FE Y RAZÓN

"Omne verum,   a quocumque dicatur,  a Spiritu Sancto est"

Toda verdad,  dígala quien la diga,  viene del Espíritu Santo

(Santo Tomás de Aquino)


HILVANES SOBRE MATRIMONIO Y FAMILIA

EN LA SAGRADA ESCRITURA

Pbro. Dr. Miguel Barriola

Con frecuencia, durante los encuentros de jóvenes parejas, que se preparan para el matrimonio, surge la preocupación sobre algún texto, "tratado" o narración bíblicos claros e indudables acerca del proyecto divino o la enseñanza final de Jesucristo respecto al amor entre el hombre y la mujer, el consecuente núcleo familiar, sus características o leyes según el plan de Dios.

Por de pronto se ha de tener en cuenta que la Biblia no es un tratado acabado, a la manera de un curso filosófico, teológico o doctrinal. La Palabra de Dios es vida, diálogo del Creador con el hombre, de su Hijo Jesús con sus fieles en la Iglesia. Algo parecido a lo que sucede en la realidad común y corriente accesible a la experiencia y observación de cada uno de nosotros.

Sólo que, en un segundo momento de reflexión, científicos, sabios y filósofos han ido organizando y ordenando las observaciones del sentido común en construcciones sistemáticas, especializando las observaciones, buscando causas y efectos, relaciones de unas realidades con otras.

Este mismo trabajo de estructuración, en un paso posterior, es el que análogamente han ido realizando los "teólogos" respecto a la vida plena que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo han querido comunicarnos y compartir con nosotros.

Así, por ejemplo, Jesús nos mandó comer su cuerpo y su sangre en la Eucaristía, dándonos su vida divino – humana, pero nada aclaró sobre el modo en que estaba presente en el pan y el vino transformados por su palabra y el poder divino otorgado a los apóstoles y sus sucesores. Todo el esfuerzo de profundización en éste y otros sublimes misterios le iría tocando a la Iglesia, a sus fieles creyentes, pastores y pensadores a lo largo de siglos y siglos, guiados por la luz infalible del Espíritu Santo, prometido a todos por el mismo Jesús, pero en especial a los dirigentes del pueblo de Dios, para que nos condujera hacia "toda la verdad" (Jn. 16, 13), sin riesgos de que fuera manipulada por cualquier interpretación errónea.

También hay que tener en cuenta, que el Señor, nuestro Dios, se nos ha ido manifestando gradualmente, de modo pedagógico, sin atragantar de entrada a su pueblo con revelaciones para las que todavía no estaba preparado. De modo que se puede observar un camino, lento, penoso a veces, para ir puliendo la rudeza de un pueblo primitivo y cabeza dura (de "dura cerviz"). El supremo maestro iba acomodando sus enseñanzas y exigencias al nivel demasiado rudimentario en el que se encontraba el pueblo hebreo. Ya lo hizo notar el mismo Moisés a todos los israelitas: "El Señor se prendó de ustedes y los eligió, no porque sean el más numeroso de todos los pueblos. Al contrario, tú eres el más insignificante de todos" (Deut 7, 7 – 8).

Dios, pedagogo insigne, se comporta con sus elegidos de modo parecido al que usamos nosotros con los niños: primero les brindamos leche y no un asado. En jardinera les enseñamos a hacer palotes antes que hablarles de la fusión del átomo.

Ya en el texto que hemos citado, se puede vislumbrar la preeminencia total del "enamoramiento", del "amor" de Dios. Pero no entendido al modo romántico de las telenovelas, donde el deslumbramiento de la belleza física es lo primordial o se entablan y desechan relaciones "según me dé la gana" , mientras uno se "sienta" gratificado.

Al contrario, Dios no cae rendido ante la belleza y pujanza de Israel, porque es éste la última de las naciones. El Señor pone amor, allí donde no lo hay, educa, desciende de su grandeza y va elevando gradualmente, con tesón y a pesar de traiciones repetidas por parte de sus escogidos.

