FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


Una vez más, la tentación ha sido más fuerte, y estamos publicando un trozo regular de uno de los cuentos más geniales de G. K. Chesterton, "La esfera y la cruz". Este pasaje nos parece la perfecta explicación de porqué Chesterton es verdaderamente un gran escritor, y algo más. Los comentarios o análisis además de superfluos serían irreverentes. Baste decir, para encuadrar un poco la lectura, que la narración consiste toda ella en el repetidamente fallido intento de llevar a cabo un duelo, mientras el mundo entero persigue a los duelistas, que sólo podrán finalmente amigarse en medio de algo parecido al Juicio Final. Agregamos solamente que, como sucede con los grandes escritores, ni una palabra de un texto de Chesterton, aunque así parezca, se encuentra allí al azar. La edición es de 1952, de José Janés, Barcelona, por un equipo de traductores.

 

LA RELIGION DEL MAGISTRADO SUBALTERNO

 La redacción de El Ateo venía, desde algunos años atrás, perdiendo de su relevante interés como rasgo típico de Ludgate Hill. El periódico no se acomodaba al ambiente. Mostraba por la Biblia un interés desconocido en el barrio y un saber acerca de ese volumen que nadie hubiera podido disputarle con fundamento en Ludgate Hill. En vano el director de El Ateo cubría su puerta con enérgicas y concluyentes demandas sobre lo que hizo Noé en el arca con el cuello de la jirafa. En vano preguntaba violentamente, como por última vez, cómo la afirmación "Dios es espíritu", podía conciliarse con esta otra: "La tierra le sirve de escabel". En vano clamaba con energía acusatoria que al obispo de Londres le pagaban doce mil libras esterlinas al año por decir que creía que la ballena se tragó a Jonás. En vano exponía en sitios muy visibles pasmosos cálculos científicos acerca del ancho del gaznate de las ballenas. ¿Es que nada de esto importaba a los transeúntes? ¿Su indignación, pronta, espléndida, verdaderamente sincera, no conmovió nunca a nadie de la mucha gente que inunda Ludgate Hill? Nunca. El hombrecillo que dirigía El Ateo, seguiría precipitándose fuera de su tienda las noches estrelladas, para, en el ardimiento de su guerra santa en lugar tan santo, enseñar el puño a la catedral de San Pablo. Pudiera ahorrarse esa emoción. La cruz en lo sumo de San Pablo y la tienda del Ateo al pie, estaban igualmente lejos del mundo. La tienda y la cruz se hallaban por igual encumbradas y solas en el firmamento vacío.

Al hombrecillo que dirigía El Ateo, escocés fogoso, menudo, el cabello y la barba de un rojo encendido, y que atendía por Turnbull, la decadencia de su importancia pública le parecía no tanto triste y hasta insensata, cuanto simplemente desconcertante e inexplicable. Había dicho las cosas peores que podían decirse: y parecían aceptadas y olvidadas como los lugares comunes de los políticos. Sus blasfemias eran más imprudentes cada día, y también cada día el polvo se espesaba sobre ellas. Esto le hacía el mismo efecto que si se moviera en un mundo de idiotas. Como si le rodease una casta de hombres que se sonreían al hablarles de su propia muerte, o consideraban distraídamente el Día del Juicio. Pasó un año y otro año, y la muerte de Dios, decretada en una tienda de Ludgate, iba siendo de año en año un suceso menos importante. Las gentes avanzadas de su tiempo desalentaban a Turnbull. Para los socialistas, en vez de maldecir a los sacerdotes debía maldecir a los capitalistas. Los artistas decían que el alma es más espiritual, no cuando se libra de la religión, sino cuando se libra de la moral. Fueron pasando años, y al cabo llegó un hombre que trató con verdadero respeto y seriedad la tienda secularista de Mr. Turnbull. Era un joven con abrigo gris, que le rompió la vidriera.

