de Trento.

            Todo dogma ha surgido en medio de grandes torbellinos en la vida eclesial. Que hayan amainado y no se los vea como tan urgentes en determinada época, no quiere decir que pierden su vigencia y valor regulador. Siempre surgen nuevas herejías con máscaras aparentemente nuevas y “quien ignora el pasado está condenado a repetirlo”, como amonestaba Jorge de Santayana.

            Y, por fin, acudiendo una vez más a N. Martínez, “«olvidar» una doctrina  definida solemne e infaliblemente por el máximo Magisterio eclesiástico parece más bien cosa de chiste que propuesta seria. En este caso no está en juego entonces solamente la infalibilidad papal, sino también la de los Concilios Ecuménicos. ¿Deberemos olvidar o sacrificar ésta también? ¿ Será esa la mejor forma de garantizar la infalibilidad de la Iglesia? En fin, propuesta para olvidar”[77].

            III – Epílogo.

            Quedan otros puntos a los que se podría acotar aclaraciones.

            Los principales y más inquietantes, a nuestro parecer, son los que se ha tratado de dilucidar con estos aportes.

            Nuestra impresión es que, aún teólogos, que fundamentalmente confiesan la fe de la Iglesia, sin embargo, pierden en precisión, coherencia y claridad, cuando, por afán dialogal, caen en cierto irenismo.

            Es un gran acto de caridad, la exposición honesta y sin maquillajes de la verdad que creemos, no porque nos figuremos ser más penetrantes y duchos que nuestros hermanos adherentes a otras comunidades cristianas o a diferentes religiones.

            Sólo queremos ser fieles a la gracia y revelación que sin mérito alguno nuestro, hemos recibido de Jesucristo a través de su Iglesia, “casta meretriz”, pero amada intensamente por su esposo, que la purifica amorosamente con su palabra y el bautismo del agua ( Ef 5, 25 – 26).

            El diálogo no ha de cosechar simpatías y aplausos a cualquier costo. Sino verse siempre acompañado de la paciencia, el aprecio mutuo y el de la verdad, que es superior a los mismos dialogantes, tal como lo expresaba elegantemente Antonio Machado:

                        Tu verdad no.

                         La verdad.

                         Y ven conmigo a buscarla.

                         La tuya guárdatela"

 

                                                                              Miguel Antonio Barriola  mabarriola@arconet.com.ar


[1] N. Martínez, “¿Sacrificar la infalibilidad Papal?”, aquí mismo, en: http: //www.feyrazon. org/Nesinfalib.htm

[2] N. Blázquez, Los Pecados de la Iglesia – Sin ajuste de cuentas, Madrid (2002).

[3] N. Blázquez nos informa sobre sus trabajos de contacto, especialmente con la Iglesia rumana, ya dados a conocer en 1971, así como de una posterior participación suya a un simposio cristiano – marxista en Budapest, en calidad de miembro de la delegación vaticana (ibid., 20, n. 3). En la p. 368, n.5 cita artículos en rumano.

[4] Ver: Cap. 6°, “Nacionalismos religiosos y fanatismo científico”, en: ibid, 357 – 399.

[5] Ver: caps. 4° y 5°, respectivamente:”Propósito de enmienda” y “Reforma de la disciplina eclesiástica y de las formas de exponer la doctrina del evangelio” (201 – 355).

[6] Al respecto, así se expresaba un grupo de 170 intelectuales y teólogos judíos estadounidenses: “Nos alegramos en cuanto teólogos judíos, de que por medio del cristianismo, centenas de millones de gentes han entrado en relación con el Dios de Israel” (“Juifs et chrétiens s’engagent sur le chemin d’un vrai dialogue” en: La Documentation Catholique, CVII – 2000 – 1044).

[7] N.Blázquez, ibid. , 72. Reiterará el tópico en la p. 192.

[8] Ver: M. Alonso, Ciencia del lenguaje y arte del estilo , Madrid (1955), 1213.

[9] M. Righetti, Storia liturgica – L’Anno liturgico – Il Breviario , Milano (1955), II, 174, n.182.

[10] Th. Maertens, Guía pastoral para la Semana Santa , Madrid (1963) 113 – 114. En la nota 43, aduce 7 artículos de revistas sobre el asunto.

[11] Pontificia Commissio Biblica, Le peuple juif et ses Saintes Écritures dans la Bible chrétienne , “III. Les juifs dans le Nouveau Testament – B – Les juifs dans les Evangiles et Actes des Apotres,” Cittá del Vaticano, 167.

[12] N. Blázquez, ibid.

