FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


Algunas cartas

de (José Luis) Dimas Antuña

recogidas por Horacio Bojorge S.J.

 

Gladius se ha ocupado de Dimas Antuña (1894-1968), místico y pensador católico vinculado a los Cursos de Cultura Católica, y ha ido publicando algunos escritos suyos.

[Ver la Iglesia Casa de Dios, precedida de una semblanza del autor, en Glaudius N 26, pp. 57-80; Carta a un escultor, para hacer una imagen de San José, incluyendo una foto de Dimas joven, en el N 28, pp. 73-79; El misterio del Reino de Dios, N 30, pp. 17-31; El sacerdote, en N 31, pp. 43-52. Véase también; Horacio Bojorge, José Luis (Dimas) Antuña 1894-1968, Vida y obra de un autor poco conocido,en: Revista de la Biblioteca Nacional (Montevideo) Mayo (1978) N 18,pp 159-175].

Ya no recuerdo si fue su viuda, la Sra. Angélica Valla de Antuña, o la Hna. benedictina Agueda Fernández que nos dio acceso a algunas copias de cartas enviadas por Dimas a Juan Antonio Spotorno (1935, 1942 y 1962), a Rafael Gigena van Marke [lamentablemente, la copia de que disponemos carece de fecha]. La hermana benedictina Agueda Fernández, que estaba en comunicación con el P. Mauro Saenz OSB, ahijado de confirmación de Dimas, había recibido de éste datos sobre Dimas y copia de la carta de Dimas (1964). Insertamos también al final, como apéndice, la carta del P. Saenz a la Hna. Agueda, porque encierra un valioso testimonio sobre Dimas Antuña, que contribuye a dibujar su retrato espiritual. Hay por fin copia de una carta escrita poco antes de morir, a Carlos Sáenz (1968?), que no recuerdo a cuál de todos ellos debo. Todas las cartas, excepto la del P. Saenz a la Hna. Agueda de la cual esta hermana me cedió el original, son copias y están escritas a máquina. Nos parecen de interés como un aporte para conocer mejor la figura de Dimas Antuña y la historia de esa generación de católicos argentinos. Damos las seis cartas por su orden cronológico.

 

1.- A Juan Antonio Spotorno (1935)

Temas: Bienaventuranzas, Inmaculada descalza sobre la roca

Dimas Antuña

141 Tucumán 8º Piso Depto. I

Buenos Aires

Buenos Aires, Febrº 7 de 1935

Cher Juan Antº:

Pocas noticias, y tristes. Non valeo, hélas! [Sic por Non.Non valeo, en latín: no me encuentro bien de salud. Pero Dimas parece extenderlo a las contrariedades que relata. Estas cursivas y las siguientes no son de Dimas, sino nuestras, por resaltar los términos ajenos a la lengua castellana. Dimas estaba familiarizado con el Latín a través de la Litrugia y dominaba el francés, lengua en la cual tiene un volumen de poesía]. Algo ocurre en los astros; al día siguiente de instalarme en la nueva casa, el señor aquél que me había prestado la máquina mandó por ella. Le expresé mi justísimo agradecimiento; pero aún no caigo del asombro. ¿Incompatibilidad del hogar con las letras? ¿Y por qué pedirme de vuelta esa máquina tan exactamente en este momento? ¿No pudo ser antes? Ya tengo la biblioteca en orden, y todo el trajín de la mudanza está terminado. Pero estoy 'aplanado', muerto y deshecho de tristeza.

Volviendo la hoja: El Sermón de la montaña, en S. Mateo: el Señor sube a la montaña, y los discípulos (el que sea esforzado que suba, y si sube, oirá) y habla sentado. El Sermón de la montaña en S. Lucas: el Señor baja de la montaña y predica de pie (no sentado); en la llanura (no sobre la montaña), y mucha gente lo oye. En S. Mateo están las 7 bienaventuranzas con su octava, e.d., su retribución en esta vida bajo especies de desprecio y persecusión [sic]. En S. Lucas hay tres bienaventuranzas: pobres (y no dice que sean de espíritu); afligidos y hambrientos (no dice que tengan también sed, ni que sea hambre y sed de justicia). Bref, la condición llana de esta vida: pobreza, aflicción, necesidad... ¿Qué misterio hay en todo esto? Porque las Bienaventuranzas espirituales, las perfecciones, parece que estuvieran en S. Mateo; parecen cosa de contemplativos, cosa del monte de la perfección, comunicadas y recibidas 'sedentes'. Las otras bienaventuranzas parece que son cosa de los que se salvarán así como s. Dimas, malgré tout, y a quienes el Señor les da ese zarandeo de la pobreza, de la aflicción temporal, de las necesidades a secas, de la deshonra y desprecio sin mayor perfección, casi como condición natural, para que peleen y se arreglen como puedan con eso, hasta que algún día se mueran como puedan, llenos de miseria, pero con un miserable deseo de santidad en medio de sus pecados... En fin, no digo nada, no entiendo nada: todo lo que antecede va como pregunta. Lea, compare, ore, vea y dígame algo de este misterio.

Inmaculada Concepción: Las imágenes de la Virgen llevan siempre los pies calzados, menos la Inmaculada. No se concibe a la Virgen en la mente divina con zapatos. La Virgen de Lourdes dice: Yo soy la Inmaculada Concepción. Está descalza. No pisa la serpiente, como las otras imágenes de la Inmaculada. Pero tampoco pisa la tierra: está descalza y pisa la piedra. Petra autem erat Christus. ¿Parece que dijera: Je suis l'Inmaculée Conception 'por los méritos previstos', por la piedra que piso? Encore une fois. Je ne sais rien, je ne vois rien: je cause. No creo que nadie haya notado el misterio de la piedra de Lourdes. Han visto la gruta, el rosal... el rosedal! Etc.

