FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


 

El rey del aborto : Bernard Nathanson

Compaginado a partir de textos ubicados en las siguientes direcciones: 

http://www.fluvium.org/textos/documentacion/abo20.htm

http://catholiceducation.org

http://www.archimadrid.es/dpuniversitaria/prindpu/prpridpu/quien/10elrey.htm

Bernard Nathanson, un médico abortista arrepentido de su pasado y converso al catolicismo, se presenta a sí mismo como "un asesino de masas". "Soy el responsable de la muerte de 75.000 niños inocentes", asegura.

Nathanson, que fue conocido como "el rey del aborto", explica que dirigía la "mayor clínica abortista de Occidente, en Nueva York. Tenía 35 médicos a mi cargo, con 85 enfermeras. Hacíamos 120 abortos cada día en 10 quirófanos. Durante los 10 años que fui director realizamos 60.000 abortos. Además, yo supervisé 10.000 y personalmente realicé 5.000. Tengo 75.000 muertes inocentes en mi haber". "Yo tenía barcos, avionetas, fincas, mujeres... pero era todo en base a una gran mentira, la mentira de que la persona en el vientre materno no vale nada", prosigue.

El doctor Bernard Nathanson ha escrito el libro 'The Hand of God. A Journey from Death to Life by the Abortion Doctor Who Changed His Mind'. ("La mano de Dios. Un viaje de la muerte a la vida por el doctor del aborto que cambió su forma de pensar".) 

Se trata de la autobiografía de quien fue conocido en Nueva York como 'el rey del aborto', se convirtió luego en destacado defensor de la vida y ha acabado ingresando en la Iglesia católica. La categoría intelectual y moral del doctor Nathanson ha hecho que otros muchos que practicaban o fomentaban el aborto, incluídos algunos parlamentarios, reconozcan su error y se unan a la lucha en favor de la vida humana más indefensa. Sencillamente, el aborto y su cortejo -desde la grotesca eutanasia del doctor Kevorkian hasta los embriones congelados de Gran Bretaña- son asuntos que nunca quedarán zanjados, pues afectan al sentido mismo de la vida humana.

En ningún lugar se puede ver mas clara que en Estados Unidos en este momento de la historia la división entre las fuerzas de la «cultura de la muerte» y «la civilización del amor». Las conversiones de Nathanson, primero a la causa pro-vida y luego al cristianismo, son altamente significativas, en cuanto muestras del poder de la evidencia científica y de la oración. Y manifiestan, además, la estrecha conexión que existe entre Dios y la ley natural inscrita por él en la naturaleza humana. Quien reconoce y sigue la ley natural, es muy posible que acabe encontrando a Dios y a la Iglesia.

Muchos lectores conocen a grandes rasgos la historia del doctor Nathanson. En 1969 fundó, junto con otras personas, la Asociación nacional para la revocación de las leyes contra el aborto (NARAL, más tarde rebautizada Liga nacional para la acción por el derecho al aborto, nombre que tiene las mismas siglas en inglés). Fue director del Centro de salud reproductiva y sexual (Nueva York), que era entonces la mayor clínica abortista del mundo. 

Al final de los años 70 renegó de su militancia en pro del aborto y llegó a ser un gran abogado de la causa pro-vida, en particular con el precursor libro "Aborting America" ("Abortando a América") y el video "El Grito Silencioso" ("The Silent Scream").

Este documento fue en verdad revolucionario: en él se empleó la tecnología médica más reciente para mostrar de forma definitiva todo el horror del aborto tal y como tiene realmente lugar dentro del vientre materno. Este video, junto con su continuación, "The Eclipse of Reason" ("El eclipse de la razón") fue ampliamente exhibido no solo para el público en general a través de numerosas televisiones del mundo, sino también en sesiones especiales para parlamentarios de distintos países.

Nathanson pronto se convirtió en el blanco de las iras de las fuerzas de la cultura anti-vida en Estados Unidos. Su cambio de actitud al persuadirse de la realidad objetiva del aborto -la supresión de una vida humana inocente- le hizo objeto habitual de radicalización y sátira. Desde entonces ha simultaneado una prestigiosa labor como tocólogo y como profesor universitario, con viajes por todo el mundo para dar conferencias en defensa de los no nacidos.