[13] “Correcto en el sentido de que, si Cristo es el Hijo de Dios, quien condena a muerte a Cristo comete deicidio” (ibid.).

[14] Otra cosa es, naturalmente, el grado de conciencia que hayan podido tener, quienes juzgaron reo de muerte a Jesús y los que lo ajusticiaron. El mismo Cristo pide perdón para ellos, ”porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34), con lo cual se supone algún pecado, ya que no hay perdón sino por malas acciones, a la vez que la existencia de atenuantes. Considérese igualmente el segundo discurso público de Pedro (Hech 3, 17), sin olvidar que el mismo Apóstol, cuando recuerda a los judíos que ”matastasteis al autor de la vida” (Hech 3, 15), está poniendo las bases de la recta concepción de un deicidio, pues, ¿quién puede ser autor de la vida , sino sólo Dios?

   Blázquez se pregunta: “¿Por qué no se siguió el ejemplo de Pedro en esta ocasión?” (ibid. , 73). Tal vez, se podría responder, por la exasperación causada a la Iglesia por la primitiva inquina de los judíos en su contra. Lo cual, evidentemente, no limpia de culpa a quienes así hicieron, ya que, en el espíritu evangélico, no se ha de devolver con la misma moneda. De todos modos, no me consta de que el magisterio solemne haya calificado así (“deicidas”) alguna vez a los judíos.

    Nuestro autor, en su afán de limpieza total, para la que no alcanza reconocer la falta, sin que se solicite las debidas disculpas, llega hasta a plantear sobre S. Pablo, la siguiente pregunta: “¿Por qué después (Pablo) puso tanto énfasis en el hecho de su conversión sin pedir formalmente perdón a sus hermanos los cristianos por haberlos antes perseguido?” (ibid. , 75). Creo que al definirse  como el último y abortivo, por haber perseguido a la Iglesia (I Cor 15, 8 – 9), está pidiendo indulgencia de modo equivalente. Además, bien sabemos que las cartas del Apóstol son circunstanciales y no alcanzan para suministrarnos detalles completos de su vida.

    Volverá Blázquez a la carga contra el “deicidio” achacado a los judíos, en las pp. 190 – 193, solo que sin los matices de “corrección”, que admite aquí, hablando allí de un “delito imposible de ser perpetrado por nadie, ya que Dios es «inmatable»”. Con las ya propuestas distinciones, es perfectamente admisible, hablar de “deicidio”, así como se afirma, sin la menor sombra de desatino, que ”Dios nació en Belén”.

     Aclara después que “el término «deicidio» como delito de quien ha «matado a Dios» es la traducción de las expresiones «Dei Filium crucifixisse» de san Jerónimo (ML 117, 1015), «Deum crucifixisse» de san Juan Crisóstomo (MG 56, 888) y «Dei crucifixores» de santo Tomás (S. Th, II, q. 47, 5 ad 3m)” (ibid. , 190 – 191). Hay que repetir que los citados padres y Sto. Tomás se expresan en una teología irreprochable.

     Añade Blázquez que Sto. Tomás en los artículos 5° y 6° de la cuestión 47, (Tertia Pars), estaría tratando de “cómo debían ser castigadas las autoridades judías por la muerte de Cristo y aquí es donde santo Tomás se deja llevar de la animosidad de los Padres antes citados y nos mete el gol siguiente ... aunque de hecho la muerte de Cristo no implicaba la muerte de Dios, debían ser castigados como si realmente le hubieran matado. Naturalmente, el Aquinate trata de razonar esta forma de aplicar la justicia de desproporción entre el delito y la pena pidiendo para los judíos castigo por un delito que no pudieron cometer. Algo que sólo es comprensible desde la animosidad y el apasionamiento, pero nunca desde una visión razonable, justa y cristiana de la vida” (ibid.).

     Verdaderamente que asombran tales comentarios, ya que si se leen con detenimiento las cuestiones aludidas, para nada se menciona en ellas “castigo” alguno. Sus interrogantes son como sigue: “¿Conocieron a Cristo sus perseguidores?”(cuestión 5ª.) y: “¿Fue gravísimo el pecado de los que crucificaron a Cristo?” (cuestión 6ª.).               

[15] N. Blázquez, ibid. , 223.

[16] Ibid. , 224.

[17] Ibid.

[18] Ibid. , 225.

[19] Ibid. , 226.

[20] Juan Pablo II°, Ut unum sint , 79.

[21] N. Blázquez, ibid.

[22] S. Ireneo de Lyon, Adversus Haereses I, 10, 2.

[23] N. Blázquez, ibid. , 227.