Notemos que, por más que haya un larguísimo procedimiento de siglos, con idas y venidas, aciertos y fracasos, fundamentalmente no será distinta la expresión suprema y definitiva de amor, que encontraremos en Jesús, el último de los emisarios divinos, puesto que es el mismo Hijo de Dios hecho hombre. De él dice S. Pablo que "amó a la Iglesia y se entregó por ella" (Ef. 5, 25), pero no porque su esposa (que somos todos los creyentes) estuviera adornada de sublimes virtudes y atractivos, sino, "para purificarla" (como sigue enseñando S. Pablo). Es decir, que su novia, la Iglesia, se encontraba en un estado para nada acorde a un amor noble y elevado.

Tampoco Jesús sucumbe ante la hermosura de su elegida, deformada por el pecado, sino que la transfigura, muriendo por ella y "purificándola con el agua (del bautismo) y su palabra, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada" (ibid. , vv. 26 – 27).

En el fondo, pues, tanto Dios, al elegir a Israel, como su Hijo al extender el llamado a toda la humanidad en su Iglesia, son "creadores" y "fuentes" de amor. Ante todo "dan", "regalan" y esto, aunque reciban ingratitud como respuesta.

Pero, podría objetar alguno, nosotros, hombres y mujeres creados, no somos Dios. Nos "enamoramos", nos atrae la belleza, nos repele la fealdad. Nos dejamos llevar por simpatías y antipatías, juramos amor eterno y nos cansamos de ser fieles ante el menor defecto, la primera discusión o desinteligencia.

Pese a ello, no le tembló la voz a Jesús, cuando recomendó que fuéramos "perfectos como lo es el Padre de los cielos " (Mt 5, 48).

Con ello nos estaba mostrando, no "la lotería", o una "ganga", sino un camino, estrecho pero enaltecedor, para que fuéramos creciendo en nuestro amor, puliéndolo de escorias, a imitación de la caridad sin límites de Dios, manifestada en la cruz de su Hijo por todos los hombres sin excepción.

Ahora bien, el matrimonio es el "sacramento grande" ( Ef 5, 32), el signo por excelencia de este sublime amor divino, que no se nutre sólo de emociones a flor de piel, de bellezas esculturales, que no duran más de 20 años; ni del último champú o cosmético.

Con lo anterior no se desprecia la estética del mundo ni la del hombre o la mujer. Sólo se la coloca en su lugar, importante, pero no supremo ni definitorio. Así, Dios mismo se felicitaba de los seres que iba creando, viendo que eran buenos (Gen 1, 9, 12, etc.). Y en relación con nuestro tema concreto, después de presentar la mujer al primer hombre, éste entonó el primer "Cantar de los cantares", en un rapto de éxtasis maravillado: "¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Se llamará hembra, porque ha sido sacada del hombre" (ibid. , 2, 23).

Sólo que toda esta hermosura resultó desquiciada, justamente por un "amor " mal entendido, al dejarse seducir tanto el hombre como la mujer, por meras apariencias de placer, agradables a los ojos, pero alejadas de Dios.

AMOR HUMANO Y FAMILIA SEGÚN DIOS Y SU HIJO JESUCRISTO

La Biblia es la historia de la tesonera recomposición del amor, que fue desbaratado por el capricho humano. Dios nos muestra en ella que no se cansa en indicarnos la recta senda de todo amor sensato, fructuoso y preludio de la comunión afectuosa que nunca acabará.

En lo que toca al matrimonio y la familia van apareciendo destellos de cariño genuino, si bien, igualmente, rodeados de grandes imperfecciones, que vistas a la luz de la delicadeza lograda al final, hacen resplandecer más todavía el poder divino que, de aquella rudeza ha sabido ir extrayendo ideales y realizaciones luminosas de amor entregado, creador y similar, dentro de lo posible, a la misma entrega primigenia, que mana de la intimidad de Dios.