El joven había nacido en la bahía de Arisaig, enfrente de Rum y de la isla de Skye. Los rasgos prominentes, aguileños, y el cabello negro ensortijado, eran el sello de lo que por modo rudimentario se llama céltico, entidad histórica desconocida, pero mucho más antigua, probablemente, que los celtas mismos, quienesquiera que fuesen. Montañés del clan de los Macdonalds por el nombre y la sangre, su familia tomó por apellido, como es frecuente en casos tales, el nombre de una rama secundaria, y para todos los designios que lo llevaban a Londres se llamó MacIan. Se había educado en cierta soledad y retiro, como fiel católico romano, dentro de la pequeña zona de católicos romanos enclavada en las montañas de la Escocia occidental. Y había llegado nada menos que hasta Fleet Street, en busca de un empleo casi prometido, sin haberse dado cuenta cabal de que hubiese en el mundo gente que no fuera católica romana. Se descubrió un momento, al ver la estatua de la reina Ana, enfrente de la catedral de San Pablo, con la firme impresión de que era una imagen de la Virgen María. Le sorprendió un poco la falta de respeto a la imagen que mostraba la gente trajinando por allí. No comprendía que el único principio histórico esencial de aquella gente, la única ley verdaderamente grabada en sus corazones era la grande y confortativa aseveración de que la reina Ana se ha muerto. Fe tan fundamental como su fe en que Nuestra Señora vive. Todas las personas con quien había hablado desde que tocó en la margen de nuestras costumbres y civilización, resultaron simpatizantes o hipócritas. O si habían dicho blasfemias probadas, no fue capaz de entenderlas.

En la costa fantástica de la tierra gaélica, por donde anduvo de chico, los peñascos eran tan fantásticos como las nubes. El cielo parecía humillarse y acercarse a la tierra. Los senderos de su aldea comenzaban a trepar de pronto y parecían resueltos a escalar el cielo. Dijérase que el firmamento se derrumbaba sobre los cerros; los cerros servían de sostén al firmamento. En el suntuoso crepúsculo de oro, púrpura y verde, nubecillas e isletas se equivalían. Evan vivió como un hombre que camina por una frontera, la frontera entre este mundo y el otro. Como tantos hombres y naciones desarrollados en contacto con la naturaleza y las cosas ordinarias, entendió lo sobrenatural antes de entender lo natural. Había visto ángeles misteriosos arrodillados en la yerba, antes de haberse fijado en la yerba. Supo que las vestiduras de Nuestra Señora eran azules, antes de saber que las eglantinas holladas al pasar eran rojas. Cuanto más profundamente penetraba su memoria en las oscuras moradas de la infancia, más y más se acercaba a cosas inefables. Durante toda su vida consideró el mundo sublunar a manera de residuo divino, como restos inconexos de su primera visión. Cielos y montañas eran las heces espléndidas de otro lugar. Las estrellas, joyas perdidas por la Reina celestial. Al marcharse, Nuestra Señora se había dejado aquí las estrellas, casualmente

Su tradición de familia era igualmente primitiva, ajena al mundo. Su bisabuelo, despedazado en la batalla de Culloden, se persuadía en el postrimer instante que Dios restauraría al Rey. Su abuelo, a la sazón mozo de diez años, retiró de la mano del muerto la terrible claymore y la colgó en su casa, bruñéndola y afilándola durante sesenta años, para estar pronto a la próxima rebelión. Su padre, el más joven de los hermanos a todos los cuales sobrevivió, se había negado a ver a la reina Victoria en Escocia. Evan, del mismo corte que sus progenitores, no se había muerto con ellos, sino que vivía en el siglo xx. No se parecía lo más mínimo al lastimoso tipo de jacobita que llena las historias, a quien el progreso decisivo de todas las cosas va dejando atrás. Era, en su propia fantasía, conspirador acérrimo y a la altura de su época. En las tardes tenebrosas, largas, del invierno montañés conspiraba y fumaba en la oscuridad. Y levantaba en las arenas desoladas de Arisaig planos para tomar a Londres.

Cuando llegó para apoderarse de Londres, en vez de un ejército con insignia blanca, traía un bastón y un saquito. Londres lo intimidó un poco, no porque le pareciese grande o aun terrible, sino porque lo desconcertó; no era la Ciudad de oro, o siquiera el infierno: era el Limbo. Recibió una sacudida fuerte al revolver la esquina maravillosa de Fleet Street y encararse con la catedral de San Pablo, perfilándose en el cielo.

— Ah! — exclamó, tras una pausa larga —, esto lo construyeron los Estuardos.