[24] Juan Pablo II°, Ut unum sint , 62. Más recientemente tenemos la “Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación” obtenida por luteranos y católicos el 31 /X/ 99. ”El resultado esencial consiste en un «consenso sobre verdades fundamentales de esta doctrina de la justificación (n.40). Las dos partes renuncian a presentar sus doctrinas sobre este asunto como contradictorias en relación a la otra interpretación. Aparece así una convergencia sobre la fe común en la justificación del pecador por medio de la gracia de Dios en Cristo. A este respecto, las condenaciones de las Confesiones luteranas no caen sobre la enseñanza de la Iglesia católica tal como es presentada en esta  Declaración y, por otra parte, la enseñanza de las Comunidades luteranas presentada en esta misma Declaración no cae bajo el golpe de las condenaciones del Concilio de Trento (cf. n. 41) ). “Artículo de l’Osservatore Romano – 25 /III/ 2001. Reproducido en: La Documentation Catholique , XCIII 6 mai 2001 – N° 9, 411).

   ¿Se puede calificar de”clonación” a estos acuerdos?

[25] N. Blázquez, ibid. ,228.

[26] Ibid.

[27] Ibid.

[28] Blázquez va así preparando su propuesta “novedosa”, de prescindir en el diálogo ecuménico del carácter “infalible” del magisterio del Papa, en las condiciones acotadas por el Vaticano I°.

[29] Blázquez, ibid. , 229.

[30] Ya desde las primeras páginas, en su “Introducción”, aflora su disgusto al respecto, opinando Blázquez de este modo: “Tampoco creo que los «torpedos» a traición, al estilo de la Dominus Jesus, vayan a ensombrecer el luminoso gesto papal (pidiendo perdón por los pecados de la Iglesia en el Jubileo del 2000)” (ibid. , 10). Haciéndose eco de las repulsas de moda, deja caer esta sospecha: “Curiosamente, el cardenal Ratzinger, entre otros, no mostró simpatía alguna por esta iniciativa del Papa, (el encuentro interreligioso de Asís – 27 / IX / 86), pero ha publicado la Dominus Jesus, de cuyo inesperado y polémico documento nos ocuparemos después” (ibid. , 230,n.3).

   Se aprecia el estilo, a veces tosco, de nuestro autor (“«torpedo» a traición”).

   Creo que, honestamente, debería aducir algún comprobante de esa reticencia del Cardenal Ratzinger.

   Este y otros autores suelen presentar a los colaboradores del Papa como oscuros intrigantes que trabajan en las sobras en sentido adverso a sus decisiones.

    Notemos – de pasada – cómo presenta el autor la reunión de Asís: “por primera vez en la historia, los líderes religiosos más importantes...cristianos y no cristianos, se reunieron para orar juntos por la paz” (ibid. , 230, n. 3). Ahora bien, expresamente se aclaró que no se reunían todos “para orar juntos”, sino para “estar juntos para orar”, que es muy distinto. Porque no se trataba de un sincretismo, sino de manifestar ante el mundo actual, tecnicista y secularizado, que existe otra dimensión más profunda, que no está en manos del hombre y lo supera: la raíz primera de donde todo proviene y la meta final en la que todo desemboca (ver: J. Mejía, “Estar juntos para orar”, en: L‘Osservatore Romano , 26 / X / 86, 23).

[31] N. Blázquez, ibid. , 317.

[32] En los partes de prensa, que comentaron la Dominus Jesus, aducidos por Blázquez, abundan los artículos negativos (ver: ibid., 317, n.10). La única reseña favorable a la Dominus Jesus (de J. A. Martínez Camino) es así presentada por Blázquez: “Este artículo es demasiado especulativo y laudatorio, por lo que carece de interés” (ibid. , 325, n.11). Se debería tener presente que no ha sido el único aporte en defensa de la Declaración y que hubiera sido más conveniente indicar algún fundamento más concreto en el mismo texto de Martínez Camino, para que el lector pudiera hacerse también su idea.

[33] B. Forte, “Acerca de Dominus Jesus” en: Criterio, LXXII – 2000 – 641.

[34] Como ya se indicó, afloraba cierta ojeriza contra Ratzinger en esta nota anterior de Blázquez: “Curiosamente, el cardenal Ratzinger, entre otros, no mostró simpatía alguna por esta iniciativa del Papa (se refiere a la reunión de Asís en el año 1986), pero ha promulgado la Dominus Jesus, de cuyo inesperado y polémico documento nos ocuparemos después” (ibid. , 230, n.3).

