FE Y RAZON

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino) 


Refutación de cuatro objeciones contra la ilegalidad del aborto

Daniel Iglesias Grèzes

Nos enfrentamos hoy a un nuevo intento de legalización del aborto en el Uruguay. El proyecto de ley denominado eufemísticamente "de Defensa de la Salud Reproductiva", que está siendo estudiado actualmente por el Parlamento, establecería una completa libertad de abortar dentro de las primeras doce semanas de embarazo, prácticamente por la sola voluntad de la madre. Dejando de lado por esta vez otros aspectos importantes y nefastos de este proyecto de ley (como por ejemplo la absoluta desestimación del rol del padre y la profunda falta de respeto a la objeción de conciencia individual e institucional), nos concentraremos en el núcleo del asunto, refutando cuatro de los argumentos favoritos de los partidarios de la legalización del aborto (en adelante, "proabortistas").

I. Presentación de las objeciones.

1. Presentación de la objeción basada en la libertad de elección.

2. Presentación de la objeción basada en el riesgo sanitario.

3. Presentación de la objeción basada en la aceptación generalizada.

4. Presentación de la objeción basada en la laicidad del Estado.

II. Refutación de las objeciones.

1. Refutación de la objeción basada en la libertad de elección.

Las dos premisas de este silogismo son falsas, por lo cual el razonamiento carece de validez.

2. Refutación de la objeción basada en el riesgo sanitario.

Las dos premisas de este silogismo son falsas, por lo cual el razonamiento carece de validez.

Por otra parte, es evidente que la legalización del aborto implicaría un aumento importante de la cantidad de abortos y por lo tanto de la cantidad de homicidios. Además aumentaría mucho la cantidad de mujeres víctimas de la depresión post-aborto, lo cual implicaría un aumento del número de suicidios. Es muy probable que este aumento de los suicidios superase a la posible disminución de las muertes por complicaciones sobrevinientes a abortos clandestinos.

Por otra parte no es seguro que la legalización del aborto produzca una disminución del número de abortos clandestinos. Hay muchas clases de mujeres que seguirían recurriendo a abortos clandestinos: Extranjeras, menores que no logren la aprobación de sus padres, mujeres que no quieran dejar un registro de su aborto, mujeres con más de doce semanas de embarazo, etc. La aplicación coherente de este argumento proabortista debería conducir a eliminar también estas últimas restricciones legales, permitiendo el "turismo con fines abortivos", la realización de abortos a menores sin consentimiento de sus padres, la eliminación de los registros de abortos legales, la legalización del aborto hasta el último día del embarazo, etc. El absurdo de estas consecuencias demuestra el absurdo de la premisa de la cual ellas derivan.

3. Refutación de la objeción basada en la aceptación generalizada.

Las dos premisas de este silogismo son falsas, por lo cual el razonamiento carece de validez.

Otra estrategia habitual de los proabortistas en todo el mundo es recurrir a estadísticas sesgadas que pretenden hacer creer que la gran mayoría de la población está de acuerdo con una legalización total del aborto, cuando en realidad la mayoría se opone totalmente al aborto o bien lo acepta sólo en determinados casos relativamente poco frecuentes (riesgo de muerte de la madre, malformación del feto, violación). Recordemos que una ley vigente en Uruguay desde hace más de 60 años ya permite (desgraciadamente) la realización de abortos legales en esos tres casos concretos.

A partir de estas falsas estadísticas y encuestas los proabortistas pretenden concluir que reprimir el aborto es una tarea imposible y una hipocresía, porque quienes lo condenan en público supuestamente lo practican en privado. Todo esto es radicalmente falso: Si se quiere, el aborto puede ser combatido eficazmente combinando la educación (sobre todo "del lado de la demanda") y la represión (sobre todo "del lado de la oferta"). Los padres y madres que consienten en provocar un aborto son culpables, aunque a veces tienen atenuantes (por ejemplo, la ignorancia sobre la naturaleza homicida del aborto); pero mucho más culpables que ellos son los médicos que lucran con un negocio infame, pervirtiendo su noble profesión. También tienen su parte de responsabilidad los poderes del Estado, que por omisión dejan actualmente impunes la mayoría de esos crímenes.

4. Refutación del argumento basado en la laicidad del Estado.

La premisa mayor de este silogismo debe ser matizada y la premisa menor es falsa, por lo cual el razonamiento carece de validez.

Con esta importante salvedad y con un poco de buena voluntad para "salvar la proposición del prójimo" podemos dejar pasar provisionalmente esta premisa mayor y concentrarnos en la menor, lo cual será suficiente a los efectos de este artículo.

Otra de las estrategias favoritas de los proabortistas es la de "confesionalizar" el debate sobre el aborto, catalogando a los antiabortistas como católicos intolerantes, que pretenden imponer sus creencias religiosas a todo el resto de la sociedad. Esto representa una profunda tergiversación del debate. La oposición católica a la legalización del aborto no brota únicamente de dogmas religiosos sino ante todo de dos verdades evidentes: una verdad científica (el embrión humano es un ser humano desde su concepción) y una verdad moral (no se debe matar a ningún ser humano inocente), ambas compartibles por personas no católicas o no cristianas y de hecho compartidas por muchas de ellas. Para reconocer la inmoralidad del aborto no es necesario profesar la fe cristiana, sino que basta reconocer la ley moral natural inscrita en la conciencia de cada hombre, uno de cuyos preceptos fundamentales es amar y respetar la vida humana.

Los católicos tienen tanto derecho y tanto deber como cualquier otro ciudadano de combatir la gravísima injusticia del aborto mediante argumentos puramente racionales. El hecho de que además su propia fe sobrenatural los impulse a reconocer a los niños no nacidos no sólo como animales racionales sino también como seres creados a imagen y semejanza de Dios y llamados a ser hijos de Dios, no suprime en modo alguno la racionalidad de sus demás argumentos antiabortistas sino que la complementa y perfecciona. Pensar lo contrario equivaldría a sostener que un católico, por el mismo hecho de ser católico, quedaría incapacitado para intervenir en los debates políticos acerca de cualquier asunto con profundas implicaciones éticas. Si alguno de los proabortistas tiene ese prejuicio anticatólico, sería bueno que se sincerara y se animara a expresarlo claramente.