FE Y RAZON

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino) 


El sufrimiento: un misterio de amor

La primera vez que la vi fue en el patio de su colegio. Caminaba con dificultad, pero todavía por sus propios medios. En su modo de andar ya se perfilaba una personalidad fuerte y pertinaz. Lo que yo no sabía entonces era que esa niña que cursaba quinto año de primaria, sería mi alumna tres años después. Privilegio que la Providencia quiso concederme y que agradezco a diario.

El reencuentro fue en el aula. Ahora se trataba de una jovencita en silla de ruedas. Supe que padecía una enfermedad incurable y progresiva. Sus músculos se irían atrofiando inexorablemente y su vida se preveía inevitablemente corta. Su mamá había fallecido poco después de su nacimiento. Con el tiempo su papá formó una nueva familia y ella tuvo tres hermanitos a quienes amaba entrañablemente. Prueba de ello, les enseñaba a rezar.

Irla conociendo, fue un descubrimiento que duró mas de dos años. Quererla, significa una experiencia para toda la eternidad. Hasta su propio nombre resulta profético. Sofía: sabiduría. Tal vez no haya término que sintetice mejor lo que fue la vida de Sofía; fue "sabiduría".

Su limitación física fue ampliamente superada por sus cualidades humanas, por la riqueza y la profundidad de su vida interior. Sofía supo disfrutar de la vida y aprendió a forjar un carácter firme, trasluciendo una auténtica sencillez. Su lucidez intelectual y la agudeza de sus reflexiones llamaban la atención tanto como su capacidad de entrega a los demás y su arraigada religiosidad; especialmente tratándose de una chica de tan corta edad.

Era una lectora apasionada, amante de las letras y escritora de fina sensibilidad. Tanto, que proyectaba ser profesora de Literatura. En buena medida, esta vocación supo despertarla y encauzarla María del Huerto Prato - exalumna del Seminario - quien fue su profesora de Idioma Español y de Literatura, durante los cuatro años de Secundaria.

En el corazón de Sofía, sus abuelos, quienes le dedicaron su vida entera, ocupaban un lugar de merecido privilegio. En cuanto a la amistad, Sofía supo cultivarla con dedicación y esmero. Ganando así, la admiración y el respeto de sus amigos.

Su Fe inquebrantable, su Esperanza inamovible y su ardiente Amor a Dios, eran los secretos de su alegría de vivir y de su paz interior. Una vida como la de Sofía, tan corta, pero tan fecunda, nos adentra en el misterio del amor y del sufrimiento. ¿Es posible vivir el uno sin el otro? ¿Tiene sentido sufrir? ¿Es posible descubrir un sentido al sufrimiento?. Sin duda, que aquel sufrimiento que sea evitable, deberá ser combatido y erradicado. ¿Pero qué decir del sufrimiento inevitable? ¿Cómo vivirlo?

Sufrir por sufrir y encontrar cierta complacencia en ello es masoquismo. Hacer sufrir y deleitarse en ello es sadismo. Sufrir con un sentido, por amor a una persona o a una causa y trascenderse en ello es heroísmo. Sufrir por amor a la persona de Cristo y con Él y en Él, por amor a nuestros semejantes, es Santidad. Es la esencia misma del catolicismo.

Quien esté dispuesto a amar, ¿podrá no estar dispuesto a sufrir? Quien tenga inevitablemente que sufrir, verá transfigurado su sufrimiento en el AMOR a Cristo. Abrazados a la Cruz de Cristo -"escándalo para los judíos y locura para los griegos" - damos Gloria a Dios internándonos en su Infinita Sabiduría y en su insondable Misericordia.

En su carta "Salvifici doloris", el Papa Juan Pablo II, sintetiza el sentido del sufrimiento humano del siguiente modo: "~EI sufrimiento está en el mundo, para que se manifieste, para que resplandezca el amor". A quien insatisfecho preguntara: ¿el amor de quién? ¿el amor a quién?... Podemos responderle: el amor de quien sufre, el amor de quien comparte, acompaña y se compadece de ese sufrimiento, haciéndolo también suyo. El AMOR de Cristo, quien abrazó con su Cruz y en su Cruz todo sufrimiento humano, transformándolo en una ofrenda sublime de AMOR al Padre y de AMOR a todos los hombres y a cada hombre concreto, de todos los tiempos y para todos los tiempos. ¡Un AMOR, tantas veces, no correspondido!

