FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


Cartas del diablo a su sobrino. (C.S. Lewis)

"Cartas del diablo a su sobrino" ("The Screwtape Letters") es el libro más vendido de C.S. Lewis, y una obra maestra de la ironía al servicio de la apologética. Un diablo ya entrado en años, relevado de su cargo de Tentador en la tierra, dirige desde el Infierno breves y experientes cartas a su joven sobrino, novato en el oficio, sobre el modo de tratar a su primer "paciente" humano. Un verdadero tratado de espiritualidad para ser leído "al revés", algo así como "Lo que debe evitar un cristiano". Humor (inglés, o tal vez, irlandés) a baldes, además. Ha sido editada esta versión castellana por RIALP, Madrid, por cuarta vez en 1994, traducido por Miguel Marías. Presentamos aquí la primera de las 31 cartas que componen la obra.

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Mi querido Orugario:

Tomo nota de lo que dices acerca de orientar las lecturas de tu paciente y de ocuparte de que vea muy a menudo a su amigo materialista, pero ¿ no estarás pecando de ingenuo? Parece como si creyeses que los razonamientos son el mejor medio de librarle de las garras del Enemigo. Si hubiese vivido hace unos (pocos) siglos, es posible que sí: en aquella época, los hombres todavía sabían bastante bien cuándo estaba probada una cosa y cuándo no lo estaba; y una vez demostrada, la creían de verdad; todavía unían el pensamiento a la acción, y estaban dispuestos a cambiar su modo de vida como consecuencia de una cadena de razonamientos. Pero ahora, con las revistas semanales y otras armas semejantes, hemos cambiado mucho todo eso. Tu hombre se ha acostumbrado, desde que era un muchacho, a tener dentro de su cabeza, bailoteando juntas, una docena de filosofías incompatibles. Ahora no piensa, ante todo, si las doctrinas son «ciertas» o «falsas», sino «académicas» o «prácticas», «superadas» o «actuales», «convencionales» o «implacables». La jerga, no la argumentaci6n, es tu mejor aliado en la labor de mantenerle apartado de la Iglesia. ¡ No pierdas el tiempo tratando de hacerle creer que el materialismo es la verdad! Hazle pensar que es poderoso, o sobrio, o valiente ; que es la filosofía del futuro. Eso es lo que le importa.

La pega de los razonamientos consiste en que trasladan la lucha al campo propio del Enemigo: también El puede argumentar, mientras que, en el tipo de propaganda realmente práctica que te sugiero, ha demostrado durante siglos estar muy por debajo de Nuestro Padre de las Profundidades. El mero hecho de razonar despeja la mente del paciente, y, una vez despierta su razón, ¿quién puede prever el resultado? Incluso si una determinada línea de pensamiento se puede retorcer hasta que acabe por favorecernos, te encontrarás con que has estado reforzando en tu paciente la funesta costumbre de ocuparse de cuestiones generales y de dejar de atender exclusivamente al flujo de sus experiencias sensoriales inmediatas. Tu trabajo consiste en fijar su atención en este flujo. Enséñale a llamarlo «vida real», y no le dejes preguntarse qué entiende por «real».