Priez pour moi. Estoy inmensamente triste y 'necesitado'. Aristóteles dice no sé que de las personas inteligentes; creo que [dice que] no hablan de sí mismos o algo así. Tampoco hablan de sí mismos los semi-dioses. Hélas, hélas! Yo no soy ni hombre; soy un pauvre homme, le contraire d'un homme et d'un pauvre. Quel pauvre homme! lo que trasladado quiere decir: qué pobre diablo. ¿Quién me dará 'pacem per circuitum'?

[Sigue la firma y debajo, a mano en mayúsculas:] "Saludos de O-Jiro-chi-chi-fu"

 

2.- A Juan Antonio Spotorno (1942)

Temas: la oración del atribulado

 

Colón , 19 de julio de 1942

Querido Juan Antº:

Contesto su amable última. Mil gracias por todos sus datos: su carta llegó en mitad de una que le estaba escribiendo a Díaz Soto. Sabrá Ud. ya que ¡finalmente! tengo teléfono. La larga demora en llegar ha debido ser, seguramente, por la dificultad en encontrar un número que fuera digno de la Villa s. José [Nombre de la casa de Dimas en Lezica, donde las casas quintas solían tener el nombre de Villa X. La villa estaba en la calle Guanané esquina Av.Lezica . Dimas se había jubilado como dependiente del banco de la Provincia de Bs.As y se había trasladado a Montevideo, yendo a vivir en las afueras. Encabeza la carta en Colón, pero vivía en la zona adyacente de Lezica, que era una zona de quintas, como antes lo había sido el Prado y la zona del Arroyo Miguelete en Montevideo. En ese momento era una zona semirrural, servida por el Ferrocarril que tenía estación en Colón, y por el tranvía que llegaba hasta Lezica]; esto ha sido logrado en el 220483 que sumado, da 19 en honor del Patriarca, y sin dejarme a mí afuera, pues me incluye como perfecto cero, sin alterar la perfección del 19 [Dimas juega con la simbólica de los números. Estaba familiarizado con los procedimientos bíblico-patrísticos de la simbólica de los números]. Bueno, carísimo, sus cartas me alegran mucho aunque ellas sean tristes. Quisiera darle ánimo; veo que me ha escrito Ud. en un momento de depresión, uno de esos penosos momentos "malaerenses", producidos por esa mala ciudad y la vida apretada y atormentada que ahí se lleva. Confíe en Dios, Juan Antº, que acaso el Señor le reserva pronto mejores días. Y su familia ¿está bien? Nada me dice de su papá ni de su hermana; no deje de saludarlos en mi nombre y también con recuerdos muy afectuosos de Queca [María Angélica Valla de Antuña , su esposa]. Recibí Közters, merci. Hoy tengo una buena carta de Bertotto; la Summa, como la señora Dulcinea está próxima a ser desencantada, y no por azotes más o menos dudosos de Sancho, sino por industrias de ese buenísimo Víctor, que para algo lo es [Juego Dimas con el sentido latino del nombre: Víctor = vencedor. Víctor Bertotto era un empleado de la "librería del Colegio"(Bs.As)].

No me diga que su trabajo es un fracaso porque entonces yo no podré salir con el mío; Ud. por lo menos ha estudiado y sabe dónde se mete. Estoy seguro que su trabajo va bien y que Ud. por pura depresión nerviosa (pues los nervios existen) no lo advierte. Me dice Ud.: "leo poco y rezo menos". Lo siento por la lectura, que distrae, no por la oración, pues ésta no disminuye ni aumenta muchas veces con el rezo. Estamos en N.S., querido Juan Antº y eso basta en ciertas circunstancias. Orar es acercarse a Dios. El que reza algo se acerca; el que participa de la divina liturgia se acerca más, pues se acerca con todos, e.d., con la Esposa; el que contempla más aún, ya que en la unidad del Espíritu bueno de Dios entramos al Padre por el Hijo; el que sufre, y sufre así pobremente, miserablemente, por cruz impuesta [Con letras espaciadas en el original, las representamos con cursivas] y de cada día, de tan unido a Dios que está no lo sabe, y halla que reza poco, y quizá conviene que ni rece. Está todo él, cuerpo y alma, viviendo en acto para Dios, metido por Dios mismo en esa profundísima oración del sacrificio que los santos llaman oración vital.

Si el contemplativo dice: Callo delante de ti, Dios mío, porque mi silencio te habla, el con-fixus puede decir: ¡Abba, padre! Lo que sufro, que por mi bautismo tú mismo has hecho que sea pasión de Jesús tu Hijo en mí, ora! Y si orar viene de 'os, oris' ¿qué boca es ésta del sufrimiento tan insaciable, y qué grande no será nuestra oración cuando ya no podemos ni contemplar, ni rezar?