Luego, con gesto agrio, se preguntó cuál sería el monumento equivalente de los Brunswicks y de la Constitución protestante. Pensándolo un poco, escogió el anuncio de unas píldoras, colocado en las alturas.

Hora y media después sus emociones lo dejaron, vacía la mente, en el mismo sitio; y en una manera de divagación perezosa, vino a encontrarse parado ante la redacción de El Ateo. No vio la palabra "ateo", o si la vio, es muy posible que no entendiese su significado. El papel mismo, tal como era, no habría lastimado al inocente montañés, de no mediar el hecho, tan imprevisto como fastidioso, de que el inocente montañés lo leyese tontamente hasta el fin; cosa nunca vista entre los suscriptores más entusiastas del periódico, y ocasionada a crear, en su caso, situaciones nuevas.

Con el fino instinto periodístico peculiar de toda su escuela, el director de El Ateo había puesto en el primer lugar del periódico y en lo más visible de la vidriera un artículo titulado "La mitología mesopotámica y su influencia en el folklore siríaco". Mr. Evan MacIan comenzó a leer muy distraídamente, como si leyese noticias y anuncios relativos a una joven desaparecida en Brighton o a un remedio para la bilis. Recibió la copiosa suma de datos acumulados por el autor, con la fatigosa perspicacia de los niños en las tardes bochornosas del verano — esa fatigosa perspicacia que los lleva a seguir haciendo preguntas mucho después de haber perdido interés por el asunto y de estar tan fastidiados de él como su aya —. Las calles estaban llenas de gente y vacías de aventuras. Lo mismo podía enterarse de los dioses de Mesopotamia como no enterarse; así, arrimando su rostro, largo y flaco, a la turbia y glacial vidriera, leyó cuanto había que leer acerca de los dioses de Mesopotamia. Leyó cómo en Mesopotamia había un dios llamado Sho (que a veces se pronunciaba Ji), descrito como un ser muy poderoso, semejanza notable con ciertas expresiones relativas a Jahveh, de quien también se dice que tenía poder. Evan no había oído en toda su vida hablar de Jahveh, e imaginándose que sería otro ídolo de la Mesopotamia, siguió leyendo con obtusa curiosidad. Aprendió que el nombre Sho, bajo su tercera forma, Psa, aparece en una Leyenda primitiva que cuenta cómo la deidad, a la manera de Júpiter en tantas ocasiones, sedujo a una Virgen y engendró un héroe. No es esencial en nuestra existencia el nombre del héroe, que fue, según cuentan, el héroe principal y el Salvador en el sistema moral mesopotámico. Seguía un párrafo citando otros ejemplos de héroes y salvadores nacidos de relaciones depravadas entre un dios y un mortal. Después seguía otro párrafo, pero Evan no lo entendió. Lo leyó otra vez, y otra. Entonces lo entendió. El cristal cayó hecho pedazos en el pavimento, y Evan se precipitó por la vidriera de la tienda, blandiendo el bastón.

—¿Qué es esto? — exclamó, irguiéndose, Mr. Turnbull, el pequeño, flameante el cabello — ¿cómo se atreve usted a romperme la vidriera?

—Porque era lo más rápido para caer sobre usted — gritó Evan, pateando —. Con que, ¡alto y a luchar!, cobarde borracho. Vamos, loco asqueroso, defiéndase. ¿ Tiene usted aquí armas?

—¿ Está usted loco? — preguntó Turnbull con descaro.

—¿ Y usted? — gritó Evan —. ¿Quién más que un loco embadurna su casa con porquerías que ofenden a Dios? Defiéndase y a la lucha, repito.

El rostro de Mr. Turnbull se esclareció con un fuerte albor. Por entre sus pelos y barba rojos, se le vio palidecer densamente de gozo. Por fin, tras de veinte años solitarios de trabajo inútil, hallaba la recompensa. Había uno que se encolerizaba con el periódico. Brincó como un chico; vio que se abría ante él una juventud nueva. Y, como no es raro que les ocurra a los señores de edad madura cuando ven abrirse ante ellos una nueva juventud, se encontró en presencia de la policía.