La Palabra de Dios presenta a sus grandes confidentes, Abraham, Isaac, los patriarcas, reyes, profetas, sabios y otros personajes ilustres, sumergidos sin conciencia de transgresión en la poligamia.

Sin embargo, la misma Sgda. Escritura nos va enseñando práctica y tácitamente las injusticias y consecuencias indeseadas, que se encierran en ese sistema primitivo. Por ejemplo, los desprecios de la mujer fecunda respecto a la concubina estéril (Gen 21, 9 ss.; I Sam 1, 1 – 8), los celos de ésta en relación con la otra u otras.

Con todo, asistimos igualmente a gestos de amor verdaderamente delicados y sublimes, como la respuesta de Elcaná a su mujer, entristecida porque no tenía hijos: " ¿Por qué lloras y no quieres comer? ¿Por qué estás triste? ¿No valgo yo para ti más que diez hijos?" (ibid. , 1, 8).

Tal cúmulo de imperfección fue tolerado por Dios, con el objeto de ir preparando a su pueblo y por medio de él al mundo entero, para que fuera aprendiendo a afinar los impulsos del amor, educándolo, a fin de que pudiera ir gustando una de las cualidades principales de todo genuino cariño: la fidelidad.

Cuando Israel coqueteaba, ofreciendo sacrificios y culto a otros dioses que aparecían como más atractivos y útiles (presentados falsamente como señores de las lluvias, protectores de la fertilidad, etc.), el pueblo era comparado con una mujer adúltera (Oseas entero; Ez. 16). Dios reaccionaba enviando a sus emisarios, quienes urgían el recuerdo de que la alianza amorosa con Dios no era un juego. El tenía derecho a la exclusividad. Un amor desparramado entre ídolos engañosos lejos de ser beneficioso se volvía dañino, dividía el corazón, hacía inconstante a un pueblo que necesitaba estar siempre unido en pos del único Dios que lo había separado de todos aquellos desvíos.

Una exigencia similar pidió Dios desde el principio al amor entre el hombre y la mujer, destinado a ser signo de la bondad leal y perpetua del Señor para con su pueblo y la tierra toda. Repetimos que tal plan muy elevado, pero cargado de buenos frutos, fue el que propuso Dios al hombre y a la mujer desde el comienzo: que formaran una unidad tal que se puede hablar de "una sola carne" (Gen 2, 24), sin consentir en aventuras tentadoras, pero a la vez disolutorias del vigor de todo verdadero amor.

Como adelantamos, el pecado vino a enturbiar este altísimo ideal, por eso el propio Jesús, comprendiendo estas etapas imperfectas y preparatorias en la escuela del amor, pero aportando simultáneamente el remedio a tal epidemia, aclaró: "Si Moisés les dio esta prescripción (relativa al permiso de divorcio), fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, Dios los hizo varón y mujer. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y los dos no serán sino una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido" (Mc 10, 7 – 9).

Jesús, en efecto, ha venido a restaurar, a curar lo que Adán y todos sus hijos desbaratamos del plan divino. Por eso es llamado el "último Adán" (I Cor 15, 45; Rom, 5, 12 – 20) el verdadero esposo, el que ama como Dios manda.

También aquí, muchos bien intencionados, arguyen de este modo: "¿No hay también en nuestro tiempo ` dureza de corazón´ ?".

Claro que sí. Pero se ha de observar que también está a la mano la medicina para la misma: el Evangelio, la gracia de Dios plenamente difundida desde el corazón traspasado de Cristo por el Espíritu Santo, los sacramentos, verdaderas vitaminas para la vida cristiana heroica. Allí están a disposición los antídotos para ir convirtiendo el corazón de piedra en corazón de carne.

Igualmente en la actualidad es posible todavía la tuberculosis y la lepra. Pero, si se ha descuidado el recurso a los medicamentos que ya se han descubierto para superarlas, no se puede eximir de negligencia a quienes se dejan contaminar por tales enfermedades.