Recuerda que no es, como tú, un espíritu puro. Al no haber sido nunca un ser humano (¡oh, esa abominable ventaja del Enemigo!), no te puedes hacer idea de hasta qué punto son esclavos de lo ordinario. Tuve una vez un paciente, ateo convencido, que solía leer en la Biblioteca del Museo Británico. Un día, mientras estaba leyendo, vi que sus pensamientos empezaban a tomar el mal camino. El Enemigo estuvo a su lado al instante, por supuesto, y antes de saber a ciencia cierta dónde estaba, vi que mi labor de veinte años empezaba a tambalearse. Si llego a perder la cabeza, y empiezo a tratar de defenderme con razonamientos, hubiese estado perdido, pero no fui tan necio. Dirigí mi ataque, inmediatamente, a aquella parte del hombre que había llegado a controlar mejor, y le sugerí que ya era hora de comer. Presumiblemente — ¿ sabes que nunca se puede oír exactamente lo que les dice?—, el Enemigo contraatacó diciendo que aquello era mucho más importante que la comida; por lo menos, creo que ésa debía ser la línea de Su argumentación, porque cuando yo dije: «Exacto: de hecho, demasiado importante como para abordarlo a última hora de la mañana», la cara del paciente se iluminó perceptiblemente, y cuando pude agregar: «Mucho mejor volver después del almuerzo, y estudiarlo a fondo, con la mente despejada», iba ya camino de la puerta. Una vez en la calle, la batalla estaba ganada: le hice ver un vendedor de periódicos que anunciaba la edición del mediodía, y un autobús número 73 que pasaba por allí, y antes de que hubiese llegado al pie de la escalinata, ya le había inculcado la convicción indestructible de que, a pesar de cualquier idea rara que pudiera pasársele por la cabeza a un hombre encerrado a solas con sus libros, una sana dosis de «vida real» (con lo que se refería al autobús y al vendedor de periódicos) era suficiente para demostrar que ese «tipo de cosas» no pueden ser verdad. Sabía que se había salvado por los pelos, y años después solía hablar de «ese confuso sentido de la realidad que es la última protección contra las aberraciones de la mera lógica». Ahora está a salvo, en la casa de Nuestro Padre.

¿Empiezas a coger la idea? Gracias a ciertos procesos que pusimos en marcha en su interior hace siglos, les resulta totalmente imposible creer en lo extraordinario mientras tienen algo conocido a la vista. No dejes de insistir acerca de la normalidad de las cosas. Sobre todo, no intentes utilizar la ciencia (quiero decir, las ciencias de verdad) como defensa contra el Cristianismo, porque, con toda seguridad, le incitarán a pensar en realidades que no puede tocar ni ver. Se han dado casos lamentables entre los físicos modernos. Y si ha de juguetear con las ciencias, que se limite a la economía y la sociología; no le dejes alejarse de la invaluable «vida real». Pero lo mejor es no dejarle leer libros científicos, sino darle la sensación general de que sabe todo, y que todo lo que haya pescado en conversaciones o lecturas es «el resultado de las últimas investigaciones». Acuérdate de que estás ahí para embarullarle; por como habláis algunos demonios jóvenes, cualquiera creería que nuestro trabajo consiste en enseñar.

Tu cariñoso tío,

ESCRUTOPO

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C.S. Lewis, nacido en Irlanda del Norte en 1898, pasó por varios colegios antes de llegar a Oxford, y ser  nombrado en Cambridge profesor de Literatura Medieval y Renacentista en 1954. Habiendo perdido la fe en su adolescencia, fue ateo muchos años, y cuenta la historia de su conversión en "Cautivado por la alegría" ("Surprised by joy"). Ingresó en la Iglesia Anglicana, en la que permaneció hasta su muerte en 1963. Admirador de G. K. Chesterton, y dotado de una mente igualmente brillante y lógica, así como de un agudo sentido del humor, es uno de los modernos apologistas del cristianismo que ha despertado más atención en nuestros días. Existe una gran cantidad de páginas web dedicadas a persona y a su pensamiento, entre las cuales señalamos las siguientes:

http://www.hottopos.com/mirand12/netlewis.htm

http://cslewis.drzeus.net/

http://www.cslewis.org/

C.S. Lewis no es católico, apostólico, romano, sino anglicano. Su vuelta a Dios y a Cristo no llegó a ser plenamente una vuelta a la Iglesia fundada por Jesucristo sobre Pedro y sus sucesores. Eso hace que lógicamente no podamos estar en todo de acuerdo con él cada vez que toca el tema de la Iglesia. Sin embargo, eso no oscurece para nada el mérito inmenso de sus argumentaciones filosóficas y teológicas acerca de Dios como Creador y de Jesucristo como único Salvador de todos los hombres. Simplemente debe ser leído con criterio católico adulto. Con esa condición, incluimos también el siguiente link: 

http://www.hottopos.com/mp2/apolewis.htm


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