Mon cher Juan Antº, quería decirle algo de mi conferencia, pero su carta me lleva por otro camino. Me aflige su vida en Buenos Aires, no por lo que Ud. sufre sino por esa horrible ciudad que ni sufrir deja, y mata. Quisiera decirle algo de mi soledad, de mi campo. Hoy no es un día muy frío; en mi ventana (esta bendición de Dios) se ven a lo lejos los eucaliptus verdinegros de siempre, pero quietísimos ahora y como durmiéndose en el crepúsculo rosa y gris extraordinario - ese rosa y gris de la tapa de "El que crece" [Libro de Dimas, hermosamente editado en Paris, sobre San José], en que el gris le quita la tontería al rosa, y el rosa la tristeza al gris. Y aquí me tiene diciendo: Domine, ut videam, ut aperiantur oculi nostri! Para que veamos a las criaturas "por espejo", en el misterio de su ser, que nada agita, y en el de su gemido. Porque si están realmente de parto y esperándonos, si todo esto que nos rodea es expectación de Cristo, ¿qué testimonio de paz no dan a nuestro sufrimiento? Mi ventana reza poco, y sé que no puede hacer actos ni de oración vocal, ni mental. Pero si no podemos negar en la fe a las criaturas, ni la alabanza de Dios, ni el gemido ¿cómo no recibir esas pruebas que nos dan de su vivir en Cristo? En él somos, ellas y nosotros, y vivimos, y nos movemos. Ellas sin razón y sin luz, pero no sin amor - aunque no sepan que aman. Acompañan nuestra vida, nos rodean, no nos oprimen, las ilumina nuestro bautismo; fuera de Dios el hombre no ha sabido ni respetar su ser ni su paz, y la violencia monstruosa para someterlas a la vanidad que supone la existencia de ciudades como Buenos Aires, nos priva de todos esos auxilios con que en la intención del Padre, ellas deben servir y realmente sirven a la verdad.

Yo no tengo "sentimiento de la Naturaleza"; la inmundicia y falsedad del romanticismo me repugna. Pero amo el campo como criatura, y esta verdad de Dios, esta sana, quieta, serena, inmutable verdad de Dios que está en mí y en cuanto veo, me recoge. Me es una gloria poder caminar todos los días un buen rato por la carretera mirando, no el paisaje precisamente, sino algo mucho más simple y más grande, el sér [sic] de las cosas, su existencia. Camino y respiro. Respiro todo esto en la presencia de Dios, diciendo sin cansarme, como ante el SSmo. expuesto: ¡Bendito sea Dios! ¡Bendito sea su santo Nombre!

A veces me apeno cuando pienso la infinidad de cosas que podría ver en el campo si hubiera estudiado ciencias naturales. Otras veces pienso en la vida que llevan algunos de los que saben esas cosas, y doy gracias a Dios de ser tan bruto que toda esta infinita variedad tengo que verla así de un golpe (y ¡qué golpe!), viendo únicamente 'el cielo y la tierra'. ¡Oh grandeza! ¡Oh grandeza transparente [Con letra esparcida en el original]! Las ciudades son homicidas, Juan Antº, si son grandes, matan el cuerpo; si chicas asfixian el alma. Llegará un día en que los cristianos se vean a sí mismos en el bautismo, y renueven el mundo al grito de: -¡Cristo ha resucitado, huyamos a la soledad!

Pero esto ya no es una carta; perdóneme tanto disparate.

Stop. Stop. Stop.

Escríbame, Suyo [fdo.:] Dimas

 

3.- A Juan Antonio Spotorno (1962)

Temas: los antiguos amigos, el bautismo, el domingo

 

Montevideo, diciembre 31 de 1962

Querido Juan Antº:

Dos letras, de prisa, de despedida (mañana salimos) para agradecerle en nombre de Queca su precioso regalo de los caballitos y desearle a Ud. y a todos los suyos muy felices fiestas de Navidad y Año Nuevo. Que Dios bendiga su casa y proteja su salud así como protege su alma, pues de tantos viejos y queridos amigos a quienes recuerdo constantemente, muy pocos, por lo que veo, han conservado esa sencillez cristiana sin odios ni venenos que fue acaso la única nobleza (o decencia, si quiere) de nuestra vida. Unos porque son personajes (lo cual ya es, desgraciadamente, una disminución cuando no una caricatura del ser persona) y otros por las limitaciones y enconos a que los llevan las posiciones políticas (de las cuales ¡oh tetas de la loba!, medran, no lo olvidemos), la verdad es que muy pocos, casi ninguno, mantiene esa virtud del cristiano que Dios le da a Ud. tan generosamente, es decir, el mantenerse delante de El y de los hombres en su ser de criatura, en su libertad de hijo, en su capacidad específicamente cristiana para ver lo que tenemos delante; en su aptitud, y disposición, y deseo de no-ser, y esto no por negación ni resentimiento, sino por ese misterio vital de nuestro bautismo cuya "agua" es anterior a la creación y a la historia... Podemos adorar a Dios, no como parte del todo (así sea la causa y origen de tal todo), y ni siquiera como Padre de su creación, con ser esto tan sublime, tan inundantemente dilatador, sino como Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo, nos transfiere, nos traslada, nos libera de tal modo de las fatalidades y de la tremenda masa de estupidez y maldad que nos rodea que de ahí parece que emergemos cada día para ver todo de nuevo y para padecer todo de nuevo también y sin tragedia, como lo normal, lo nuestro - quod decet.

Pero qué difícil es que un hombre a cierta edad no quede mentalmente estropeado, bloqueado, totalmente vuelto sobre sí mismo! En realidad no es difícil, es imposible, y cuando esto no se da en alguien es porque a Dios todo le es posible, es porque Dios mismo ha querido mantener a alguien en su bautismo, esto es, fuera del proceso de la caída. Dios le da a Ud., querido Juan Antº, como le da a Sáenz, como le dio a Basombrío, eso que yo pido siempre y no alcanzo: las bendiciones del domingo, es decir, la venida del Espíritu Santo, la gracia de la Resurrección, la vida 'dominical' inter divinas Personas, ese misterio absolutamente simple, inefable, y que no puede llevarse sino bajo especies de la más insignificante vida cotidiana. "Yendo por la vereda subió al monte Carmelo" - como dijo no sé qué pobre diablo. El cristiano si lo es exactamente la "quantité negligeable". Escapa a la visibilidad. Pero las almas pueden reconocerse a veces.

Perdone esta carta. Quise escribir corto y me ha salido largo, y al dictado... Cariños a sus chicos. Nuestro saludo para Paulita. Al amigo un gran abrazo. [Fdo.:] Dimas.