Es que, una vez más, imitamos más a Adán y Eva prevaricadores, que al sufrido amor de Cristo por su Iglesia. La "civilización" bullanguera de los medios de comunicación potencia lo "agradable a los ojos" y la inmediata satisfacción de los sentidos: "Serán dioses y diosas del Rock"; "reinas de Punta del Este", " magnates de Wall Street", "Cracks de los deportes". "Gozarán de los lujos en Miami Beach" . Pocas veces, si no es nunca se informa sobre el "paraíso perdido" que significa una separación violenta, los hijos que quedan atrás, las heridas, casi insuperables a puro nivel humano, que se hincan en el alma, después de tales bacanales de placer y "amor libre".

De ahí que sea siempre oportuno tener presente que el auténtico amor conyugal no depende sólo de los sentimientos de quienes están implicados. Ya dice el Evangelio: "Que el hombre no separe lo que Dios ha unido". Tal comunidad es sagrada, Dios mismo ha intervenido para formarla, no se agota únicamente en los sentimientos (tantas veces cambiantes) de los prometidos o contrayentes. Y éstos, si quieren estar a la altura del paso trascendental que van a dar, comprometiéndose ante el altar, se han de preparar, no sólo embadurnándose ante el espejo con gominas y cremas humectantes, sino entrando hasta lo profundo del alma, para acertar si han ido haciendo un camino de superación, confiando ante todo en el auxilio divino, que es obtenido mediante la oración y el cumplimiento convencido del evangelio.

Además la sola razón humana enseña que este amor no puede verse aislado entre dos tortolitos, sino que redunda en la sociedad, en "otros" , especialmente en la prole y sobre todo que proviene de OTRO, Dios, su fuente y maestro insuperable.

La Palabra inspirada por el Espíritu Santo presenta modelos diametralmente opuestos a los amoríos exaltados en "revistas del corazón", literatura y "arte" afines. Son poco atrayentes a quienes buscan el bulto o "llenar el ojo", pero van adelantando ya en este mundo los verdaderos gozos, que no están reñidos con la cruz, único camino hacia la luz, que vigoriza y hace duradera la unión de hombre y mujer, padres e hijos en Dios.

Un sabio proverbio de mera sabiduría popular expresa: "Creo en el amor a primera vista, pero tengo por aconsejable dar un segundo vistazo". Es decir: no dejarse encandilar por primeras impresiones, por despampanantes que sean, recordando que ella no es sólo una "modelo", ni él el "príncipe azul" de un mundo ilusorio, sino que se trata de seres de carne y hueso, adornados de cualidades, a la vez que mechados de defectos, que no suelen manifestarse en encuentros superficiales y románticos.

Y bien, esa mirada de mayor hondura, aconsejada ya por la misma experiencia humana, para el cristiano está agudizada por la visión que el Padre ofrece en Cristo, su Hijo, que ha querido descubrirnos los lazos de subidísimo amor existentes desde toda la eternidad entre EL y su Padre en el Espíritu Santo.

La Iglesia ha de ser reflejo de esa vida intratrinitaria, pero en ella, la familia ha sido muy bien definida como "ecclesia domestica".

Ahora bien, los Evangelios indican cual dechado incomparable para toda existencia hogareña cristiana a la Sgda. Familia de Nazaret.

No es imitable al pie de la letra en todos sus pormenores, pero sí en el profundo mensaje que a todos nos deja.

Así, José no es padre carnal del hijo de María. Pero es no menos "la sombra del Padre", haciéndose a un lado, para que se cumpla el meollo esencial de la profecía de Natán a David. El antiguo oráculo (II Sam 7, 4 ss.) había vaticinado que un hijo salido de las entrañas del rey y sus sucesores, ocuparía siempre el trono de Jerusalén. Pero lo principal del anuncio era: "Yo seré un padre para él y él será un hijo para mí".