Los policías, tras interrogarlos gravemente, echaron mano a los dos entusiastas. Mostraban, sin embargo, más respeto al joven que había quebrado los cristales que al descreído a quien se los habían quebrado. En el porte de Evan MacIan había un aire de misterio refinado, que le faltaba al irascible tenderillo, aire de misterio refinado que impresionaba a los policías, porque los policías, como otros muchos tipos ingleses, eran poetas y snobs juntamente. Presentían que MacIan pudiera ser un caballero; manifiestamente, no lo era el periodista. Y las invocaciones del director, bellas, racionalistas y republicanas, al respeto de la ley, y su ardor por que lo juzgasen otros ciudadanos, sus iguales, parecieron a los policías una jerigonza, como se lo hubiera parecido el misticismo de Evan. La policía no estaba habituada a oír hablar de principios, ni siquiera de los principios de su propia existencia.

El juez, ante quien los llevaron para ser juzgados, era un tal Cumberland Vane, hombre de mediana edad, jovial, honrosamente afamado por la levedad de sus sentencias y la agilidad de su conversación. En ocasiones se inflamaba en una especie de furor teórico contra ciertos delincuentes especiales, como los individuos que hurtan dinero a sus mujeres; hablaba, con tono sentimental y desenfadado, de la conveniencia de azotarlos, y lo desconcertaba irremediablemente el hecho de que las mujeres se encolerizasen con él más que con sus maridos. Hombre alto, acicalado, con un hilo de bigote negro y traje de mañana incomparable. Con toda la apariencia de un caballero, aunque, en cierto modo, de un caballero de teatro.

A menudo había juzgado delitos graves contra el orden o la propiedad con benigna locuacidad. Ahora, a propósito de la simple rotura de una vidriera, estuvo casi estrepitoso.

—Vamos a ver. Mr. MacIan — dijo arrellanándose en el sillón —, ¿ entra usted siempre en casa de sus amigos metiéndose por un cristal? (Risas.)

—No es amigo mío — dijo Evan, con la estolidez de un chico lerdo.

—¿No es su amigo? — dijo el juez, chispeante —. ¿Es su cuñado? (Risas estruendosas y prolongadas.)

—Es mi enemigo — dijo sencillamente Evan — Es enemigo de Dios.

Míster Vane cambió vivamente de postura, dejando caer el monóculo, en un momento de visible desconcierto.

—No tiene usted por que hablar de eso aquí — dijo ásperamente y con cierta precipitación —. Eso no nos concierne.

Evan abrió sus grandes ojos azules, y comenzó:

—Dios...

—Basta — dijo el juez, colérico —. Es una impertinencia hablar de tales cosas... e... e... en público, ante un tribunal. La religión .... e... es una cuestión demasiado personal para mencionarla en este sitio.

—¿De veras? — contestó el montañés —. Entonces, ¿por qué acaban de jurar los policías?

----No hay paridad — contestó Vane, que se irritaba —. Es claro, hay una forma de juramento..., que debe prestarse con reverencia .. con reverencia, y se acabó. Pero hablar en público acerca de uno de los sentimientos más sagrados, más íntimos..., eso me parece de mal gusto. (Ligeros aplausos.) Me parece irreverente, por más que yo no sea precisamente un ortodoxo.

—Veo que no lo es usted — dijo Evan —. Pero yo lo soy.

— Nos apartamos de la cuestión — dijo el juez, corrigiéndose —. ¿Puedo saber por qué ha roto usted la vidriera de este digno ciudadano?

Evan palideció un poco al recordarlo, pero respondió con la precisión fría e implacable que venía mostrando:

—Porque ha blasfemado de Nuestra Señora.

—Le digo a usted de una vez para siempre — gritó mister Cumberland Vane, golpeando colérico en la mesa con los nudillos —, le digo a usted de una vez para siempre, señor mío, que no le consiento a usted que ande a vueltas con la gazmoñería y la declamación religiosa. No se imagine usted que eso me impresiona. Los más religiosos no son los que hablan de religión. (Aplausos.) Limítese usted a contestar a mis preguntas.

—A eso me he limitado — dijo Evan, con leve sonrisa.

—¿Eh? — exclamé Vane, relampagueante la mirada a través del lente.

—Usted me ha preguntado por qué he roto la vidriera — dijo MacIan, con cara dura —. He contestado: Porque ha blasfemado de Nuestra Señora. No tuve otra razón. Así, no tengo otra respuesta.

Vane continuaba mirándole con una dureza desusada.

