FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


LA DOCTRINA EUCARÍSTICA DEL P. JUAN LUIS SEGUNDO S.J. EN SU OBRA "EL INFIERNO".

(Néstor Martínez, licenciado en Filosofía)

En esta nota partimos de la fe de la Iglesia en la presencia real y sustancial de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, tal como se enseña por ejemplo en el Catecismo de la Iglesia Católica:

"En el santísimo sacramento de la eucaristía están "contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo todo entero" (Cc. de Trento: DS 1651). "Esta presencia se denomina "real", no a título exclusivo, como si las otras presencias no fuesen "reales", sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente" (MF 39) (...) Mediante la conversión del pan y del vino en su Cuerpo y Sangre, Cristo se hace presente en este sacramento (...) El Concilio de Trento resume la fe católica cuando afirma: "Porque Cristo, nuestro Redentor, dijo que lo que ofrecía bajo la especie de pan era verdaderamente su Cuerpo, se ha mantenido siempre en la Iglesia esta convicción, que declara de nuevo el Santo Concilio: por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la substancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transustanciación" (DS 1642)."

(CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, nn. 1374 - 1376.)

Nuestro propósito es confrontar con la fe de la Iglesia aquí claramente explicitada una de las tesis que se contienen en una obra  del conocido teólogo uruguayo R.P. Juan Luis Segundo S.J. recientemente publicada en nuestro medio (SEGUNDO, Juan Luis, S.J., El Infierno. Un diálogo con Karl Rahner, Ed. Trilce, Montevideo, 1997). Nos mueve a ello la imposibilidad en que nos encontramos de conciliar dicha tesis del P. Segundo con la fe y el Magisterio de la Iglesia.

Todo lo que pretendemos hacer es, en lo esencial, destacar con claridad la postura del autor, a veces oscurecida por un modo de exposición peculiarmente enrevesado, de lo cual saldrá con evidencia su oposición al tenor claro y obvio de la doctrina de la fe católica. No nos dedicaremos aquí a refutar los argumentos del autor, sino que nos limitaremos a exponerlos en la medida en que sea necesario para comprender su doctrina y la oposición entre ésta y la fe de la Iglesia.  

Nuestra intención es aportar elementos para el discernimiento de la obra de un pensador que a veces es ensalzado de un modo a nuestro juicio unilateral y curiosamente ciego para este tipo de "lagunas".

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La tesis general de Juan Luis Segundo en esta obra es que los enunciados evangélicos tocantes al infierno tienen solamente un valor metafórico. En buen castellano, que el infierno no existe. Esto solo da sin duda materia para preguntarse por la compatibilidad de tal tesis con la fe cristiana y católica. Pero no es ése nuestro propósito aquí, sino enfocar un momento particular de la argumentación del P. Segundo, en el cual el tema no es el Infierno, sino la Eucaristía.

En efecto, en medio de la discusión acerca de los enunciados evangélicos tocantes al infierno, J.L. Segundo aborda el tema de los "criterios hermenéuticos" ( o sea, criterios interpretativos de la Escritura, la Tradición y el Magisterio) que debe emplear el teólogo. Seleccionamos a continuación algunos pasajes.

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El P. Segundo empieza notando la importancia de detectar el elemento central de una comunicación:

"En cualquier comunicación (entre seres humanos) destinada a producir en nosotros una diferencia en nuestra manera de actuar, es lógico que comencemos a descifrarla buscando lo central de lo que se nos propone. Se deja para una ulterior comprensión aquello que lo acompaña y sirve para precisar más los límites, las circunstancias, la importancia, etcétera de esa diferencia que se nos comunica." (p. 46).

