FE Y RAZÓN

"Omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est"

Toda verdad, dígala quien la diga, viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


SOBRE UNA NEGACION

G. K. Chesterton, en "Charlas".

Es cosa evidente que un materialista es siempre un místico. Igualmente es cierto que, con frecuencia, es, además, un mistagogo. Es un místico porque se ocupa enteramente de misterios, de cosas que nuestra razón no puede describir, tal como un mandato insulso o sencillamente algo objetivo que se trueca en algo subjetivo. Y es un mistagogo porque, en ocasiones, oculta, en realidad, esos misterios con supercherías. Dogmatiza, es pomposo; trata de amedrentar o hipnotizar por medio del encantamiento que produce al pronunciar extensos discursos con palabras altisonantes o valiéndose de la exposición, en forma solemne, de asuntos sencillísimos. Tal es el carácter de gran parte de la ciencia popular en boga: vista por su lado mejor, es misteriosa, y por su lado peor, no tiene sentido alguno.

Nunca comprobé estas verdades tan bien como cuando leí el respetuoso relato de una entrevista a Mr. Edison, el afamado hombre de la electricidad, aparecido con el título de "¿Vivimos otra vez?". Es posible, sin duda, que el célebre científico no haya tenido casi nada que ver con este relato. Es posible que el respetuoso relator sea él mismo autor y cronista de la aludida exposición. A mi modesto entender, no es evidente que un electricista tenga que ser una autoridad acerca de la inmortalidad del alma, lo mismo que tampoco lo es que un estratego militar, que haya alcanzado grandes éxitos en su rama, tenga un oído admirable para la música, o que un celebrado cocinero francés entienda de matemáticas superiores. Pero, tal vez, el aire de autoridad que se transmite en esa relación no ha provenido del hombre de ciencia, sino del periodista. De todas maneras, existe una muy larga y muy solemne carta que quién sabe de qué modo compusieron entre el electricista famoso y el periodista; y éste será uno de los puntos que trataré aquí. Pido disculpas a aquel de los dos que no sea el responsable del razonamiento expuesto en dicha solemne carta.

Empezaré por el aspecto menos importante de la pomposidad. Tal como aparece en el informe, Mr. Edison no dice mucho acerca de si "vivimos otra vez" , pero en unas pocas palabras, bien escogidas, niega la existencia del alma: " Mi inteligencia es incapaz de concebir el alma. Puedo estar en un error, y puede ser que el hombre tenga alma, pero yo, sencillamente, no lo creo. En qué consiste el alma está más allá de lo que yo puedo entender" . Esto último está bien; muy bien, amén. Pero yo pido al lector que recuerde esta declaración agnóstica al considerar lo que sigue. En seguida Mr. Edison trata del origen de la vida, o, mejor dicho, no trata del origen de la vida. La declaración siguiente es de tan terrible intensidad e importancia que el reportero la cita en letra cursiva, y yo la reproduciré de la misma manera: " Creo que la forma de energía. que llamamos vida vino a la. tierra. de algún otro planeta, o de alguna. parte de los grandes espacios, fuera de nuestro alcance ". En resumen, en adelante tendremos que grabar en nuestros cerebros la convicción de que la vida vino de alguna parte y probablemente bajo algunas condiciones de espacio. Pero la sugerencia de que vino de otro planeta parece más bien una evasiva débil. Aún una inteligencia enervada por la ciencia en boga no podría conmoverse y sentirse satisfecha con tal aserto. Si vino de otro planeta, ¿ cómo surgió en ese planeta? Y, de cualquier manera, ¿cómo en este planeta? Estamos tratando de algo reconocidamente único y misterioso; como que es un espíritu. El principio original de que la vida surgió de la nada es tan extraordinario como surgir de la muerte. Pero la declaración que hemos transcrito es lo mismo que explicar el paseo visible de un fantasma en un cementerio diciendo que debe haber venido del cementerio de otra ciudad.

Seguimos con la misma forma solemne y declaratoria. La energía vital proviene de algún otro planeta, donde las energías vitales se manifiestan en los árboles, o son amontonadas allí para en seguida ser vertidas a este planeta, encontrándose especialmente en ciertas cosas, tal como los huevos. En este punto el intérprete se torna muy grave y profundo. ¿ Qué significa esto? Significa, primero, que si Edison es exacto, " la vida es vida se encuentre donde se encuentre ". Pienso que valientemente podemos inclinarnos, con franca alegría y lealtad, a afirmar que Edison no se equivoca cuando dice que la vida es vida, dondequiera que se encuentre. La vida es vida, tal como aquí se sugiere, en cualquier clase de huevo en que pueda encontrarse, ya sea en el ínfimo pez, ya en el ave más altiva. Esto es tan cierto, de acuerdo con la tradición popular precientífica, como que los huevos son huevos, o, por deferencia a la tradición literaria americana, como que los puercos son puercos. Pero, al mismo tiempo que estas frases rítmicas, a las cuales se recurre — que la vida es la vida, y los huevos son huevos, y los puercos son puercos —, tienen algo de la belleza perfeccionada del canto y de la danza y de la obra decorativa, con ellas no se va muy lejos en materia de argumento. Y, evidentemente, Edison tiene algo que decir, un poco más definido que la declaración que su intérprete nos presenta a manera de revelación.