Ahora, próximo ya a jubilarse, ha publicado su autobiografía, con impresionantes revelaciones sobre cómo un hombre pudo llegar a ser abortista. Pero es también un testimonio fehaciente del poder de la gracia divina, escrito cuando estaba a punto de dar el último paso con su bautismo y su incorporación a la Iglesia de Cristo.

El libro no es fácil ni agradable de leer, pues revela unas malas acciones verdaderamente repugnantes. Lo destacable y digno de elogio es que el autor no se excusa por su comportamiento. Aunque el lector no justifique la conducta de Nathanson, al menos encontrará muchas razones para comprenderla cuando conozca cómo fue la infancia y adolescencia del autor, criado en un ambiente familiar que con verdad se puede describir como falto de amor.

Nathanson relata con minuciosidad sus primeros años en Nueva York, en el seno de una familia aquejada de graves anomalías desde al menos, al parecer, dos generaciones antes.En aquel hogar no hacia el menor atisbo de fe religiosa ni de lealtad o cariño familiar. La religión no tuvo papel alguno en su educación. Su familia, judía, no practicaba la fe, aunque celebraba las fiestas religiosas, quizá al igual que muchos cristianos siguen festejando en cierto modo la Pascua o la Navidad, sin que estas solemnidades tengan consecuencias reales en su forma de pensar o de comportarse.

Es realmente impresionante cómo describe Nathanson la idea que en su niñez tenía de Dios. «Mi imagen de Dios era -concluyó al reflexionar sobre ella al cabo de seis decenios- la figura amenazadora, majestuosa y barbuda del Moisés de Miguel Ángel. Sentado en lo que parecía ser su trono, considerando mi destino y a punto de lanzar su juicio inexorablemente condenatorio. Así era mi Dios judío: terrible, despótico e implacable.

En una fase posterior de su vida, cuando cumplía el servicio militar en la aviación, para sobrellevar las horas muertas leyó un libro sobre la Biblia. Allí descubrió que «el Dios del Nuevo Testamento era una figura amable, clemente e incomparablemente cariñosa. En ella iría después a buscar, y al fin encontraría, el perdón que por tanto tiempo y tan desesperadamente he deseado». Fue un presagio de su posterior conversión a la fe cristiana.

Su padre, el doctor Joey Nathanson, de religión judía, fue un prestigioso médico especializado en ginecología a quien el ambiente escéptico y liberal de la Universidad hizo abdicar de su fe. Su matrimonio con Harriet Dover -la madre de Bernard-, también judía, resultó un fracaso. Antes de su boda, Joey había querido romper el compromiso pero su novia lo amenazó con suicidarse, provocando así el escándalo que sin duda, echaría por tierra la brillante carrera profesional de Joey. 

Se casaron. Al menos la dote de Harriet resultaba un estímulo para ceder. Pero Joey sólo consiguió que los Dover, con la intervención de un juez, entregasen la mitad de lo prometido. El ambiente del hogar era imposible, "había demasiada malicia, conflictos y revanchismo y odio en la casa donde yo crecí", dirá Bernard.

Dice Nathanson: "me crié judío, 3 veces a la semana iba a la escuela judía. Mi padre, educado como judío pero alejado de la fe, me preguntaba por lo que yo aprendía y se reía de mí y ridiculizaba lo que me enseñaban. A los 13 años, tras la ceremonia de entrada en la vida adulta judía, dejé de acudir a la sinagoga. Era un judío ateo", comenta el médico.

Profesional y personalmente Bernard Nathanson siguió durante buena parte de su vida los pasos de su padre. Estudió medicina en la Universidad de McGill (Montreal), y en 1945 se enamoró de Ruth, una joven y guapa judía. Vivieron juntos los fines de semana, y hablaban de matrimonio... cuando Ruth quedó embarazada. Bernard escribió a su padre para consultar con él la posibilidad de contraer matrimonio. 

La respuesta fueron cinco billetes de 100 dólares junto con la recomendación de que eligiese entre abortar o ir a los Estados Unidos para casarse. Así que Bernard puso su carrera por delante y convenció a Ruth de que abortase.