"La gramática nos enseña que en una frase.-tipo, el sujeto, el verbo y el complemento directo forman lo esencial o, si se prefiere, lo directo de la comunicación que vehicula la frase. Como su misma calificación lo señala, el complemento indirecto y los complementos circunstanciales señalan en principio algo secundario. Así, para saber qué quiso decir quien así se expresa en la frase, lo lógico es buscarlo, por lo común, en aquello que se predica del sujeto (o sea, verbo y complemento directo). A ese centro se dirige todo mensaje, porque allí se concentra la intención voluntaria del que lo emite...Otro tanto se hará cuando se trate de varias frases ligadas entre sí, procurando llegar a encontrar aquella que es la principal, aislándola de las subordinadas o complementarias." (p. 49).

A continuación, pasa a notar que no siempre el elemento central de un pasaje nos pemite saber por sí solo si está dicho en sentido literal o en sentido figurado:

"Sin embargo, eso que la gramática y la lógica advierten, no siempre asegura la comprensión más correcta y profunda de lo comunicado. Por ejemplo, la frase principal de un texto, o el elemento central de una frase, no siempre son capaces, por sí mismos, de determinar si lo que se quiso decir está expresado en lenguaje descriptivo, digital, científico o, por el contrario, en lenguaje figurado...Y nótese lo que ya declaraba la Instrucción del Vaticano Mysterium Ecclesiae, que lenguaje figurado no significa lenguaje falso, erróneo. Significa, eso sí, que la recta comprensión pasa por un rodeo, como ocurre en el uso de metáforas...Mas aún, existen realidades, especialmente las más íntimas y trascendentes...para las cuales sólo el lenguaje figurado es capaz de dar la información correcta, o de corregir la pobreza del lenguaje descriptivo o digital." (p. 50).

En esos casos, viene a decir el P. Segundo, lo que corresponde es atender a los elementos subordinados o secundarios de la comunicación, para ver si arrojan luz sobre el tipo de sentido que hay que asignar al elemento central.

"Esto obliga, con frecuencia, a optar ya sea por el sentido digital o, de lo contrario, por el sentido figurado. Y ello en base a frases, adverbios, adjetivos, considerados gramaticalmente como secundarios, pero donde hallamos elementos para determinar cuál de las dos posibles actitudes frente a la frase principal o a su afirmación central debe ser preferida." (p. 50).

A continuación, como lo expresa el subtítulo del capítulo, el P. Segundo intenta dar un ejemplo de lo que acaba de decir, o sea, un caso en el que la sola detección del "elemento central" de un pasaje no alcanza a decidir si se trata de sentido literal ("digital" (?)) o figurado. Es el caso del relato de la institución de la Eucaristía, centrado en la frase "Esto es mi cuerpo".

Un ejemplo de discernimiento hermenéutico: la Eucaristía.

"Se puede hacer la prueba de esto tomando uno de los cuatro relatos...de la institución de la Eucaristía por Jesús." (p. 50).

"Lucas (22,19), y Pablo (11,24) comienzan así: "el Señor Jesús...tomó pan...lo partió y dijo: esto es mi cuerpo...Haced esto en memoria de mí". (p. 50).

"Obviamente el sentido de la comunicación se concentra en la frase "esto es mi cuerpo". (p. 50).

"Con esto podemos formular mejor la pregunta anterior: lo central del pasaje )está formulado en lenguaje digital o en lenguaje figurado?". (p. 51).

"El lector cristiano dirá que no cabe duda de que la Iglesia ha siempre entendido que el lenguaje describe lo que ha ocurrido. Y que por ende, se trata de un lenguaje digital..." (p. 51).

)Dónde está entonces la dificultad o la ambigüedad? El P. Segundo entiende encontrarla en el hecho de que Jesús diga "Esto es mi cuerpo" en vez de "Esto se ha vuelto mi cuerpo". La solución, dice el P. Segundo, está en decir que como los discípulos siguen viendo un pan, no basta con decir "Esto se ha vuelto mi cuerpo", sino que hay que decir que esto, que ahora parece sólo un pan, en realidad es el Cuerpo de Cristo.