    Como se ha podido observar, no hay lugar a “adversativa alguna” (“pero ha publicado...”), ya que el Papa ha manifestado que esta declaración es muy importante para él (“mi sta a cuore”- como citaremos enseguida) y en ocasiones, cuyo alcance a nadie escapa (una carta dirigida  a cardenales alemanes, nada menos).

     También sería leal que Blázquez indicara en qué ocasión, declaración o escrito se puede apreciar esa falta de simpatía del Card. Ratzinger respecto a la reunión interreligiosa de Asís. Sólo deja flotando la duda sin asidero alguno que la vuelva convincente.

[35] N. Blázquez, ibid. , 317.

[36] Juan Pablo II, (1 / X / 00, citado por A. Amato, “«Dominus Jesus»: Recezione e problematiche – Una prima rassegna” en: PATH  - órgano de la Pontificia Academia Theologica - I – 2002 / 1 – 85).

[37] Más todavía. Blázquez silencia del todo que ”después de unos meses el Santo Padre renueva esta su total adhesión al contenido ecuménico de la DI (Dominus Iesus). En una carta dirigida singularmente a cuatro cardenales alemanes, el 22 de febrero del 2001...el Papa alude a algunos abusos, advirtiendo (en cuanto al ecumenismo): «Un ecumenismo que más o menos prescindiese de la cuestión de la verdad podría conducir sólo a éxitos aparentes. La Declaración Dominus Jesus ha reclamado insuprimiblemente a la autocomprensión de la fe católica. Confío en que Ud. sepa promover el diálogo ecuménico sobre el sólido fundamento de esta declaración y desempeñar sus tareas en conformidad con él” (A. Amato, ibid. , citando: Il Regno – Documenti, 46 – 2001 - 238 – 239).

[38] N.Blázquez, ibid. , 317.

[39] N. Blázquez, ibid. , 318.

[40] Ibid. , 319.

[41] N. Blázquez, ibid. , 319 – 320.

[42] Ibid. , 320.

[43] Citado por A. Amato, ibid. , 90 – 91, que se refiere al escrito de I.U.Dalferth, “Römische Realisten” en: M. J. Rainer (Red) y otros, “Dominus Jesus” –Anstössige Wahrheit oder anstössige Kirche? Dokumente, Hintergründe und Folgerungen , LIT, Münster (2001), 223.

[44] N. Blázquez, ibid. , 320 – 321.

[45] Ibid. , 321.

[46] N. Blázquez, ibid. , 321.

[47] Ibid. , 322.

[48] Ibid. , 314.

    Más adelante advertirá Blázquez, con razón: ”Los medios de comunicación ventean estas situaciones (de conflicto entre el magisterio y algunos teólogos) y cada parte endurece más su posición complaciéndose en delatar la paja en el ojo ajeno para que pase desapercibida lo más posible la viga que alberga en el suyo propio” (ibid. , 324). Reiterará sus llamadas al orden a “«Teólogos de la cáscara amarga» o «del colmillo retorcido», que se atribuyen la exclusiva de tener siempre dispuesto el diente crítico despiadado y rencoroso contra cualquier decisión doctrinal, administrativa o pastoral proveniente de las legítimas autoridades de la Iglesia, deberían aprender el arte de reconocer por propia iniciativa las tonterías y frivolidades que con frecuencia encontramos en los libros de teología especulativa y pastoral...

Otros...están esperando a que alguna autoridad eclesial, personal o colegiada, se pronuncie sobre cualquier asunto para desautorizarla. Estos críticos suelen ser explotados por los medios de comunicación, que los utilizan y glorifican ante la opinión pública. Lo curioso y paradójico es que en su forma de criticar terminan cometiendo los mismos o mayores defectos que denuncian. Y lo que es peor. Pretenden hacer un «magisterio», el suyo, paralelo y en desafío al Magisterio jerárquico. Lo cual me parece una memez. Incluso se asocian como si fueran niños contrariados, que se juntan para desfogarse tirando piedras a los perros y rompiendo cristales”(ibid. , 326 y 327).

Valiente denuncia. Ante ella sólo resta aconsejar: “Medice cura teipsum” ( = médico cúrate a ti mismo), porque , a nuestro pobre entender, el propio acusador incide en los defectos que señala en otros colegas suyos. Lo hemos venido anotando y lo seguiremos haciendo. Pareciera que se tratara de protestas de lealtad, para llenar el ojo, como la que señalaremos sobre el “amor filial”, que anima sus sablazos críticos.

[49] N. Blázquez, ibid. , 323.

[50] N. Blázquez, ibid. , 324.