"Tuve mi primera experiencia con el aborto en la Facultad. Mi novia quedó embarazada, y nos parecía imposible casarnos.""Lloramos los dos por el niño que íbamos a perder y por nuestro amor que sabíamos iba a quedar irreparablemente dañado con lo que íbamos a hacer".No la acompañó a la intervención. Ruth volvió sola a casa, en un taxi, con una fuerte hemorragia y estuvo a punto de morir. Le había practicado el aborto un incompetente.

"Mi padre me pasó dinero para pagar el aborto, ilegal, que se complicó. Ella casi murió. Yo la cuidaba, y me llenaba de indignación social contra el aborto ilegal." Se recuperó, milagrosamente, pero no tardaron en romper. "Este fue el primero de mis 75.000 encuentros con el aborto, me sirvió de excursión iniciadora al satánico mundo del aborto", confiesa el Dr. Nathanson.

Tras graduarse, Bernard inició su residencia en un hospital judío. Después pasó al Hospital de Mujeres de Nueva York donde sufrió personalmente la violencia del antisemitismo, y entró en contacto con el mundo del aborto clandestino. Por entonces ya había contraído matrimonio con una joven judía, tan superficial como él, según confesaría. Su unión no duró más que cuatro años y medio y acabó con un divorcio en México.

Fue entonces cuando conoció a Larry Lader. A aquel médico sólo le obsesionaba una idea: ¡conseguir que la ley permitiese el aborto libre y barato! Para eso fundó la Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto, en 1969, una asociación que intentaba culpabilizar a la Iglesia de cada muerte que se producía en los abortos clandestinos.

Pero fue en 1971 cuando Nathanson se involucró más directamente en la práctica de abortos. Las primeras clínicas abortistas de Nueva York comenzaban a explotar el negocio de la muerte programada, y en muchos casos su personal carecía de licencia del Estado o de garantías mínimas de seguridad. Tal fue el caso de la dirigida por el Dr. Harvey. Las autoridades estaban a punto de cerrar esta clínica cuando alguien sugirió que Nathanson podría ocuparse de su dirección y funcionamiento.

Se daba la paradoja increíble de que, mientras estuvo al frente de aquella clínica, en aquel lugar existía también un servicio de ginecología y obstetricia: es decir, se atendían partos normales al mismo tiempo que se practicaban abortos. Por otra parte, Nathanson desarrollaba una intensa actividad, dictando conferencias, celebrando encuentros con políticos y gobernantes de todo el país, presionándoles para lograr que fuese ampliada la ley del aborto.

"Yo estaba muy ocupado. Apenas veía a mi familia. Tenía un hijo de pocos años y una mujer, pero casi nunca estaba en casa. Lamento amargamente esos años, aunque sólo sea porque he fracasado en ver a mi hijo crecer. También era un paria en la profesión médica. Se me conocía como el rey del aborto".

Nathanson realizó en este periodo más de 60.000 abortos. A finales de 1972, agotado, dimitió de su cargo en la clínica. "He abortado -dirá- a los hijos no nacidos de amigos, colegas, conocidos e incluso profesores".

Llegó incluso a abortar a su propio hijo. "A mitad de los sesenta dejé encinta a una mujer que me quería mucho". (...) Ella quería seguir adelante con el embarazo pero él se negó. " Ella no quería abortar pero yo la persuadí. Puesto que yo era uno de los expertos en el tema, yo mismo realizaría el aborto, le expliqué. Y así lo hice"."Quería el mejor abortista, y ése era yo: lo hice y así ejecuté a mi propio hijo, fríamente, sin sentimiento, otro procedimiento quirúrgico más para mí", prosigue.

En los capítulos siguientes, Nathanson relata lo que, en gran parte, ya había explicado en su libro Aborting America sobre su creciente participación en la campaña por la liberalización del aborto en Estados Unidos, proceso que culminó, como es sabido, en 1973, con la sentencia del Tribunal Supremo que de hecho legalizó el aborto a petición.

"Junto a otro hombre creé la Liga de Acción Nacional por el Derecho al Aborto. Tuvimos éxito: en dos años conseguimos destruir la ley de Nueva York que penalizaba el aborto desde 1829. Pero el aborto legal no bastaba: debía ser "barato, seguro y humanitario"", comenta el ahora anciano médico.