—No ha tomado usted el mejor camino, señor — dijo, con severidad —, no ha tornado usted el mejor camino para... para que el caso se mire con benevolencia. Si usted hubiese dicho sencillamente que le pesaba de lo que había hecho, yo me habría sentido muy inclinado a despachar el asunto como un acceso de cólera. Ahora mismo, si dice usted que lo siente, .......

— ¡ Pero si no lo siento nada! — dijo Evan —. Estoy muy contento.

—Verdaderamente, creo que está usted loco — dijo el juez, indignado, porque como hombre de buen natural, había hecho lo posible por componer el litigio —. ¿ Cree usted tener algún derecho para romper las vidrieras del prójimo porque sus opiniones no son iguales a las de usted? Este hombre no hacia más que expresar su creencia sincera.

—También yo — dijo el montañés.

—¿Y quién es usted? — estalló Vane —. ¿Sus opiniones son necesariamente las mejores? ¿Está usted necesariamente en posesión de la verdad?

— dijo MacIan

El juez soltó una risa despreciativa.

—Necesita usted una enfermera que le cuide — dijo —. Pagará usted diez libras.

Evan MacIan hundió las manos en sus descuidadas ropas grises y extrajo una bolsa de cuero, de extraña hechura. Contenía exactamente doce soberanos. Pagó diez, uno a uno, en silencio, e igualmente en silencio volvió los dos restantes al receptáculo. Entonces, dijo:

—¿ Su señoría me permite decir una palabra?

Cumberland Vane parecía medio hipnotizado por el silencio y los movimientos automáticos del forastero; hizo un movimiento de cabeza que podía significar si o no.

—Unicamente deseaba decir — prosiguió MacIan, guardándose la bolsa en el pantalón — que romper la vidriera ha sido, lo confieso, una cosa inútil y fuera de lo regular. Sin embargo, puede excusarse como simple preliminar de lo que vendrá más tarde, como una especie de prefacio. Dondequiera y cuandoquiera que encuentre a ese hombre — y apuntaba al director de El Ateo —, sea al pasar esa puerta dentro de diez minutos, sea de aquí a veinte años en algún país lejano, donde y cuando pueda encontrar a ese hombre, reñiré con él. No hay que asustarse. No voy a caer sobre él como un matón, ni a darle una paliza abusando de mi fuerza. Reñiré como caballero; reñiré como reñían nuestros padres. El escogerá las condiciones, espada o pistola, a pie o a caballo. Pero si rehusa, en todas las paredes del mundo escribiré que es un cobarde. Si hubiese dicho de mi madre lo que ha dicho de la madre de Dios, no se encontrarían en Europa personas de honor que negasen mi derecho a retarlo. Si lo hubiese dicho de mi mujer, vosotros, ingleses, me habríais perdonado que lo apalease como a un perro en medio de la calle. Sepa su señoría que yo no tengo madre, ni mujer. Tengo únicamente lo que tiene el pobre como el rico; lo que tiene el hombre solo, igual que el de muchos amigos. Todo este mundo, extraño para mi, me acoge, porque en lo más intimo de él hay un hogar; este mundo cruel, es benigno conmigo, porque más alto que los cielos hay algo más humano que la humanidad. Si un hombre no riñe por esto, ¿por qué reñirá? Yo reñiría por mi amigo, pero si pierdo el amigo, yo permanezco. Yo reñiría por mi país, pero si pierdo a mi país, aún existiría yo. Pero si lo que este demonio sueña fuese verdad, yo no existiría... reventaría como una burbuja, desaparecería. No podría vivir en un universo imbécil. ¿No he de reñir por mi propia existencia?

El juez recobró la voz y la presencia de ánimo. La primera parte del discurso, el reto ampuloso y brutalmente práctico, le paralizó de sorpresa; pero las demás observaciones de Evan, ramificándose en frases teóricas, infundieron en la vaguedad de su ánimo, muy inglés (atiborrado de prevenciones y compromisos, respecto del modo de hablar en público), un indefinible alivio, como si el hombre, aunque loco, resultase menos peligroso de lo que había pensado. Soltó una especie de risa tediosa.

—En nombre del cielo, hombre — dijo —, no hable usted tanto. Deje usted algo a los demás. (Risas.) Espero que todo eso de retar a duelo a Mr. Turnbull será una broma. Por si acaso, va usted a comprometerse ante mí a que harán las paces.