 

4.- A Rafael Gigena van Marke (Sin fecha)

Consolación de un bautizado afligido

[Encabeza la copia mecanografiada, que no trae fecha alguna, una nota manuscrita de Juan Antonio Spotorno que dice:] "Dimas Antuña escribió esta admirable carta a mi pedido. [fdo.:] Juan Antonio"

 

Querido amigo:

Su última carta me da mucha pena y quisiera contestársela lo más íntimamente que me sea posible: haga de cuenta que no soy quien le escribe, y que esta carta es la palabra de un ángel que habla con su alma. Y desde luego que yo se la escribo con lágrimas, que es la única manera de entrar en la presencia de Dios y hablar al corazón de un amigo.

Primero tengo que decirle que no tiene Ud. nada que agradecerme, y que soy yo quien debo agradecerle a Ud., y a Dios, el favor que me hace de poder ser útil en algo. Así, pues, no me diga que lo que le he enviado le humilla: el humillado y confuso soy yo de no poder hacer más, mucho más, para asistirle y servirle en su dignidad de pobre y en su dignidad de enfermo. Dios le ha elegido para unirlo a sí en el misterio más alto de su vida, que es su Pasión, hecha toda ella de pobreza, dolor y abandono: yo veo su alma con toda verdad puesta en las llagas del Hijo de Dios... Piense, pues, cuál será mi confusión delante de Ud., y no por Ud. mismo, sino por lo que Dios hace en Ud., aunque Ud. no lo sepa y aunque yo apenas pueda verlo.

Mi querido amigo, Ud. se ha quejado alguna vez de mi sequedad y del eco que podían hallar sus quejas (tan justas) en mi corazón. Y bien, quiero decírselo con toda claridad: como amigo suyo y como hombre, como simple hombre nacido de mujer, yo no sé qué contestarle y su sufrimiento me sume en la más completa oscuridad. El dolor es una cosa que pide mejores ojos que los de la cara, y aún que los del corazón: en el dolor hay una oscuridad tan terrible que sólo con otra oscuridad semejante podemos entrar en él y ver algo y decir algo que no sea vano. Sí, solamente la fe está proporcionada al dolor, y yo me avergüenzo de no haber podido hablarle a Ud. antes de ahora contestando sus cartas con espíritu de fe, mirando su alma con los ojos de la fe y acercándome verdaderamente a Ud., no por afuera y como de visita, sino por dentro y en verdadera unión con la Pasión de Nuestro Señor. Quiero, pues, decirle una cosa que creo que responde a lo más íntimo de su carta: Ud. y yo, y todos los que hemos sido bautizados, estamos en Cristo [Con letra esparcida en el original] como pueden estar los peces en el mar o las aves en el aire. En él somos, vivimos y nos movemos, y en él se desarrolla y crece nuestro bautismo, la vida divina que recibimos en nuestro bautismo, conforme a un designio que Dios tiene sobre cada una de sus criaturas, designio que ignoramos por completo, que acaso ni los mismos ángeles conocen, pero que es una cosa tan perfecta, tan precisa, tan infalible que podemos decir que Dios conoce a cada uno de nosotros "por su nombre".

Entrar en ese misterio de por qué hemos sido creados y por qué hemos sido bautizados, nos es imposible: pero aceptarlo, vivirlo, recibirlo enteramente y directamente de las manos de Dios, eso sí lo podemos hacer, y Dios mismo nos pide que lo hagamos para que en ese fiat oscuro y eficacísimo, (pues es el fiat (Fiat, las dos veces escrito con espacio en cada letra) de la criatura al que todo lo puede) él pueda santificarnos y manifestar en nosotros algunos secretos de su gloria. ¿Y qué estoy diciéndole con todo esto? ¿Estoy divagando? ¿Me olvido de su carta, de los sufrimientos y de la desolación de que me habla su carta? No, mi amigo [Las palabras mi amigo parecen estar tachadas en la copia]. Sólo quiero decirle cuánto me apena su carta para poder contestarla ahora palabra por palabra; Ud. ha nacido para ser querido, sí, y la soledad le aterra, y se siente desolado, y no ve el término de sus sufrimientos...

Créame que todo lo que Ud. padece a mí me aflige, me aflige de veras, pero, dígame, por favor, y si nos pusiéramos en presencia de Dios, si nos pusiéramos un poco sobre el pecho de Cristo, y espantáramos un poco esos pensamientos interminables e insolubles que están continuamente rodeándonos como insectos inútiles y cansadores, ¿no cree Ud. que en ese descanso, en ese cerrar los ojos y quedarnos quietos sobre el pecho de Cristo, oiríamos una palabra de consuelo y hallaríamos la verdad de nuestra propia vida?

Por lo menos allí hallaríamos la única palabra posible, la única palabra que estaría a la altura de nuestra desdicha, de nuestra nada y de nuestro dolor; la única palabra viva y no vana. Nosotros vemos la parte negativa, el límite y la usura de todas las cosas, y cuando Dios nos muestra lo positivo de todo eso, lo que él hace en nosotros con el dolor, con la desolación, con la soledad, después de haber entrado en la oración para quejarnos salimos de ella pidiendo a Dios que siga haciendo su obra, que es inmensa, y nos avergonzamos y no nos explicamos cómo hemos podido pedir otra cosa o desear otra cosa que no sea la voluntad de Dios.

Mi querido amigo, cuando Ud. va a ponerse delante del tabernáculo no vaya a preguntarle al Señor. - ¿por qué, Señor? ¿por qué? Esa es una pregunta filosófica; esos por qué los veremos todos en la visión beatífica. No, no pregunte Ud., no hable Ud., póngase allí para oír [subrayado]: quédese quieto, quietito como un niño, y como un niño que sufre, y oiga; y vea que el Señor le tiene a Ud. consigo en la cruz, y que una preferencia tan grande no puede ser sino para algo muy grande. Sé de un amigo que en un momento de desesperación pedía a Dios cualquier cosa, con tal de no ser aquello que sufría; y fue reprendido con estas palabras: - Pero entonces, Ud. quiere elegir su cruz!