El sufrimiento humano cobra sentido en la Cruz Redentora de Nuestro Señor; sin ella no hay Resurrección. Abrazados a ella, abrazados a Él, completamos en nuestro propio cuerpo la Pasión del mismo Cristo. Sólo el AMOR divino-humano puede hacer inteligible y amable el sufrimiento inevitable. Ésta es la realidad que se hizo patente en Sofía. Ella aprendió por la acción del Espíritu Santo en su corazón, a transformar su sufrimiento en gozo. Abrazó la Cruz de Cristo en su propio cuerpo y Él la configuró a su propia imagen. ¿En qué otra cosa consiste acaso la Santidad, si no es en dejarse configurar a la medida de Cristo? En no ponerle obstáculos ni impedimentos a su AMOR. No hay Cristo sin Cruz, ni Cruz sin AMOR, ni AMOR sin Cruz. Fue el camino que el Señor libremente abrazó para darnos su máxima muestra de AMOR, su propia Vida.

En sus "Rimas Sacras", Lope de Vega proclama:

"Sin Cruz no hay Gloria ninguna,

ni con Cruz eterno llanto,

Santidad y Cruz es una,

no hay Cruz que no tenga santo,

ni santo sin Cruz alguna".

Sin duda, ésta es una gracia que el Señor concede a quien Él quiere. Compartir su Cruz es más obra Suya que obra nuestra. Es un signo de su Amorosa predilección.

Santa Teresa de Ávila, con su proverbial agudeza y sensato sentido del humor, le dice a Su Señor: "¡Si tratas así a tus amigos, con razón tienes tan pocos!" ¿Querrá el Señor tratarnos como a uno de ellos?

Contemplar la vida de Sofía, supone asomarse al misterio del sufrimiento, convertido en un misterio de amor por la Cruz de Cristo. Supone conocer y amar a una "amiga de Dios".

Sofía Vilaró Pasó, hija de dos exalumnos del Colegio del Sagrado Corazón (Seminario), Generación 75, fue llamada a gozar definitivamente de Su Señor, a Quien amó en su vida y en su muerte, acontecida el 17 de diciembre del 2000. Vivió en la Tierra sólo diecisiete años y ahora vive para siempre en Dios y en la comunión de sus santos.

Seis meses después de su partida, sus familiares, amigos, condiscípulos y profesores celebraron la Eucaristía dando gracias al Padre por la generosidad de su vida. La llevarán siempre en sus corazones y la recordarán a diario, teniendo la firme convicción que ella intercede por cada uno de ellos. En la Institución donde alcanzó a cursar unos pocos meses de 5º año de Bachillerato, una de sus aulas lleva su nombre. En el colegio al que concurrió durante toda la primaria y la secundaria, está enmarcado un poema de su autoría, que transcribimos a continuación:

           

Aprender a valorar...

¡Cómo odiaba mis viejos desteñidos zapatos!

Muy distintos a los que en ese entonces quería;

tan gastados por lluvias y sin gracia aparente

que esperaba el día en que cambiarlos podría.

Quizás por un par que estuviera a la moda

con colores brillantes y diseños modernos

o por esos que dicen que son muy resistentes

que abrigan del frío de los crudos inviernos.

Un día que cansada de tanto esperar

dejé que mi llanto me consolara un rato;

luego muy triste salí a caminar

preguntándome si mi suerte cambiaría alguna vez.

Fue entonces que vi a ese hombre sin pies

y di gracias a Dios por mis viejos zapatos...

Sofía Vilaró Pasó

Sofía vivió y vive para mayor Gloria de Dios.

Con gratitud y afecto, tu profesora de Filosofía.

Ivannah Toniolo de Menéndez