A no ser, dice, que alguien entienda lo dicho por Jesús en sentido figurado. Aquí el P. Segundo cita los cánones de Trento sobre la transustanciación, la presencia verdadera, real y sustancial de Cristo en el sacramento, el anatema contra quien afirme la permanencia del pan después de la consagración, la conversión sustancial. Y continúa:

"Sin embargo, la ya mencionada Instrucción de la Congregación de la Fe nos llama la atención sobre el hecho de que lo que pudo, en una época y cultura determinada, ser llamado "designación aptísima" puede no serlo algunos siglos más tarde". (p. 51-52).

"...cabe, entonces, preguntarse de nuevo, con mayores o más finos elementos exegéticos, si los mismos autores que han vehiculado, hasta ese futuro en el que nosotros habitamos, la afirmación de Jesús que mostraba a los discípulos el pan que había tomado y partido en la Última Cena a la vez que les decía "esto es mi cuerpo", no nos darán más elementos para decidir qué tipo de lenguaje - digital (descriptivo) o icónico (o figurado) - habrá que elegir para comprenderlo mejor:" (p. 52)

A partir de aquí el P. Segundo empieza a decidir la cuestión basado en los "elementos secundarios" del pasaje, básicamente, la frase "hagan esto en memoria mía". Y sobre este punto, que es el crucial, debemos decir que si no se entiende al P. Segundo como afirmando el carácter metafórico y no literal de las palabras "Esto es mi cuerpo", no se entiende nada de toda esta sección de su libro:

"De entrada, llama la atención la función significativa que el mismo Jesús le habría atribuído: la de contribuir a despertar, mantener o reforzar la memoria o recuerdo de Cristo: "haced esto en memoria de mí"...Cabe preguntar: )cómo ejerce esa función cognoscitiva la afirmación que estamos estudiando? Y la respuesta sorpresiva, pero la única lógica, es que no lo hace tanto por el cambio invisible de una sustancia por otra (la del pan por el cuerpo de Cristo), cuanto por la permanencia de la apariencia visible de un pan que se parte y se reparte en una comida en común de un grupo humano de amigos". (p. 52-53).

"En efecto, que la sustancia del pan se cambie por la del cuerpo de Cristo no afecta la "memoria", o sea, no hace que Jesús se vuelva más presente a la mente de quienes comparten esa comida". (p. 53).

Luego de estos argumentos, el P. Segundo perfila otro basado en el carácter de "despedida" que tiene según él la Última Cena, el cual reforzaría el papel de la frase "Hagan esto en memoria mía", y con ella, la interpretación metafórica de la frase "Esto es mi cuerpo":

"El resultado es, entonces, que uno lee el relato de lo ocurrido en esa comida como el relato de una cena última, de una cena de despedida". (p. 54).

"...es este mismo contexto de despedida el que indirectamente parece señalar la importancia central de la memoria para interpretar dónde se halla la similitud que permite poner en boca de Jesús la afirmación de que el pan que les muestra es su cuerpo. Y el mismo que apunta claramente al sentido figurado." (p. 54).

Nótese, por fin, que aquí el P. Segundo afirma explícitamente y con todas las letras que la frase de Jesús "Esto es mi cuerpo" hay que entenderla en sentido figurado. Luego siguen otras consideraciones que nos ayudan a entender el sentido peculiar en que Segundo entiende la presencia sacramental de Cristo en la Eucaristía:

"Lo cual no significa que no hay que tomar en serio la metáfora. Es gracias a ella que el misterio de la gracia sacramental se nos esclarece...más bien que pensando en sustancias que se trocarían. Pasamos así a comprender mejor cómo está presente de una manera todavía más plena ese Jesús que habría dicho, según Mateo (18, 20) que "cuando dos o tres de vosotros estén reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" y "yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (28,20)". (p. 54).