Lo que dice es que los huevos no tienen gérmenes de vida, son todos "muerte"; y lo mismo se puede decir de las semillas. Niega que haya un germen de vida en cada huevo o en cada semilla. " Una semilla o un huevo es sencillamente una calcografía, como los planos o proyectos de un arquitecto para la construcción de un edificio. Son tan carentes de vida como cualquier calcografía. La energía que Ilamamos vida se desparrama por la calcografía e inicia la obra. Si la calcografía provino de un rosal, la energía vital produce otro rosal. Si en las características del proyecto se consultó producir un ser humano, la energía vital produce un ser humano ". No estoy muy seguro de que Mr. Edison se imagine que su argumento se esta volviendo contra él; adonde, lógicamente, podría conducirlo, es hacia el argumento más antiguo y más ortodoxo del diseño o del proyecto. La metáfora, a la cual da tanta importancia, ofrece una apariencia un tanto fantástica. Pocos entre nosotros, paseando por nuestros jardines, al anochecer, nos hemos encontrado verdaderamente con un rosal que produjese una calcografía. Y creer que el rosal verdaderamente proyecta otro rosal es convertir nuestro jardín en un país de hadas. Pero si el rosal no lo hace, ¿ quién lo hace? La noción de una vida oculta en el germen favorecía, por lo menos, cierta vaga idea evolucionista de una oculta producción desarrollándose en el vacío. Pero con las calcografías de Mr. Edison la evolución tiene probabilidades mucho menores. Son sólo los proyectos de un arquitecto; qué proyectos y de qué arquitecto? Es el resultado de un presupuesto detallado; ¿quién ejecuta ese presupuesto?

Hasta donde avanza con su argumento parece que el exponente se ha visto obligado a solicitar la ayuda de dos seres mitológicos. Uno es un dios llamado Vida, que ha volado desde una extraña estrella donde habitan tales deidades, y que tiene talento para comprender y realizar los proyectos más intrincados que encuentra. El otro es el Espíritu del Rosal, una especie de dríada que proyecta los planes más complicados para la posteridad y los deja como su última voluntad y testamento. La existencia de ambos, según lo que se ve, es mucho menos probable que la tradicional verdad en que ha creído la mayor parte de la humanidad: que ambos eran fruto del designio de un espíritu.

El filósofo advierte que a pesar de ser materialista se está poniendo muy místico. En seguida trata la energía vital sencillamente como un instrumento: "Es como si hubiera dicho que la electricidad, cuya energía imprime un libro, pudiera exactamente haber pulverizado embutidos, al ser aplicada a un moledor de embutidos, en vez de a una prensa". Pero un libro no se imprime solo; menos todavía se imprime solo un apéndice, que contiene las instrucciones para la impresión de otro libro. Menos aún, muele una máquina moledora de embutidos una descripción de otra máquina moledora. No se aplicaría la electricidad para producir, ya libros, ya embutidos, si no existiera una inteligencia fuera y sobre ellos, una inteligencia que no es ni una máquina, ni un libro, ni un embutido, ni una corriente eléctrica. Su propia analogía demostraría que detrás de la naturaleza existe una inteligencia tal como existe un hombre detrás de las máquinas.

Retrocediendo de esta terrible posibilidad, vuelve a caer en una última teoría fantástica. Dice que son las células las que tienen alma. Afirma, nuevamente, en letra cursiva: "Aparentemente todas las células emprenden, conscienternente, la reproducción de las formas de vida de donde ellas han surgido. No puedo poner en letra bastardilla la letra cursiva, y por eso subrayaría la palabra "conscientemente". Cada una de las pequeñas células de la cola de un elefante tiene, en su espíritu, un cuadro vivo y completo de un elefante. Dejaré la cuestión en este punto. El artículo termina informando acerca de la triste muerte del padre de Mr. Edison a la edad de noventa y tres años; y el escritor está muy seguro (no explica por qué) de que el anciano caballero falleció en lo mejor de su vida, porque las células conscientes no pudieron ponerse de acuerdo. Parece que demoraron algún tiempo en descubrir su diferencia. Por mi parte, sólo pido al lector que lea nuevamente las palabras que cité al comienzo de este ensayo: "Mi inteligencia es incapaz de concebir el alma." ¿Es tal vez mucho más fácil concebir cosas como éstas? ¿Es tal vez mucho más fácil concebir millones de almas, donde suponemos que existen células, que concebir un alma donde, por lo menos, sabemos que existe una inteligencia?


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