Pero, a partir de ahí, las cosas empezaron a cambiar. Dejó la clínica abortista y pasó a ser jefe de obstetricia del Hospital de St. Luke´s. La nueva tecnología, el ultrasonido, hacía su aparición en el ámbito médico. El día en que Nathanson pudo observar el corazón del feto en los monitores electrónicos, comenzó a plantearse por vez primera "qué es lo que estábamos haciendo verdaderamente en la clínica".

Nathanson vió con claridad la evidencia científica, en gran parte gracias a las nuevas tecnologías, que le permitieron observar al niño en el vientre materno. «Aquello» que había abortado miles de veces era en realidad un ser humano desde el instante de la concepción.

"En esa época no sabíamos nada del feto, no teníamos forma de medirlo, ni verlo, ni confirmar su humanidad. Nuestro interés se centraba en la mujer, no en el bebé, pero cuando dejé la clínica y fui director de obstetricia en el Saint Luke Hospital de Nueva York, algo cambió", comenta. 

"Allí empezábamos a tener la tecnología con la que hoy contamos. Por primera vez pudimos estudiar al ser humano en el vientre y descubrimos que no era distinto de nosotros: comía, dormía, bebía líquidos, soñaba, se chupaba el dedo, igual que un niño recién nacido. La verdad era que esto era un ser humano con dignidad, dada por Dios, que no debía ser destruido o dañado", afirma Nathanson.

Dejó de practicar abortos y llegó a ser el converso y defensor de la causa pro-vida más conocido en Estados Unidos, en especial por sus innovadores videos. Un nuevo experimento con los ultrasonidos sirvió de material para un documental que llenó de admiración y horror al mundo. Se titula "El grito silencioso".

Sucedió en 1984: "Le dije a un amigo que practicaba quince, o quizás veinte, abortos al día: Oye, Jay, hazme un favor. El próximo sábado coloca un aparato de ultrasonidos sobre la madre y grábame la intervención. Lo hizo y, cuando vio las cintas conmigo, quedó tan afectado que ya nunca más volvió a realizar un aborto. Las cintas eran asombrosas, aunque no de muy buena calidad. Seleccioné la mejor y empecé a proyectarla en mis encuentros provida por todo el país".

"Tras 3 ó 4 años de estudiar al feto me hice provida; cuestioné el aborto con conferencias e hice dos películas. En una se veía un aborto real, un niño de 12 semanas aspirado hasta la muerte. Se veía cómo le succionaban brazos y piernas, se rompía el torax, etc, era muy fuerte. Los proabortistas dijeron que era un montaje. Yo les he animado siempre a que, si piensan así, que hagan ellos su propia película de un aborto real, con sus propias imágenes. Nunca lo han hecho, porque saben muy bien lo que se vería".

Decidió reconocer su error. En la revista médica The New England Journal of Medicine, escribió un artículo sobre su experiencia con los ultrasonidos, reconociendo que en el feto existía vida humana. Incluía declaraciones como la siguiente: "el aborto debe verse como la interrupción de un proceso que de otro modo habría producido un ciudadano del mundo. Negar esta realidad es el más craso tipo de evasión moral".

Aquel artículo provocó una fuerte reacción. Nathanson y su familia recibieron incluso amenazas de muerte. Pero la evidencia de que no podía continuar practicando abortos se impuso. "Había llegado a la conclusión de que no había nunca razón alguna para abortar: el aborto es un crimen".

Quedaba aún el camino de vuelta a Dios. Una primera ayuda le vino de su admirado profesor universitario, el psiquiatra Karl Stern -señala Nathanson-.Durante sus estudios de medicina en la universidad McGill (Canada), tuvo como profesor al famoso psiquiatra judío Karl Stern, que había emigrado desde la Alemania nazi. Esta relación tendría consecuencias positivas varios decenios después, cuando Nathanson empezó a examinar más de cerca las razones del cristianismo.

De Stern dice: «Era la figura dominante en el departamento: un gran profesor; un orador fascinante, elocuente incluso, aunque utilizaba un idioma que no era el suyo, y un polemista brillante que infaliblemente disparaba ideas originales y atrevidas (...). Con Stern tuve una especie de culto al héroe, estudié la psiquiatría con la diligencia de un escriba que escudriña la Biblia, y a cambio me dieron el premio de psiquiatría al acabar el cuarto curso (...). Stern transmitía una serenidad y una seguridad indefinibles. Entonces yo no sabía que en 1943, tras años de meditación, lectura y estudio, se había convertido al catolicismo».