A continuación, el P. Segundo vuelve sobre el argumento principal, esta vez buscando confirmación de su tesis en las cartas de San Pablo:

"...también Pablo muestra que comprendió esa fórmula de la misma manera (aunque la redacción de Lucas sea, en realidad, posterior a la carta de Pablo)...Escribe, en efecto: "así, pues, cada vez que coméis este pan anunciáis la muerte del Señor" (1 Cor. 11-26). Con esto dice que , no literal , sino figuradamente, el hecho de repetir lo actuado por Jesús es signo de una cosa parecida: la donación del pan es un signo de la donación del cuerpo o de la vida de Jesús. Y sigue Pablo llamando "pan" a lo que Jesús dijo que era su "cuerpo". Otra indicación de cómo entendió el Apóstol el tipo de lenguaje usado por Jesús..." (p. 55).

Finalmente, recapitula todo el tema mostrando cuál es el lugar de esta discusión en el argumento general de su libro acerca del infierno, lo cual nos ayuda también a nosotros a comprender el sentido de la tesis que defiende en esta parte del libro:

"Como se ve, no parece cierto que, por el hecho de hablar de lenguaje figurado en lo que concierne a las fórmulas bíblicas de la Eucaristía, se les quite su fuerza significativa. Por el contrario, se les redobla. Es pues lógico suponer que pasa lo mismo con las imágenes que los Sinópticos que nos han mostrado que empleaba Jesús para hablar del infierno." (p. 56).

El argumento del P. Segundo es claro y no puede entenderse más que en un sentido: el hecho de afirmar que las frases referentes al infierno en los Evangelios no deben ser tomadas a la la letra sino en sentido figurado no implica quitar valor significativo al dogma del infierno, puesto que tampoco el reconocer que la frase de ¨Jesús "esto es mi cuerpo" está dicha en sentido figurado y no literal quita significación al dogma eucarístico.

A este argumento general, agrega el P. Segundo una precisión: si bien es cierto que para determinar el sentido de una enseñanza cualquiera es útil la distinción entre lo centralmente afirmado y las consideraciones subsidiarias o secundarias, sin embargo ese criterio no siempre es suficiente, pues no siempre alcanza con aislar ese elemento central para saber si el mismo está dicho en lenguaje literal o en lenguaje figurado. En esos casos, es necesario, según el P. Segundo, recurrir a los indicios que puedan proporcionarnos dichos elementos "secundarios".

Ahora bien, un ejemplo de ello es el relato evangélico de la institución de la Eucaristía, donde obviamente la frase central es "esto es mi cuerpo", pero debemos, según el P. Segundo, recurrir al contexto para saber, por el análisis de los "elementos secundarios" (en definitiva, la frase "hagan esto en memoria mía", por ejemplo) si se trata en esa afirmación "esto es mi cuerpo" de lenguaje literal o figurado. El resultado de dicho análisis, como muestra el texto arriba citado, es para el P. Segundo que el sentido de la frase de Jesús "esto es mi cuerpo" no es literal, sino figurado.

Luego, es claro que J.L. Segundo afirma en esta obra que la identificación que las palabras de Jesús establecen entre el pan y su Cuerpo no debe entenderse en sentido literal, sino en sentido figurado.

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Ahora bien, de ahí se sigue lógicamente, decimos nosotros, que según el P. Segundo la Eucaristía, después de las palabras de la consagración, no es realmente el verdadero Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo.

En efecto, lo que se predica de algo en sentido figurado, no le pertenece en forma real. Por ejemplo, si es en forma figurada que predicamos de la Aurora que tiene dedos rosados, como hace Homero, es porque en realidad la Aurora no tiene dedos: lo que hay en la realidad de las cosas es que las nubes se tiñen de rosado al salir el sol. Si es en sentido metafórico y figurado que la Biblia habla del "brazo de Yahveh", es porque Dios, siendo Trascendente y espiritual, no tiene cuerpo, ni por tanto brazos, pero sí tiene poder, que en el hombre se ejerce mediante los brazos.

En general, se atribuye un predicado a un sujeto en sentido metafórico cuando lo significado por el predicado no se encuentra propia y realmente en el sujeto, sino solamente otra cosa, con la cual lo significado por el predicado guarda algún tipo de semejanza extrínseca.