Claro que si elegimos la cruz ya no es cruz, sino entretenimiento; ya no es la obra de Dios en nosotros, sino nuestra voluntad y nuestra iniciativa en Dios.

Con el fuego no se juega, con el dolor no se juega. Todo esto viene de Dios directamente y lleva a él directamente, y nos transforma en él de una manera que no sabemos. Ud. está desolado, pero no está solo; Ud. teme la soledad, y la soledad que lo rodea está llena de la presencia de Dios que le ama; Ud. se aterra de su nada, y por esa nada, por llegar a esa nada, todos los santos han luchado, porque esa nada toca las raíces mismas del sér (sic), y de esa nada salen las obras de Dios, las obras perfectas, las que él hace en nosotros, las que nos llevan del sudor de sangre a aquella paz y entrada del alma a Dios, en que Dios mismo nos dice de una manera inefable: - Eres mi hijo, hoy te engendro.

¿Es nada todo esto? ¿Es poco todo esto? Haber sido creados, bautizados, apartados de todos los hombres, reducidos a nada, puestos en la soledad, trabajados por el dolor, y qué dolor, qué tristeza, y qué desolación. ¿Y todo esto para qué? Para que no se perdiera nuestro bautismo; para hallar a Dios, y para hallarlo realmente, en la realidad de su presencia, en la participación de lo más alto de la vida humana de Dios, que fue el aniquilamiento y la desolación de la cruz.

Yo no sé qué le parecerá a Ud. esta carta: léala, por favor, más allá del texto, en la intención con que la escribo y en lo que quiero decirle más bien que en lo que le digo realmente. Haga de cuenta que no me dirijo a Ud. sino a su situación, a su dolor, a todo lo que en su alma parece pura pérdida, y que realmente estaría perdido si no fuera que el Señor ha venido a buscar "lo que estaba perdido". ¿Por qué me dice que tiene poco coraje? ¿Qué sabe Ud.? Muchos creen que tienen poca virtud y sin embargo Dios los tiene de su mano, y no caerán nunca, y llegará día en que vean el por qué, y el término, y el objeto de su sufrimiento. ¿No ha leído Ud. en la Escritura que Dios dice: Mis pensamientos no son como vuestros pensamientos? Y tampoco sus obras; y por eso es tan oscuro todo lo que hace. Tenga ánimo, mi buen amigo. Yo no le pido un optimismo psicológico, una alegría sentimental, falsa y necia, que cierre los ojos a la evidencia inmediata: lo que yo le pido es que, puesto en ese límite de dolor y sufrimiento a que Dios lo ha llevado, se ponga Ud. en la presencia de Dios y pase Ud., por aceptación íntegra y generosa de todo eso, a la participación de la Pasión de Cristo, que es lo que habrá de liberar su alma. Yo no quiero engañarle a Ud. (con esa repugnante técnica de mentiras con que se rodea a los enfermos), ni decirle: - Ud. no sufre. Ni quiero tampoco que me diga: - Yo no sufro. Lo único que le pido es que mire si en ese sufrimiento no hay algo más que el sufrimiento mismo. Y no diga que sus cartas me cansan, que son tristes, que traen siempre el mismo tema: Ud. sufre y me confía su sufrimiento, ¿puede haber mayor prueba de amistad? Escríbame, que eso será un bien para Ud., y será un bien para mí, pues yo llevaré su carta, lo que me dice su carta, cuando voy a misa, cada día, para no presentarme con las manos vacías. ¡Fíjese Ud. lo que me da para ponerlo en el altar y en el cáliz, para ofrecerlo cada día al Padre junto con la Sangre del Hijo!

Vuelvo a decirle, ni su vida, ni mi vida, ni la vida de ningún hombre tiene sentido fuera de esa presencia de Dios a que Dios nos llama. Un santo dice: Vides crux, non vides unctio. Ves la cruz, no ves la unción: ves y sientes lo que padeces, pero no ves lo que Dios hace en ti con tus padecimientos, no ves la unción real y sacerdotal, no ves la semejanza filial que Dios está formando en tu alma. Si pudiéramos ver esto moriríamos de alegría. Por haber gustado los santos algo de esto han pedido a Dios y se han infligido a sí mismos todos los tormentos imaginables. Nosotros no somos santos pero estamos bautizados y por ahí somos miembros de Cristo. ¿No cree Ud. que en esto hay un misterio grande y una esperanza que no engaña? Perdóneme esta carta demasiado larga... [No sabemos cómo se despide y firma Dimas Antuña, pues no disponemos del original].

 

 

5.- Al R.P. Pablo Mauro Sáenz, OSB (1964)

Tema: Sus disposiciones en la enfermedad y su preparación a la muerte.

 

Montevideo, 10 de Octubre de 1964

Rev. P. Pablo Mauro Sáenz, OSB

Monasterio de Cristo Rey

SIAMBON

Muy Rev. Padre

y querido ahijado y amigo:

No sabe Ud. qué consuelo me trajo su carta del 22 de septiembre ppdo., recibida el día de San Miguel Arcángel. Sé que Ud. me recuerdo [sic] en la oración y que en esto cuento con Ud. como he contado siempre (desde hace medio siglo, puedo decirle) con el admirable, con el magnífico auxilio espiritual de su padre... Yo también correspondo como puedo a su caridad y en el rosario de cada día tengo siempre uno de los misterios dedicado expresamente a pedir bendiciones para mi ahijado Dom Pablo.