Con su heroico hacerse a un lado, José permite que Dios mismo sea el Padre verdadero del que ha sido engendrado en el seno de su prometida, de modo sobrenatural, por el Espíritu Santo.

De aquí podemos aprender que, si, en una familia no se halla presente el amor de Dios por encima de todas las cosas, aunque abunde el bienestar, correrá serios peligros de naufragar.

José renuncia a sus derechos naturales de esposo legítimo y a los sobrenaturales de heredero de una parte de la promesa hecha a su antepasado David. No por eso deja de realizarse como persona, ya que nadie puede soñar un mejor destino para sí mismo, que cumplir los proyectos que Dios tiene para él. José será tenido como un "pobre gil", para la mentalidad canchera y farandulesca, pero, al someterse enteramente a los planes salvadores de Dios, está proyectando para todos los siglos venideros el cuidado premuroso de la familia de Dios en ciernes en aquel nenito y su frágil esposa.

Incorporar el sacrificio, el servicio desinteresado a la miseria humana, propia y ajena (del cónyuge, de los hijos), para poder ejercer después la redención de la comprensión y el perdón, del diálogo iluminador, son los valores que se han ido perdiendo en las concepciones más corrientes y deformadoras, que han manoseado al amor, vistiendo lujosamente al vicio y acallando arteramente sus consecuencias nefastas, sin lograr otra cosa que vistosos engañabobos.

Es urgente volver a la fuente bíblica, donde no encontraremos un "manual del conductor" o

la receta justa para los conflictos caseros, pero sí el espíritu del gran amor de Dios, que es "paciente", según el famoso himno paulino (I Cor 13, 4) y en modo alguno es exaltado como "lindo", "pasional", o "turbulento".

Así, José se queda perplejo ante la gravidez prematura e inesperada de su prometida, que no tiene origen en él mismo. Pero no se desata en alharacas ni escenas. Piensa abandonarla en secreto, lo menos hiriente dentro de lo que él puede ver en la antigua ley.

De igual modo, ni María ni José comprenden de inmediato el "desplante" de Jesús adolescente, que se les escabulle en el templo de Jerusalén. Pero María (y se supone que también José, "el justo"), conservaba y reflexionaba sobre todo ello en su corazón, sin dar cauce a los desahogos de su amor propio herido.

La tarea es ardua, pero ennoblece a los que se ejercitan en ella. Jamás ha degradado a ninguno y ha sabido transformar las mismas pruebas y nubarrones en semilla de entrega mutua, madura y honda, que al igual que el oro es acrisolado por el fuego.

Si el "Verbo" de Dios, la "palabra" por antonomasia, definitiva y plena, Jesús, Hijo del Padre eterno, eligió para manifestarse e ir preparando la gran familia de Dios, la Iglesia, TREINTA AÑOS DE SILENCIOSA VIDA FAMILIAR Y LABORIOSA, en lugar del bullicio, y el aspaviento, quiere decir que los valores hogareños, tales como Dios los ha ido perfilando en el Antiguo y Nuevo Testamento, no han de ser despreciados con tanta ligereza como, por desgracia, se estila hacer hoy en día.

Toda la Biblia, en lo referente a Dios y el hombre, comienza con la realidad esponsal y familiar de Adán y Eva, bendecidos por el Creador en su amor y el fruto de sus entrañas y termina con "el Espíritu y la esposa que dicen: `¡Ven!´" (Apoc 22, 17).

No deja de ser, pues, significativo, que justamente la familia se haya convertido en el blanco, al que apuntan con saña todos los poderes opresores de la actualidad.

Como fieles y sufridos cultores del amor profundo y verdaderamente plenificador, sigamos clamando con la esposa: "¡Ven!", aleja de nosotros las fáciles seducciones que desde los orígenes desviaron al primer amor humano. Haz que comprendamos que el amor abnegado, silencioso y fiel en el seno de la familia es difícil pero vale la pena. 


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