Luego, si es en forma "metafórica" y "figurada" que la Eucaristía es el Cuerpo de Cristo, es porque propia y realmente no es el cuerpo de Cristo, sino pan, si bien guarda una semejanza con el cuerpo (el pan partido y repartido, semejante al cuerpo de Cristo entregado en la cruz), que habilita la metáfora, como la habilita en los casos citados anteriormente la semejanza entre las nubes rosadas y los dedos rosados; entre el poder de Dios y el brazo del hombre.

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Pero esta tesis, decimos nosotros, es contraria a la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía.

Dicha fe, en efecto, tiene como base las palabras del Señor en la Última Cena: "Esto es mi cuerpo...esto es mi sangre".

Pero la Iglesia ha entendido siempre ese "es" en el sentido de una identidad real especial entre "esto" (el "pan" y el "vino" de la Eucaristía) y "mi Cuerpo...mi Sangre".

La prueba principal de esta afirmación está precisamente en la fe de la Iglesia en una conversión sustancial del pan y el vino eucarísticos en el Cuerpo y Sangre de Cristo Nuestro Señor, a la cual conversión se denomina "transustanciación". Así lo expresa por ejemplo el canon 2 de la sesión XIIIª del Concilio de Trento:

"Si alguno dijere que en el santísimo sacramento de la Eucaristía permanece la sustancia del pan y del vino juntamente con el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, y negare aquella admirable y singular conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las apariencias de pan y de vino; conversión que la Iglesia Católica llama muy a propósito transustanciación, sea anatema."

El "pan" eucarístico, entonces, es idéntico realmente al Cuerpo de Cristo, porque lo que antes era la sustancia  del pan (y resp. del vino), es ahora el Cuerpo y la Sangre, el alma y la Divinidad de Jesucristo Nuestro Señor. Y esto es así, porque ha habido una "conversión de toda la sustancia del pan en el cuerpo y toda la sustancia del vino en la sangre, permaneciendo sólo las apariencias de pan y vino".

Por "sustancia" se entiende aquí simplemente el núcleo fundamental de una cosa, aquello de la cosa que existe en sí mismo y no en otro sujeto. Un pedazo de pan, por ejemplo, posee muchas propiedades: es blanco, duro, esponjoso, tiene un sabor determinado, un peso, etc. Todas esas propiedades se caracterizan por ser justamente propiedades de algo, por hacer referencia a un sujeto, una realidad a la cual cualifican y determinan. Todas esas propiedades se  predican del pan: "el pan es blanco, es duro", etc., pero el pan mismo, el sujeto, no se predica de nada más: eso es lo propio de la sustancia. (1)

La "transustanciación", entonces, implica una conversión de la sustancia, el núcleo ontológico fundamental, del pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, permaneciendo solamente las propiedades o accidentes o apariencias sensibles, que como vimos, no se identifican sin más con la sustancia.

Escuchemos por ejemplo al P. José Antonio Sayés:

"La fe de la Iglesia es clara en este sentido: no basta cualquier tipo de cambio, se requiere una conversión tal de los elementos eucarísticos (...) de suerte que podamos decir con toda propiedad que lo que aparece como pan y vino es en realidad el cuerpo y la sangre de Cristo (...) Sólo por la conversión sustancial se puede afirmar con toda propiedad: "Esto es mi cuerpo". La transustanciación es, por lo tanto, la condición ontológica de tal afirmación, el medio o causa intrínseca que posibilita la peculiaridad de esta presencia (...) Esta es la fe de Trento, ratificada por la Mysterium fidei y por el Credo del Pueblo de Dios. Presencia real y transustanciación son dos afirmaciones de fe distintas, pero mutuamente relacionadas, por cuanto la transustanciación va implicada como causa en la afirmación de la presencia real."  (El misterio eucarístico, B.A.C., Madrid, 1986, pp. 232 - 233).

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¿Cuál es el sentido religioso y salvífico de esta verdad de fe?