Y ¡qué feliz idea de enviarme esa foto del monasterio y de esas hermosas montañas! La tengo aquí, en mi mesa, a la vista. Me es un estímulo y un motivo de esperanza. Sé que Uds. hacen ahí vida estrictamente monacal, de alabanza de Dios y pura penitencia y contemplación. Y como Ud. está ahí, estoy seguro de la caridad de esa Casa donde todo es común.

Hace algún tiempo, por una circunstancia especial, meditando en la vida del Patriarca, pasé muchos días dando gracias a Dios por esos tres años en que S. Benito se borró de este mundo, viviendo en aquella caverna profunda "ut totum se Iesu Christo daret" [Para entregarse enteramente a Cristo].

Creo que Uds. participan de esas gracias en Siambón, y así Dios me invita desde mi profunda miseria a mirar esta foto que Ud. me envía con la palabra del salmo: Levavi oculos meos in montes unde veniet auxilium mihi [Levanté mis ojos hacia los montes desde los cuales me vendrá el auxilio (Cfr.Sal 120,1].

En cuanto a mi situación actual, aquí me tiene, siempre sin salir de casa, pero un poco alarmado con mi enfermedad que mejora peligrosamente [sic]. En realidad, mi problema es éste: he cumplido 70 años, y "ya he vivido". Por una gracia inexplicable (¿quién puede decirle a Dios: ¿qué haces?), he vivido siempre en la fe, pero mi vida ha sido infeliz y mediocre (si no despreciable) porque viviendo en la fe no he sabido, y no sé, vivir de la fe. Entretanto, sólo me falta este gran bien de la muerte que me pareció tan cercano hace poco, y no llegó. Por eso necesito mucho ahora y pido al Señor que no me arroje de su rostro y me conserve como estoy, desligado de todo trato, a fin de que pueda prepararme a "mi" muerte (a lo que la muerte puede ser para mí) en unión con mi patrón san Dimas. Pues si la muerte no es morirse solamente (aunque también sea eso) sino, y principalmente, un acto del que muere, un acto personal, voluntario, un admirable momento en que le es pedido por última vez a cada criatura, un "sí" o un "no"; una última oportunidad (pero decisiva esta vez) para la blasfemia o para la invocación... Y si morir en la fe, por malo que uno haya sido, es también un acto de fe - un acto de simple y filial obediencia (y penitencia), ¿cómo no pedir a Dios, a mis años, que me aparte de todo y me deje en esta soledad que necesito para implorar su misericordia?

Christo confixus sum cruci [Estoy clavado a la cruz junto con Cristo (Gal 2,19)]: ay, mi querido ahijado, nunca sabremos qué inmenso es este misterio de la Iglesia, qué grande es esta verdadera casa de Dios ya que es posible en ella que haya criaturas que puedan decir esa palabra del Apóstol como la dijo él, por identificación mística, y las haya también que puedan decirla, y en toda verdad, como la dijo mi patrón s. Dimas (clavado también él en la cruz juntamente con el Señor) pero por simple diálogo de cruz a cruz, por simple reconocimiento de los propios pecados y por pura imploración de la infinita misericordia. Y así, pues, en eso estoy, dando gracias a Dios de cuanto ha sucedido, y suplicándole en el "memento mei, Domine" [Acuérdate de mí Señor (Lc 23,42)] de mi santo patrón, que no permita que circunstancias exteriores me devuelvan al ambiente de disipación y miseria en que he vivido más o menos siempre.

¡Ud. me invita a Siambón! ¡Ud. me dice "que sería un bien grandísimo para mi salud un tiempo de silencio y paz completos"! No necesito otra cosa, no pido sino eso, y no es sino eso -ese misterio regalado del Espíritu de Dios- lo que el Señor me ha dado desde el día en que se produjo este dichosísimo "espasmo". Del santo Patriarca dice s. Gregorio que vivía consigo mismo: secum vivebat. Y no era ciertamente a la manera de los filósofos, contemplando su "yo", sino en ese sí mismo que recibe la divina contemplación porque el yo ya es ajeno a todo y se ha dado todo al Señor. Ruegue, pues, por mí. No puedo decirle otra cosa. Le he abierto mi alma; le escribo como sólo puedo escribirle a su padre (que lo ha sido también mío, y de muchas maneras, aunque él tiene la misma edad que yo) y perdóneme esta carta, tan larga, tan poco epistolar - pero a Ud. yo no podría escribirle de otra manera. Yo también le envío un abrazo grandísimo, aunque con la vergüenza de ser su tan indigno padrino.

In Xtº

[Fdo.:] Dimas

 

6.- A Carlos Sáenz (1968?)

Tema: Cómo se dispone Dimas a morir

[La copia de que disponemos omite fechas, encabezamientos, destinatario y despedidas, pero alguien, creo recordar que la viuda de Antuña, identificó al destinatario como Carlos Sáenz]

  "...no tengo nada que hacer (nada que hacer en la vida) fuera de este divino quehacer de estar solo. Desligado de toda ocupación y delante de algunas dificultades que ya no me competen porque me exceden y no está en mi mano resolverlas, el Señor me hace participar de esa dichosa "decrepitud progresiva". Pero ¡qué intensidad de vida, de inteligencia, de silencio, de verdad no hay en esto!

Disminuida (por la edad o la enfermedad o lo que sea) una buena parte de la actividad sensible y aun de muchos sectores de la vida intelectual ¡qué misterio admirable no se produce en la vida propiamente espiritual! Un enfermo está impedido para hacer infinidad de cosas, pero si tiene paz y dominio de sí mismo, puede decir: sí, puede decir: no; puede por ejemplo firmar un cheque y aun un cheque en blanco - y esto es inmenso -...