[51] Ver nota 1. Allí se refería Martínez a un artículo previo de Blázquez, específico sobre este apartado: “Primado de Pedro o infalibilidad papal”, aparecido en Studium, XLII (2002) 205 – 22l. Párrafos enteros de aquel primer ensayo son retomados en el capítulo que ahora nos ocupa. Parece que ya dos años antes había nuestro autor expresado públicamente sus sugerencias al respecto, porque cita al respecto una contribución suya a la obra dirigida por A. Gonzáles Montes, Las Iglesias orientales , BAC, Madrid (2000).

[52] N. Blázquez, ibid. , 328.

[53] Ibid. , 333.

[54] Ibid. , 333.

[55] En: L’Osservatore Romano, 1 / XI / 1959.

[56] N. Blázquez, ibid. , 335. Vuelve a la carga en la p. 338: “Por otra parte, si el término infalibilidad como prerrogativa exclusiva papal es, como hemos visto, sistemáticamente evitado en el Vaticano II y en los documentos de Juan Pablo II, cabe pensar que es por táctica diplomática....pero cabe también pensar que hay alguna otra razón honesta, como sería facilitar el proceso de unión de las Iglesias evitando cuestiones no absolutamente necesarias para la unión, pero que hacen más difícil, si no imposible, el camino para alcanzarlo. Emerge una vez más su “sagaz” sospecha en la p. 342: “Dado que ni el Vaticano II ni la encíclica Ut unum sint utilizan en término infalibilidad ¿por qué no centrar la atención en el Primado y olvidar la cuestión de la infalibilidad?”.

[57] En las correspondientes notas 42 y 43 no se hace otra cosa que citar el Vaticano I y la relación de Gasser en el aula conciliar.

[58] Juan Pablo II, Ut unum sint, 95.

[59] N. Martínez, “¿Sacrificar la infalibilidad papal?”, en: http:// http://www.feyrazon/. Org/NesInfalib.htm , 2.

[60] Ver: N. Blázquez, ibid. , 342.

[61] “La explicitación (de la infalibilidad personal del Papa) por otro lado, estuvo motivada y hasta urgida por las insistentes reivindicaciones galicanas. Ya en 1663 la Facultad de Teología de París, respecto a los poderes del papa, estableció la siguiente tesis: «La Facultad no recibe como doctrina o dogma que el Soberano Pontífice sea infalible, sin que intervenga consentimiento de la Iglesia». La asamblea del clero galicano de 1682 se movía en la misma dirección: «Aunque el papa tenga la parte principal en las cuestiones de fe y aunque sus decretos se refieran a estas iglesias y a cada iglesia en particular, su juicio no es sin embargo irreformable a menos que intervenga el consentimiento de la Iglesia “ (E. Bueno de la Fuente,”La infalibilidad en cuestión”, en su obra: Eclesiología, Madrid – 1998 – 242 – 243).  

[62] E. Bueno de la Fuente, “La infalibilidad en cuestión” en su obra: Eclesiología , Madrid (1998) 233.

[63] E. Bueno de la Fuente, ibid. , 220. La nota 33 informa que “sus raíces (del galicanismo) se remontan hasta la Pragmática Sanción de Bourges de 1438, que asumió decretos de reforma del concilio de Basilea, de modo especial los que iban contra las reservas romanas, y se prolongan en los cuatro artículos galicanos de 1682 (cf. su condena en DS 2281 – 2285)”.

[64] Ver el último capítulo de su obra: “Nacionalismos religiosos y fanatismo científico” (358 – 399).

[65] Ya el mismo Francisco, cabeza histórica de todos sus sucesores en el gobierno de la orden, “admiraba  en aquel organizador genial (Fray Elías) las dotes que él no poseía” (L. Iriarte, O.F.M. Cap, Hstoria Franciscana , Valencia – 1979 – 74).

[66] N. Blázquez, ibid. , 343.

[67] H. Küng , Infallibile – Una domanda , Brescia (1970).

[68]  D. J. Mansi, Sacrorum conciliorum nova et amplissima collectio (1759 – 1921).

[69] N. Blázquez, ibid. , 344 – 345.

[70] Que no debería ser tan desacreditada como es moda hoy en día.

[71] N. Blázquez, ibid. , 345. Nótese el dejo “travieso” y casi irreverente, que asume con frecuencia nuestro autor (“descatedrado”).

[72] Ver: B. Nathanson, La mano de Dios , Fuentelabrada (Madrid ) (1997).

[73] N. Blázquez, ibid. , 345 – 346.

[74] N. Martínez, ibid. , 2 y 3.

[75] N. Blázquez, ibid. , 346.

[76] E. Bueno de la Fuente, ibid. , 240.

[77] N. Martínez, ibid. , 3.


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