Sintéticamente, la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, y la conversión sustancial de las especies eucarísticas que la hace posible, se ordenan a la actualización litúrgica, en la Iglesia, a través de los siglos, del Sacrificio redentor del Calvario, que hace posible a la Iglesia, es decir, a los fieles, a través de las edades, asociarse a la ofrenda de Cristo crucificado y Resucitado, y participar así de los frutos de salvación que derivan de la misma.

Cristo se ofreció en la Cruz una sola vez por los pecados de todos los hombres, y mereció para todos nosotros la salvación y la vida eterna de parte de Dios Padre. Pero todos nosotros, a través de los siglos, vamos recibiendo, según nuestra respuesta libre, los frutos de ese sacrificio, si nos acercamos a los sacramentos de su Iglesia, que nos comunican la gracia que Cristo obtuvo para nosotros en la Cruz.

Entre esos sacramentos descuella la Eucaristía, instituida por el mismo Señor en la Última Cena con sus discípulos, para que fuese el Sacrificio que la Iglesia ofreciese a lo largo de las edades, hasta la segunda venida del Señor. Ese Sacrificio, que se realiza en la celebración de la Misa, no es otro que el mismo y único Sacrificio del Calvario, que se actualiza en cada celebración eucarística. Gracias a esta actualización los fieles de todos los tiempos tenemos la posibilidad de asociarnos al gesto redentor de Cristo crucificado y Resucitado, y recibir en nosotros sus beneficios.

La presencia real del Señor Resucitado bajo las especies de pan y vino, por la transustanciación, es lo que hace precisamente que la celebración de la Eucaristía sea la actualización, en el tiempo de la Iglesia, del sacrificio redentor, en tanto es el mismo Cristo que se ofreció en el pasado en la Cruz, y que, Resucitado, vive eternamente junto al Padre perpetuando su actitud sacrificial y oblativa, el que es ofrecido, esta vez en forma incruenta, en los altares de todo el mundo. Y así como el Padre respondió al gesto de entrega del Señor hasta la muerte en Cruz, resucitándolo de entre los muertos por el poder del Espíritu Santo, así también el Padre responde a la ofrenda eucarística de la Iglesia enviando su Espíritu para que por las palabras de la Consagración el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y Sangre de Cristo, los fieles puedan ofrecerse junto con el Señor Resucitado y alimentarse de su gracia, comiendo su Cuerpo glorioso y llenándose de su Espíritu, en la comunión sacramental. Esto significa la más alta unión con Dios que es posible tener en esta vida, y la consiguiente transformación y divinización del creyente que, según la doctrina de los Padres, es asimilado por este alimento que lo va transformando a imagen del Cristo glorioso del cual se alimenta.

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La afirmación del P. Segundo, entonces, de que las palabras "Esto es mi cuerpo" deben entenderse en sentido metafórico, tiene las siguientes consecuencias para la fe y la vida de la Iglesia:

a) Negación de la identidad real entre lo que aparece como pan y vino, y el Cuerpo y Sangre de Cristo. Si el significado es metafórico, entonces "esto" no es realmente "mi Cuerpo".

b) Negación por tanto de la conversión sustancial del pan y el vino, o sea, de la "transustanciación". "Esto" sigue siendo realmente pan y no se ha convertido en "mi Cuerpo".

c) Negación, por tanto, de la Presencia Real de Jesucristo en el Sacramento eucarístico, tal como la ha creído y enseñado siempre la Iglesia.

d) Como consecuencia de todo ello, la Eucaristía  pierde todo su significado, pues de ser una participación real, viviente y actual en el gesto redentor mismo del Salvador Resucitado, hecha posible como vimos gracias a esa misma Presencia Real eucarística, pasa a ser un mero recuerdo emotivo de un hecho pasado, que a lo más tiene efectos de orden sicológico y moral, pero que no puede obrar ninguna transformación ontológica profunda en el ser mismo del creyente, ni tampoco establecer desde esa misma realidad ontológica radicalmente transformada una nueva relación del creyente con Dios.