El sentido de ese cheque es decir el Amén del Canon, diciéndolo de veras, sin miedo ni contemplaciones y sin medir las consecuencias. En esta situación de disminución, de despojo, de decrepitud progresiva se vive ciertamente y hasta podemos morir - y esto es admirable - porque habitualmente se piensa o sólo se nos deja pensar en la muerte de una manera biológica. Pero eso solamente es morirse. Eso no es la muerte humana, cristiana, personal. En eso están apenas los accidentes del "changement d' état". Son los accidentes pero no el cambio mismo. En eso están las últimas energías que Dios nos pone en la mano para la "agonía", es decir para que podamos luchar y vencer en el mayor acto de fe en su amor, en el mayor y más ilimitado acto de obediencia, en el más deseado (en mi caso) acto de verdadera penitencia porque la verdad es que morir no es morirse. Morirse es algo pasivo, algo que nos ocurre, que sucede, mientras que morir es un acto, y un acto personal de lucidez, de posesión y de disponibilidad de sí mismo, de pura y de magnífica libertad. Es un sí que nos es pedido (de repente quizás) no sabemos cuándo, ni cómo, ni dónde, ni en qué circunstancias - nadie sabe "la hora" - pero que damos o estamos llamados a dar en la certeza de la fe, en la seguridad de la esperanza, en la humildad y aún en las humillaciones, bienvenidas sean, de la caridad.

Yo creo que en ese pasaje (el único momento en que al fin ocurrirá algo definitivo) tendremos una experiencia íntima de nuestro bautismo, pues es el nacimiento a una vida personal ya recibida y vivificada por Dios en la muerte y resurrección de su Hijo. Lo que seremos lo somos y ya lo somos aunque aún no se ha manifestado. Y por eso morir no es morirse.

Para mí (pues la muerte es algo rigurosamente personal, cada uno tiene "su muerte", la muerte que le es propia) morir es morir en la muerte de San Dimas, es decir: estar crucificado junto con Cristo, y no por identificación mística (eso es lo propio de los santos) sino por simple diálogo de fe, de cruz a cruz, por simple aceptación de la propia cruz que no es, ¡ay! la del Señor, sino la merecida de la condenación, de la justicia: nos quidem juste, digna factis recipimus. Por cierto que esto no es la muerte con el Señor. Ahora toda mi vida está abreviada y como resumida en mi cruz; en lo que ella significa: mis pecados, en lo que ella opera: mi muerte, y en esta palabra de la fe ante el que muere también conmigo (y por mí): Memento mei Domine! Mientras pueda decirla en la presencia de Dios (yo que pido al Señor la gracia de morir sabiendo que me muero) ciertamente que la muerte no tiene nada de fúnebre y es un deseable, un inmenso bien. Es, como la contemplación, algo a lo que nadie tiene derecho, que sólo puede recibirse del libre querer de Dios, pero para lo cual nos es dado disponernos y estar prontos si nos despojamos o nos dejamos despojar de todo...

Y yo no sé cuál es exactamente la situación que nos da la muerte biológica. No sé si al desligarnos de la servidumbre orgánico-animal, y de la interdependencia física de los elementos de este mundo, y del modo actual del tiempo y del espacio, la muerte da a la criatura espiritual humana o humano inmaterial una situación acósmica. Lo que sé, sí, es que muriendo con el Señor siempre estaré "in Ecclesia", en esa parte tan noble de la Iglesia: la sufriente, la expectante que no nos priva de una acción de caridad y de presencia para con los que luchan en las sombras de este mundo.

"Ce peu profond ruisseau, si calomnié - la mort" [Ese tan calumniado y poco profundo arroyuelo-la muerte].

¿Puede ser mirado esto así tan desde arriba por un simple fiel que no cuenta sino con un acto sacramental de recibir la absolución de sus pecados de la mano de cualquier sacerdote? Cada uno tiene su propia muerte, es decir cada uno conoce la llaga de su corazón. Este acontecimiento sólo puede ser logrado en la oración, pues fuera de ahí, fuera de ese acto de unión con la infinita misericordia, el conocimiento de sí mismo, lo estamos viendo cada vez más, sólo lleva a la desesperación o al cinismo. Es la proclamación del absurdo (el triunfo de "l'homme revolté") o el gloriarse, y ahora en son de amenaza y desafío, pues las complacencias del romanticismo ya pasaron, en la propia inmundicia.

La nueva ola no es tan nueva; viene de muy atrás, de Sodoma probablemente, pero con ser así y mucho peor, eso no es la verdad, como tampoco la radiografía de un retrato, ni el psicoanálisis un conocimiento total y menos aún profundo del alma, ni la locura y el odio a Dios es el conocimiento del ser.

La verdad no es ajena a ninguna de esas realidades. Las conoce, las ve y las incluye a todas (como incluye a todo el hombre y aun al demonio actuando en el hombre) pero la verdad, nuestra común verdad de pecadores, y mientras nos tengamos por tales, es, quizás poder verse a sí mismo en el Señor, diciéndole: Creo en Vos, espero en Vos y Vos me amáis. Vos sabéis todo y sabéis que no os amo, que no os he amado nunca, que no he sabido nunca realmente qué es amaros, que de amor yo sólo conozco y tengo el amor que me tenéis, y que por eso recibo este gran bien de la muerte con la esperanza de que pueda ser un acto de amor, porque en la fe ningún cristiano muere solo sino con Vos, es decir "realizando" su Bautismo y unido en él a vuestra propia muerte redentora...

San Dimas, condenado a la cruz, fue crucificado, estuvo crucificado, vivió su vivir en Dios crucificado, pero no murió como el Señor de muerte de cruz sino a golpes. Yo deseo y pido para mí la verdad de su muerte: su cruz, su confesión, su Memento mei Domine. Sobre lo demás, sobre la respuesta que alcance para mí esta súplica y sobre el cómo de mi "crurifragium" [La fractura de las piernas que se infligía a los crucificados para acelerar su nuerte por asfixia], adoremos...