—Las paces — repitió Evan — ¿Con quién?

—Con Mr. Turnbull — dijo Vane.

—No por cierto — respondió MacIan —. ¿Qué tiene él que ver con la paz?

—¿Quiere usted decir — comenzó el juez — que se niega usted a...

La voz de Turnbull se alzó por vez primera.

—¿ Me permite su señoría — dijo — indicar que yo puedo componer, hasta cierto punto, esta cuestión ridícula? Este caballero, algo bravío, promete que no me atacará de modo grosero...y si lo hace, es seguro que la policía se las entenderá con él. Pero dice que no lo hará. Dice que me retará a duelo: y no puedo decir cosa más fuerte sobre su estado mental sino que creo sumamente probable que me rete. (Risas.) Pero hacen falta dos para que haya duelo. (Nuevas risas.) No me preocupa lo más mínimo que me designen en todas las paredes del mundo como un cobarde que no quiso batirse en Fleet Street, por si la Virgen María tiene o no tiene su equivalente en la mitología mesopotámica. Créame su señoría, no necesita molestarse en obligarle a hacer las paces. Yo me obligo a estar en paz con é1, y puede su señoría tener la seguridad plena de que no habrá duelo conmigo por ese motivo.

Mister Cumberland Vane, riéndose con cierto alivio, divagó un poco.

—Es usted como un soplo de la brisa de abril, señor— exclamó —. Después de este tipo, es usted el ozono. Tiene usted razón. Quizás he tomado la cosa demasiado en serio. Me gustaría verlo cuando le desafíe a usted, y verlo a usted sonreír. Basta.

Evan salió de la sala de audiencia libre, pero con extraña agitación, como hombre febril. Habría encontrado natural que lo castigasen de alguna manera; pero la súbita coyuntura de la risa de su juez con la risa del hombre a quien había ofendido le hicieron sentirse, de repente, muy pequeño, o cuando menos, vencido. Era innegable que el mundo moderno miraba su mundo como una engañifa. Ninguna crueldad se lo habría demostrado, pero la benevolencia se lo probaba con espantosa claridad. Y conforme estaba ponderándolo, reparó súbitamente en un tipo exiguo, tieso, plantado frente a é1. Sus ojos grises, terribles; su barba, roja. Era Turnbull.

—Bien, señor — dijo el director de El Ateo — ¿Dónde será el duelo? Designe usted el sitio.

Evan se quedó como herido del rayo. Balbuceó algo, no sabía qué; solamente lo conjeturaba por la respuesta del otro.

—¿Que si tengo gana de batirme? ¿Que si tengo gana de batirme? — exclamó el furioso librepensador —.¡Cómo! Este loco, este espantajo de la superstición, piensa que sus puercos santos son la única gente capaz de morir. ¿ No habéis vosotros ahorcado, quemado, cocido a los ateos, y ninguno ha renegado de su fe? ¿Piensa usted que no tenemos gana de pelea? Día y noche he pedido, he ansiado una revolución atea; he ansiado ver vuestra sangre y la nuestra en las calles. ¿ Será la de usted o la mía?

—Pero usted dijo... — comenzó MacIan.

—Ya sé — dijo Turnbull despreciativamente —. ¿Y usted qué dijo? Usted, condenado loco, dijo cosas bastantes para que nos hubiesen encarcelado un año, dejándonos a la cuarta pregunta por otros cinco. Si tenía usted ganas de batirse, ¿por qué fue a contárselo a ese asno? Yo lo he sacado a usted de allí para que riñamos, si tiene ganas. Riñamos, pues, si se atreve.

—Está jurado — dijo MacIan tras una pausa —. Le juro a usted que nada podrá interponerse entre nosotros. Le juro a usted que nada entrará en mi corazón ni en mi cabeza hasta que se crucen nuestras espadas. Lo juro por el Dios que usted ha negado, por la Bendita Señora de que usted ha blasfemado; lo juro por las siete espadas de su corazón. Lo juro por la santa isla donde yacen mis padres, por el honor de mi madre, por el secreto de mi raza, por el cáliz de la sangre de Dios.

El ateo, irguiendo la cabeza, dijo:

—Y yo, doy mi palabra.


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