Más tarde, Nathanson leyó la famosa autobiografía de Stern, "The Pillar of Fire" ("La columna de fuego"). Entonces comprendió que Stern «poseía un secreto que yo había estado buscando toda mi vida: el secreto de la paz de Cristo». Como suele ocurrir en las historias de conversiones, fueron la oración y el ejemplo de muchos de sus amigos y colegas pro-vida los que terminaron por vencer la resistencia del ateo endurecido, que pudo así comprender que puede haber un sitio en el corazón de Dios incluso para gente como él.

El movimiento provida le había proporcionado el primer testimonio vivo de la fe y el amor de Dios. En 1989 asistió a una acción de Operación Rescate en los alrededores de una clínica. El ambiente de los que allí se manifestaban pacíficamente en favor de la vida de los aún no nacidos le había conmovido: estaban serenos, contentos, cantaban, rezaban... Los mismos medios de comunicación que cubrían el suceso y los policías que vigilaban, estaban asombrados de la actitud de esas personas.

Nathanson quedó afectado "y, por primera vez en toda mi vida de adulto -dice-, empecé a considerar seriamente la noción de Dios, un Dios que había permitido que anduviera por todos los proverbiales circuitos del infierno, para enseñarme el camino de la redención y la misericordia a través de su gracia".

Cuenta que los participantes «rezaban, se apoyaban y animaban mutuamente, cantaban himnos de júbilo y recordaban constantemente unos a otros la prohibición absoluta de emplear violencia. Rezaban por los no nacidos, por las pobres mujeres que acudían a abortar y por los médicos y enfermeras de la clínica. Incluso rezaban por los policías y los periodistas destacados en el lugar. 

Y yo me preguntaba: ¿Cómo puede esta gente entregarse por un público que es -y será siempre- mudo, invisible e incapaz de agradecerles nada?».Ver aquellos manifestantes pro-vida, que estaban dispuestos a ir a la cárcel y a arruinarse por sus convicciones causó una honda impresión en Nathanson.

Entonces, dice, «por primera vez en toda mi vida de adulto, empecé a abrigar la noción de Dios, un Dios que paradójicamente me había llevado a través de los proverbiales círculos del infierno, sólo para mostrarme el camino hacia la redención y el perdón por medio de su gracia.

Ese pensamiento contradecía todas las dieciochescas certezas que tan queridas habían sido para mí; en un instante convirtió mi pasado en una repugnante ciénaga de pecado y maldad; me acusó y condenó de graves crímenes contra los que me amaban y contra aquellos que ni siquiera conocí; y a la vez -milagrosamente- me ofreció una reluciente chispa de esperanza, en la creencia, cada vez más firme, en que, hace dos milenios, Alguien había muerto por mis pecados y mi maldad".

"Durante diez años, pasé por un periodo de transición". Sintió que el peso de sus abortos se hacía más gravoso y persistente: "Me despertaba cada día a las cuatro o cinco de la mañana, mirando a la oscuridad y esperando (pero sin rezar todavía) que se encendiera un mensaje declarándome inocente frente a un jurado invisible".

Acaba leyendo. Las "Confesiones" -que califica de "alimento de primera necesidad"-, era su libro más leído, porque "San Agustín hablaba del modo más completo de mi tormento existencial; pero yo no tenía una Santa Mónica que me enseñara el camino y estaba acosado por una negra desesperación que no remitía".

En esa situación no faltó la tentación del suicidio, pero, por fortuna, decidió buscar una solución distinta. Los remedios intentados fallaban. "Cuando escribo esto, ya he pasado por todo: alcohol, tranquilizantes, libros de autoestima, consejeros. Incluso me he permitido cuatro años de psicoanálisis".

"A principios de los 80 yo tenía dinero, propiedades, bodegas, tres matrimonios fracasados, un hijo trastornado y 75.000 víctimas. Negaba que hubiese otra vida, pero sabía que la había. Deprimido, pensaba en el suicidio."

El espíritu que animaba aquella manifestación provida enderezó su búsqueda. Empezó a conversar periódicamente con un sacerdote católico, el P. John McCloskey.