Lo de Dios es de Dios. El lo sabe.

 

APENDICE

Carta del P. Pablo Sáenz O.S.B a la Hna. Agueda Fernández O.S.B.

 

Abadía de San Benito

Casilla de Correo 202

6700 Luján

Argentina

25 de Abril de 1977

Muy estimada Hermana Agueda:

Leí con mucho interés su carta, que llegó a mis manos con bastante atraso (yo estaba ausente del monasterio cuando la trajo el P. Bernardo), y no me puse a contestarla enseguida, como debí hacerlo, y luego se presentaron mil dificultades para escribirle. Ahora veo por la fecha de su carta que ya van dos meses largos desde que Usted me escribió.

Para entrar de lleno en el tema comienzo por decirle que mucho me temo que lo que puedo informarla sobre Dimas Antuña no va a agregar gran cosa sobre lo que posiblemente Usted ya sabe, sobre todo por información de su mujer.

Es cierto que Papá era muy amigo de él, que ambos se querían muchísimo, que entre ellos existía una amistad nobilísima de muchos años. Desde que tengo uso de razón lo recuerdo a Dimas como amigo de Papá. El fue mi padrino de Confirmación. A pesar de todo esto, yo personalmente tuve pocas relaciones con él, quizás en parte por haberse trasladado a vivir al Uruguay. El recuerdo que tengo de Dimas, desde el más antiguo hasta el último, es el de una persona extraordinariamente buena, y tan espiritual que prácticamente sólo se podía hablar de cosas espirituales con él. La última vez que lo vi fue en casa de Papá, poco tiempo (unos meses quizás?) antes de su muerte. Recuerdo que hizo un largo comentario sobre el libro de Durrwell sobre la Resurrección, y que al despedirse nos pidió a Papá y a mí que rezáramos juntos una Salve. Nos arrodillamos los tres, y yo tuve clarísimamente la sensación de que era la despedida definitiva, como de hecho lo fue.

Dimas perteneció al grupo de amigos que luego integraron en parte el primer plantel de los Cursos de Cultura Católica, y que frecuentaba San Benito. De chico recuerdo haberlo visto muchas veces allí, en misa cantada o en Vísperas. Yo creo que el amor de Dimas a la liturgia creció en la Abadía. Creo que si hubo un monje que tuvo influencia sobre su vida espiritual fue sin duda el P. Eleuterio González, a quien Dimas admiraba de un modo visible [La Hna.Agueda acota al margen: "Yo también lo creo" ].

He estado revisando en casa los papeles que dejó Papá para ver si encontraba algo que le interesara (Y esta es una de las causas de la demora de mi contestación). Desgraciadamente Papá no conservaba las cartas. La que se publicó en la Revista "Universitas" y que reprodujeron las hermanas de Santa Escolástica, es, efectivamente, el trozo de una carta dirigida a Papá con ocasión de un trámite de cobros de una jubilación bancaria que le hacía Papá en Buenos Aires. Yo recuerdo haber leído el original, pero ahora ni ese original pude encontrar.

Usted me pregunta datos sobre mi padre. Su nombre completo es Carlos A. Saenz. Su curriculum es muy sencillo. Nació en 1984 en La Plata; y murió en 1976, hace justo un año. Se casó en 1921. Tuvo cinco chicos. Fue abogado. Ahora, si Usted me pide que le hable de él, ya no me animo a hacerlo por carta. Lo único que le digo es que es la imagen de Dios más maravillosamente pura que he conocido. Si algún día tengo ocasión de verle a Usted personalmente, quizás me será más fácil contarle algo.

En cuanto a lo que Usted me pregunta, es a saber si Dimas y Papá trabajaron juntos en algo, no sé. Ambos publicaron sus ensayos en las mismas revistas, comenzando por "Signo". Sé también que en una época compraban juntos los libros que encargaban a Europa, y que luego se reunían para comentarlos. Pero Papá nos comentaba poco todo esto a nosotros sus hijos que éramos bastante chicos.

La última vez que estuve en Buenos Aires traté de localizar a algún viejo amigo de Dimas. El esfuerzo me resultó muy difícil. Casi todos los que yo podía conocer han muerto [La hermana Agueda anota:"El Dr. Tomás Caceres murió tambiénen 1976] (Dimas tendría ahora 82 u 83 años, si no me equivoco). Cuando pueda, trataré de ver a Juan Antonio Spotorno, bastante más joven que él, y que es el único sobreviviente del grupo de amigos. Si tiene algo interesante guardado de él, le voy a pedir que se lo mande.

Yo conservo una sola carta de Dimas. Le mando con ésta una copia [Ver carta N 5 del 10-10-1964]. Yo creo que esa carta dice mucho más que todo lo que yo puedo decirle, y que contesta en parte a sus preguntas. En S. Benito, si no me equivoco, hay algunas obras de Dimas, además de la colección de revistas donde él publicaba sus colaboraciones. Desgraciadamente no puedo decirle con precisión qué hay, porque para eso necesitaría ir a Buenos Aires y tener allí un poco de tiempo, lo que rara vez sucede. A pesar de todo, en cuanto pueda, voy a tratar de averiguar qué hay, si es que le interesa, aunque pienso que no ha de haber nada que su mujer no tenga en su casa. En todo caso avíseme.

Le reitero mis excusas por la demora en contestarle. Créame que su carta me interesó muchísimo por tratarse en ella de alguien a quien he querido muy hondamente. Si tiene ocasión de ver a la Sra. de Antuña, le ruego que le haga llegar mis respetos.

Su hermano siempre afectísimo en Cristo

[Fdo.:] P. Pablo Sáenz OSB


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