Dicho en lenguaje más llano: la Eucaristía despojada de la transustanciación y la Presencia Real se convierte en un aburrido moralismo intrascendente, en un vano surtidor de palabras y conceptos que sólo sirve para "recordar" la pobreza incurable de la moralina kantiana desvinculada de los riquísimos veneros ontológicos que nos abre la auténtica Revelación cristiana tal como es trasmitida por la Iglesia Católica.

Y como la Eucaristía es el corazón y la síntesis de todo el Cristianismo, síguese de aquí que al negar la Presencia Real eucarística del Señor tal como la entendió siempre la Iglesia se destruye de raíz toda la fe cristiana, y se la sustituye por el plato de lentejas de una ideología secularizante e inmanentista, es decir, un moralismo cuya tristeza y solemnidad nos hace recordar aquel dicho de Chesterton, según el cual Satanás cayó del cielo "por la fuerza de la gravedad", es decir, por tomarse demasiado en serio. En efecto, si el Señor mismo está presente realmente entre nosotros con toda la gloria de su Resurrección y toda la fuerza de su Espíritu, hay motivo para alegrarse y "celebrar", porque hay algo verdaderamente Nuevo.  Pero si sólo se trata de recordarnos que debemos ser buenos y justos, y que por lo general no lo somos, y eso apoyados en el borroso recuerdo de alguien que fue ajusticiado hace 2.000 años, se entiende que lo más lógico sea la "gravedad".

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Por otra parte, parece que quien siguiese en este punto al P. Segundo y quisiese con todo seguir afirmando la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, debería recaer en la teoría luterana (de Lutero) de la "consustanciación". Según Lutero, Cristo está realmente presente en la Eucaristía, pero como a su vez rechaza la transustanciación, viene a afirmar simultáneamente que el pan sigue siendo pan, y el vino, vino, después de la consagración.

"Presencia real", entonces, en este contexto, significa que Cristo "está" realmente en la Eucaristía, pero al contrario de la fe católica, el pan y el vino consagrados no "son" el Cuerpo y Sangre de Cristo. Algo parecido a como yo "estoy" en mi pieza, pero mi pieza no "es" yo mismo.

Cuando se dice, entonces, en este contexto, que el pan "es" el Cuerpo de Cristo, el valor de ese "es" puede entenderse, por ejemplo, metafóricamente, como lo hace el P. Segundo. Esta "presencia real" de Cristo en el sacramento no sería en el fondo diferente de su presencia, como Dios, en todas las cosas.

Un argumento que ya usaba Lutero para defender tal postura era que en lo tocante al dogma de la Encarnación debemos decir que un hombre, Jesús, es Dios, sin que por ello deje de ser hombre: del mismo modo, entonces, podríamos decir que el pan eucarístico es Cristo, Dios y hombre, sin que deje por ello de ser pan.

Es claro que esta última interpretación no deja lugar para hablar de un "sentido metafórico" de las palabras "Esto es mi Cuerpo", porque Cristo Verbo Encarnado no es "metafóricamente", sino realmente Dios.

Pero aún prescindiendo de esto, la teoría luterana de la "consustanciación" termina por hacer mentiroso al Señor, ya que dijo "Esto es mi Cuerpo", cuando en realidad era pan, y no Cuerpo, y a lo sumo debería haber dicho "En esto está mi Cuerpo". Se podrá decir, con el P. Segundo, que no mentía, sino que hablaba en sentido metafórico. Pero es claro, por todo lo que ya vimos, que esta teoría es incompatible con la fe de la Iglesia Católica.