"Conocí entonces a un sacerdote "provida" y empezó un diálogo de 7 años. Él fue mi guía, mi Virgilio en el infierno. Me convencí de la verdad, de que la gran mentira ya no dominaba mi vida. Ahora mi trabajo "provida" salía del corazón y del alma, no sólo del cerebro".

No le resultaba fácil creer, pero lo contrario, permanecer en el agnosticismo, llevaba al abismo. Progresivamente se descubría a sí mismo acompañado de Alguien a quien importaban cada uno de los segundos de su existencia: "Ya no estoy solo. Mi destino ha sido dar vueltas por el mundo a la búsqueda de ese Uno sin el cual estoy condenado, pero al que ahora me agarro desesperadamente, intentando no soltarme del borde de su manto".

Además del poderoso ejemplo de amor dispuesto al sacrificio que vio en los pro-vida, movieron también a Nathanson unas lecturas que apelaban a su inteligencia.

«Busqué en la literatura de conversos, incluído "The Pillar of Fire", de Karl Stern. También leí a Malcolm Muggeridge, Walker Percy, Graham Green, C.S. Lewis, el cardenal Newman y otros. Era totalmente coherente con mi carácter que examinara con atención la literatura disponible antes de embarcarme en una aventura tan temible y arriesgada como la de buscar a Dios».

Así se despide del lector el doctor Nathanson, cuando está a punto de ser recibido en la Iglesia católica, dispuesto para «cruzar el umbral de la esperanza», dejando atrás para siempre «la cultura de la muerte».

El 9 de diciembre de 1996, a las 7.30 de un lunes, solemnidad de la Inmaculada Concepción, en la cripta de la Catedral de S. Patricio de Nueva York, el Dr. Nathanson se convertía en hijo de Dios. Entraba a formar parte del Cuerpo Místico de Cristo, su Iglesia. El Cardenal John O´Connor le administró los sacramentos del Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

Un testigo expresa así ese momento: "Esta semana experimenté con una evidencia poderosa y fresca que el Salvador que nació hace 2.000 años en un establo continúa transformando el mundo. El pasado lunes fui invitado a un Bautismo. (...) Observé como Nathanson caminaba hacia el altar. ¡Qué momento! Al igual que en el primer siglo... un judío converso caminando en las catacumbas para encontrar a Cristo. Y su madrina era Joan Andrews. Las ironías abundan. Joan es una de las más sobresalientes y conocidas defensoras del movimiento provida... La escena me quemaba por dentro, porque justo encima del Cardenal O´Connor había una Cruz... Miré hacia la Cruz y me di cuenta de nuevo que lo que el Evangelio enseña es la verdad : la victoria está en Cristo".

Las palabras de Bernard Nathanson al final de la ceremonia, fueron escuetas y directas. "No puedo decir lo agradecido que estoy ni la deuda tan impagable que tengo con todos aquellos que han rezado por mí durante todos los años en los que me proclamaba públicamente ateo. Han rezado tozuda y amorosamente por mí. Estoy totalmente convencido de que sus oraciones han sido escuchadas. Lograron lágrimas para mis ojos".

En uno de los últimos capítulos, titulado " Hacia los tanatorios", Nathanson hace predicciones sobre lo que ya vaticinó con tanta claridad Pablo Vl en la encíclica Humane Vitae: una vez que se pierde el respeto por la vida humana en su comienzo, inevitablemente se llegará a la eutanasia. Pronostica que pronto habrá clínicas que harán negocio con la muerte.

«Basándome en mi experiencia con una modalidad similar de paganismo extremo, puedo predecir que habrá empresarios que montarán pequeños y discretos sanatorios para aquellos que deseen morir o hayan sido persuadidos o coaccionados o engañados por -los medicos (...). Pero eso no será más que la primera fase. Cuando los tanatorios prosperen y se expandan, formando cadenas de clínicas y redes de concesionarios, los economistas tomarán el mando, y recortarán gastos y costes corrientes a medida que aumente la competencia. En su versión final, los tanatorios -reorganizados, eficientes y económicamente intachables- se parecerán más que a ninguna otra cosa a las fábricas de producción en serie en que se han convertido las clínicas abortistas, y -en una fase posterior- a los hornos de Auschwitz».

Sin embargo, Nathanson termina el libro con una nota de esperanza en la misericordia, el perdón y la salvación ofrecida por Cristo.


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