Y en cuanto al argumento que Lutero quiso tomar de la Encarnación, hay que decir que no es de ningún modo el mismo caso. En la Encarnación se trata de que una misma "sustancia primera", o hipóstasis personal, la del Verbo de Dios, tiene dos naturalezas o esencias: la divina, que recibe eternamente del Padre, y la humana, que recibió en el tiempo de María Virgen. Si se puede, entonces, decir del mismo sujeto que es a la vez hombre y Dios, es precisamente porque se trata de un solo sujeto, el cual subsisten a la vez las dos naturalezas, divina y humana. Esa forma de hablar es la "comunicación de idiomas" cristológica, y la unidad del sujeto sustancial o hipostático es justamente su fundamento, que nos permite decir: "Este hombre (Jesús) es Dios". 

Mientras que en la teoría luterana de la "consustanciación" eucarística se trataría de dos sustancias primeras, es decir, de dos sujetos: el pan y Cristo. Ahora bien, no tiene sentido predicar algo de uno de dos sujetos por la sola razón de que se da en el otro. O sea: mientras que en la verdad de fe de la Encarnación la "dualidad" se da a nivel de las naturalezas, permaneciendo la unidad en el plano del sujeto sustancial, en la teoría herética de la "consustanciación" la dualidad se establece a nivel de los sujetos sustanciales mismos. Con lo cual no hay base alguna para una supuesta "comunicación de idiomas" que diese razón de las palabras "Esto es mi Cuerpo".

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Son para meditar estos dos párrafos de la ya citada obra del P. Sayés:

"¿Qué ocurre, en cambio, cuando se olvidan las implicaciones ontológicas del misterio de la Encarnación y de la Eucaristía, expresadas en términos como "consustancial" y "transustanciación"? Que entonces ya no se sabe con exactitud lo que significa el verbo ser cuando se lo aplicamos a Cristo (es Dios) o a la Eucaristía (es la carne de Cristo); la afirmación queda insegura y vacilante" (p. 234).

"Hoy en día hay una alergia al verbo ser debida tanto al influjo de la teología protestante, con su marcado acento fideísta, como al escepticismo metafísico de nuestra época. Ello conduce frecuentemente a un tipo de fe que cree, pero que no afirma, con todas las consecuencias. El fideísmo respecto a la existencia de Dios, la reticencia a afirmar que Cristo es Dios, y, en consecuencia, un mismo ser con el Padre, y el miedo a la transustanciación proceden de una misma raíz: una fe enferma por el miedo al verbo ser, el retorno del nominalismo." (p. 235). 

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Concluyendo, entonces:  en su obra "El Infierno", J.L. Segundo niega la conversión sustancial y la identidad real entre el pan y el vino consagrados y el Cuerpo y Sangre de Cristo, y al hacerlo, niega, al menos implícitamente, la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía.

Cfr. finalmente, por ejemplo,  el canon 1 del Decreto del Concilio de Trento sobre la Eucaristía:

"Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente Cristo todo entero; sino que dijere que sólo está en él como en señal y figura o por su eficacia, sea anatema".

Es imposible al leer este anatema no pensar en la tesis que defiende el P. Segundo en esta parte de su libro. Nótese que la expresión "como en señal y figura" prácticamente dice lo mismo que la expresión "en sentido figurado o metafórico". El "contenerse verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad, de nuestro Señor Jesucristo", ha de entenderse, según la mente de los Padres conciliares, de la identidad real, fruto de la transustanciación, que es directamente negada por la tesis del carácter metafórico de las palabras del Señor en la Última Cena. 

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NOTAS

1) Para hablar con más precisión, es cierto que según Aristóteles y Santo Tomás, los entes artificiales ( y el pan y el vino son de esa clase) no son propiamente "sustancias", puesto que su unidad y su ser no es sustancial, sino accidental, no teniendo el hombre poder para crear sustancias, como Dios, sino sólo para "fabricar" conglomerados artificiales de sustancias naturales. Luego, cuando hablamos de la "sustancia del pan", debe ello entenderse de las sustancias naturales que están integradas, por obra del arte humano, en el pan. Esas sustancias son las que se "convierten" en el Cuerpo y Sangre de Cristo, permaneciendo los accidentes visibles de las mismas, así como la relación también accidental que entre ellos ha establecido el arte humano. 

 


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